📅 06/11/2025
Lucas 15, 1-10
Jesús busca lo que se ha perdido; en nuestras ausencias y extravíos, Él está caminando tras nuestras huellas. Si sientes que te has alejado, que no mereces ser encontrado, este momento de oración es un refugio para volver a tu origen: el abrazo del Pastor que nunca se rinde hasta encontrarte y devolverte la paz.
Antes de comenzar, siéntate cómodamente, deja tus manos abiertas sobre tus rodillas y respira profundamente. Al inspirar, di interiormente “Señor, ven”, y al exhalar, “estoy aquí”. Imagina al Espíritu Santo descendiendo suavemente sobre ti. Dios está presente, silencioso y amoroso, esperando tu mirada. Relaja tus hombros, suelta tus pensamientos y ven tal como eres: cansado o alegre, con dudas o con gratitud. Él te acoge ahora mismo.
Jesús revela la alegría divina por cada hijo perdido que vuelve al amor del Padre.
Yo soy el Pastor que busca sin cansancio. Cuando te pierdes entre sombras o caminos inciertos, Mi voz sigue resonando en tu interior. No descanso hasta hallarte, cargarte en mis brazos y curar tus heridas. Permíteme encontrarte hoy, y sentirás la alegría del cielo dentro de tu alma.
Padre de ternura, Hijo amado, Espíritu consolador: me pongo en tu presencia con humildad y confianza. Reconozco que muchas veces me he alejado de Ti por miedo, por cansancio o por orgullo. Hoy quiero dejarme encontrar. Ven a mi encuentro, Señor Jesús, como el Pastor que sale tras su oveja. Lléname con tu Espíritu Santo para escuchar tu voz y descansar en tu perdón. Madre María, enséñame a confiar como tú confiaste, incluso cuando todo parecía perdido. Amén.
Evangelio según san Lucas 15, 1-10 (Biblia de Jerusalén) En aquel tiempo, se acercaban a Jesús todos los publicanos y los pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Éste acoge a los pecadores y come con ellos». Entonces les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros, y llegando a casa, convoca a los amigos y a los vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.” Os digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión. O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, convoca a las amigas y vecinas, diciendo: “Alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que se me había perdido.” Del mismo modo, os digo, se produce alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte».
Este pasaje pertenece al corazón del Evangelio de Lucas, conocido como el “Evangelio de la misericordia”. Jesús responde a las críticas de los fariseos mostrando el rostro compasivo de Dios que no se resigna ante la pérdida. Las dos parábolas —la oveja y la dracma— revelan la iniciativa divina: es Dios quien busca, quien enciende la luz, quien carga y celebra. En el contexto histórico, estas imágenes desafiaban la mentalidad legalista de pureza ritual. Lucas subraya que la verdadera santidad consiste en la alegría por el perdón y en el amor que rescata, no en el juicio ni la separación. Jesús te busca cada día, incluso cuando tú no te buscas a ti mismo. Él conoce tus caminos perdidos, tus silencios, tus miedos y tus fugas. No le asusta tu pecado ni tu fragilidad; le mueve el amor. Si has sentido vergüenza, si has creído que ya no mereces volver, este Evangelio te dice que hay fiesta en el cielo por ti. No se trata solo de “volver a misa” o de “portarte bien”, sino de dejarte encontrar, de permitir que Cristo te cargue en sus hombros y te devuelva la dignidad de hijo. Tal vez hoy eres tú quien debe buscar: a un familiar distanciado, un amigo roto, alguien que dejó la fe. Sé portador de esa alegría del reencuentro. Y cuando te cueste perdonar o abrir los brazos, recuerda que Dios te buscó primero. Él celebra cada vez que tu corazón late de nuevo en su amor.
Señor Jesús, gracias por buscarme incluso cuando no te llamo. A veces me escondo entre mis distracciones y mis miedos, creyendo que no merezco tu amor. Pero Tú no te cansas. Gracias por levantarme tantas veces, por curar mis heridas con ternura. Te pido que me des la gracia de reconocer tu voz y seguirte sin miedo. Enséñame a buscar a quienes se han perdido y a no juzgar a los demás. Que mi vida se vuelva un canto de gratitud, y que en cada encuentro pueda reflejar tu misericordia. Te ofrezco mis errores, mis luchas y mi deseo de amar mejor. Amén.
Imagínate en el campo, bajo un cielo inmenso. Sientes el viento y oyes la voz de Jesús llamándote por tu nombre. Estás cansado, perdido, pero su voz te alcanza. Él corre hacia ti, te levanta con suavidad y te carga sobre sus hombros. Sientes el latido de su corazón junto al tuyo. En silencio, deja que su alegría te envuelva. Escucha cómo el cielo canta por ti. No digas nada. Solo déjate amar, mientras su luz disuelve toda culpa y su abrazo te devuelve la paz.
Gesto personal: Dedica unos minutos hoy para agradecer a Dios por las veces que te ha buscado. Actitud familiar: Sé paciente y acogedor con quien vive alejado o confundido; no juzgues, acompaña. Intención comunitaria: Ora por los que han dejado la fe o se sienten indignos del amor de Dios, para que experimenten su misericordia. Examen nocturno: ¿He celebrado el bien del otro o me he encerrado en mis juicios? ¿He permitido que Dios me encuentre hoy?
Por la Iglesia, para que anuncie siempre con alegría la misericordia del Padre que busca a los perdidos. Roguemos al Señor. Por los sacerdotes y consagrados, para que sean signos vivos del amor que acoge y perdona. Roguemos al Señor. Por los pecadores, los alejados y los que viven en soledad espiritual, para que sientan el llamado de Cristo Buen Pastor. Roguemos al Señor. Por nosotros, para que aprendamos a perdonar, acoger y celebrar la conversión de los demás con corazón humilde. Roguemos al Señor.
Gracias, Señor, porque me has encontrado una vez más. Te entrego mi vida, mis miedos y mis deseos. Enséñame a caminar contigo con confianza filial. Padre nuestro, que estás en el cielo, que tu voluntad se cumpla en mí. Madre María, consagro mi corazón a tu ternura y te pido que me mantengas fiel bajo tu mirada. Ave María, llena eres de gracia… Amén.
El contexto histórico de Lucas 15 muestra a Jesús enfrentando el exclusivismo religioso del judaísmo fariseo, que marginaba a los pecadores. Lucas escribe para una comunidad cristiana diversa, donde el perdón debía ser la base de la fraternidad. El género literario es la parábola, enseñanza simbólica que revela el rostro del Padre. Según el Comentario Bíblico San Jerónimo (R. Brown), la oveja y la dracma son imágenes del “Dios que toma la iniciativa salvífica”. En griego, “apololos” (lo perdido) y “heuriskein” (hallar) indican no solo recuperación, sino restauración del valor original. La exégesis simbólica revela la progresión de la alegría divina: búsqueda, hallazgo y comunión. Como señala Alonso Schökel, el sentido espiritual no contradice el literal, sino que lo plenifica: la parábola es una ventana del misterio trinitario, donde el Padre busca, el Hijo levanta, y el Espíritu celebra. Croatto subraya que la lectura hermenéutica produce sentido en el presente: el texto no es solo memoria, sino palabra viva que genera comunión. Los Padres de la Iglesia —San Ambrosio y San Agustín— ven en la oveja la humanidad extraviada y en los hombros del Pastor, la cruz redentora. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “Dios nos busca primero; nuestro amor es respuesta a su iniciativa” (CIC 2567). Hoy, esta parábola interpela a una sociedad marcada por el descarte: invita a comunidades eclesiales a salir a buscar, a iluminar con la lámpara de la caridad y a celebrar el regreso de cada alma. En la pastoral actual, este texto inspira la reconciliación, la inclusión y la cultura del perdón promovida por el Papa Francisco en Evangelii Gaudium 24: “El corazón del Evangelio es la misericordia”. Así, la oveja encontrada simboliza la renovación eclesial que nace de la ternura de Dios.