📅 01/12/2025
Mateo 8, 5-11
Jesús acoge la súplica del centurión recordándonos que en nuestras fragilidades Él permanece atento. Si sientes cansancio interior o preocupación por quienes amas, este momento de oración es un abrazo donde tu fe puede descansar, crecer y descubrir la ternura con la que Cristo sostiene cada historia que ahora parece incierta.
Antes de iniciar, toma una respiración lenta y profunda, dejando que tus hombros bajen y tu pecho se serene. Permite que el silencio te envuelva mientras reconoces la presencia amorosa de Dios que ya habita en ti. Respira nuevamente, suave y confiado, entregándole tus tensiones. Ven tal como estás, sin pretender nada, solo dispuesto a dejarte mirar y acompañar por Cristo.
Un extranjero que ruega, una fe humilde que conmueve y un Jesús que responde con ternura inesperada.
«Yo soy tu Médico divino, el que sana con solo quererlo y el que se inclina misericordioso ante la fe sencilla. Cuando te sientas pequeño o indigno, acércate más a Mí; mi Corazón se abre para derramar luz en tus oscuridades. Cree, confía y déjame obrar en lo que temes, porque mi amor supera lo que ves y comprendes.»
Padre amado, vengo ante Ti necesitado de calma, luz y confianza. Jesús, Hijo eterno, acompáñame hoy con la misma ternura con la que acogiste al centurión. Espíritu Santo, abre mi corazón para escuchar tu Palabra sin miedo y sin prisas. Reconozco mi fragilidad y deseo ser sostenido por tu gracia. Madre María, envuélveme con tu cuidado materno y enséñame a orar con sencillez, humildad y fe viva mientras inicio este encuentro.
Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión rogándole: “Señor, mi criado yace en casa paralítico y sufre terriblemente.” Le dice Jesús: “Yo iré a curarlo.” Replicó el centurión: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subordinado, tengo soldados a mis órdenes y digo a uno: ‘Ve’, y va; y a otro: ‘Ven’, y viene; y a mi siervo: ‘Haz esto’, y lo hace.” Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: “En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos.
Este pasaje muestra a un centurión romano, extranjero y pagano, que reconoce en Jesús una autoridad divina capaz de sanar a distancia. El contexto revela la fuerza social de Roma, pero también la apertura del corazón humano cuando se encuentra ante el verdadero Señor. La palabra clave es “autoridad”, entendida no como dominio, sino como poder sanador que brota del amor de Cristo. Jesús admira la fe del centurión porque reconoce su identidad sin signos visibles. El relato anuncia la universalidad del Reino y anticipa la inclusión de todos los pueblos en la mesa del Padre. Tú también llegas hoy ante Jesús con situaciones que pesan, preocupaciones por personas que amas, heridas que te acompañan desde hace tiempo o temores que no siempre expresas. Este Evangelio te invita a reconocer que no necesitas presentarte perfecto para ser escuchado; basta un corazón sincero que se atreva a decir: “Señor, no soy digno, pero di solo una palabra sobre mi vida.” El centurión te enseña que puedes confiar incluso cuando no ves cambios inmediatos, porque la autoridad amorosa de Cristo alcanza rincones que tus fuerzas no pueden tocar. Quizá atraviesas momentos de incertidumbre familiar, desgaste emocional, tensiones laborales o culpas que regresan; aquí Jesús te mira con ternura y admira tu fe, incluso si te parece pequeña. Él no te pide explicaciones, te pide confianza. Su Palabra puede llegar donde tú no llegas: a ese ser querido que te preocupa, a esa emoción que no sabes ordenar, a ese recuerdo que duele, a ese miedo que no logras nombrar. Hoy Él te asegura que vendrás a sentarte a su mesa, no por tus méritos, sino por su amor gratuito. Deja que este encuentro despierte en ti una confianza renovada y una fe humilde que espera en silencio.
Señor Jesús, hoy me acerco a Ti con mis dudas, mis inquietudes y mis deseos de creer más profundamente. A veces me cuesta confiar y me pesa querer controlar todo por mí mismo. Sin embargo, tu Palabra me recuerda que basta un gesto tuyo para sanar lo que no puedo resolver. Gracias por mirar mi fe pequeña con tanta ternura. Gracias por escuchar mis súplicas incluso cuando no sé expresarlas bien. Te entrego a las personas que llevo en el corazón y las situaciones que me superan. Te pido que obres donde yo no sé, que sanes lo que desconozco y que sostengas mi fe cuando flaquea. Te ofrezco mi día, mis gestos y mis silencios.
Imagínate en Cafarnaún, viendo al centurión acercarse con humildad y escucha cómo su voz temblorosa expresa su súplica. Observa a Jesús detenerse, mirarlo con admiración profunda y sentir ese silencio lleno de respeto. Acércate tú también, coloca ante Él tu preocupación más grande y escucha su respuesta suave: “Yo iré.” Siente el aire tranquilo, la luz que toca tu rostro y la calma que desciende lentamente. Deja que su amor atraviese tu pecho, suavice tus tensiones y permanezca como un calor sereno en tu interior. Quédate allí, sin palabras, recibiendo sanación.
Hoy puedes ofrecer un gesto personal sencillo: dedicar unos minutos para orar por alguien que esté sufriendo, confiando esa vida al poder sanador de Jesús. En tu familia, practica una actitud de paciencia que abra espacio para la escucha sin juicios. En tu comunidad, ten un detalle de apoyo hacia alguien que necesite ánimo, incluso con un mensaje breve o un gesto amable. Al final del día, realiza un examen preguntando: “¿Confié hoy en la Palabra de Jesús más que en mis temores? ¿Permití que Él entrara en aquello que me preocupaba?” Deja que esta pregunta ilumine tu crecimiento interior.
Por la Iglesia, para que, como Jesús en Cafarnaún, acoja con amor a quienes se sienten indignos o lejanos, iluminando sus vidas con la luz del Evangelio. Por los gobernantes y servidores públicos, para que ejerzan su autoridad con justicia, humildad y compasión hacia los más frágiles. Por los enfermos y quienes los cuidan, para que encuentren fortaleza en Cristo, médico divino, y experimenten consuelo interior. Por las familias heridas por tensiones o distancias afectivas, para que el Señor pronuncie sobre ellas una palabra que restaure la paz. Por nosotros, para que crezcamos en una fe humilde y confiada como la del centurión, abiertos a la acción del Espíritu Santo.
Gracias, Señor, por este encuentro donde tu Palabra ha tocado mi corazón con suavidad y verdad. Te entrego mis intenciones y mis pasos de hoy, confiando en tu amor que sostiene todo. Padre nuestro, te consagro este momento y todo cuanto soy. Madre María, te recibo como guía tierna de mi camino; cúbreme con tu manto y enséñame a decir “sí” con fe viva. A ti me abandono con confianza filial. Dios te salve, María, acompaña mis decisiones y ayúdame a permanecer cerca de tu Hijo siempre.
El pasaje de Mateo 8, 5-11 se sitúa en el inicio del ministerio público de Jesús según el evangelista, inmediatamente después del Sermón de la Montaña. Mateo presenta a Jesús como el Mesías que actúa con autoridad divina, capaz de sanar, purificar e integrar a los excluidos. El contexto histórico muestra que un centurión era un oficial romano al servicio del imperio opresor, alguien ajeno a la fe de Israel. Sin embargo, en la dinámica del Reino inaugurado por Cristo, la apertura del corazón cuenta más que el origen étnico o religioso. El género literario corresponde a un relato de milagro, donde la palabra y la fe desempeñan un papel decisivo. La comunidad a la que Mateo escribe, formada por judeocristianos, encuentra aquí un mensaje claro sobre la universalidad del Evangelio. En el plano lingüístico, la expresión “no soy digno de que entres bajo mi techo” revela humildad profunda, pero también reconocimiento de la identidad de Jesús. El centurión utiliza el término griego kyrios, “Señor”, que en Mateo suele tener connotaciones cristológicas. La frase “basta que lo digas de palabra” subraya la eficacia performativa de la Palabra divina. En el trasfondo bíblico, la autoridad de la palabra remite a Isaías 55,11, donde Dios declara que su palabra no vuelve vacía. La estructura del texto muestra un contraste entre la distancia física y la cercanía espiritual; Jesús no necesita tocar para sanar, anticipando la fe pascual donde Cristo actúa incluso sin presencia visible. La interpretación patrística valora altamente la humildad del centurión. San Juan Crisóstomo señala que su fe supera la de muchos israelitas porque reconoce el poder de Cristo sin señales externas. San Agustín interpreta el episodio como anuncio de la inclusión de los gentiles en la mesa del Reino. El Catecismo afirma que la oración humilde abre el corazón a la acción de Dios (CIC 2559) y que la fe es respuesta a la Palabra que precede (CIC 144). Dei Verbum enseña que Dios se revela mediante palabras y hechos intrínsecamente unidos (DV 2), lo cual se ve claramente en este relato. Pastoralmente, este texto ilumina situaciones contemporáneas donde las personas se sienten indignas, alejadas o incapaces de acercarse a Dios. En contextos de sufrimiento, ansiedad o incertidumbre, Jesús sigue pronunciando palabras que sanan interiormente. Para familias, profesionales y jóvenes, este Evangelio muestra que la fe no depende de saber mucho, sino de confiar con sencillez. Ante el dolor, Cristo entra con respeto y ternura, admirando incluso la fe débil. El pasaje invita a cultivar una espiritualidad donde se reconozca la autoridad amorosa de Jesús, capaz de actuar más allá de nuestras limitaciones. En tiempos de fragmentación social, este texto recuerda que la mesa del Reino está abierta a todos los que buscan a Dios con corazón sincero.