📅 31/12/2025
Juan 1, 1-18
Jesús, Palabra eterna hecha carne, ilumina nuestro final de año con una luz que vence toda oscuridad. Si sientes cansancio, preguntas pendientes o deseos de comenzar de nuevo, este Evangelio te ofrece un abrazo profundo donde la vida renace. Aquí, Dios te revela que su gracia nunca deja de desplegarse.
Antes de iniciar, respira lentamente tres veces y siente cómo tu cuerpo se serena. Deja que tus hombros se relajen y tu corazón encuentre un espacio silencioso. Reconoce que Dios está aquí, cerca, deseoso de hablarte con suavidad. No necesitas un estado perfecto, solo abrir tu interior. Permite que esta Palabra ilumine tu vida como luz que penetra tus sombras y renueva tus fuerzas. Entrégale al Señor tu año vivido, con sus luchas y sus dones, para recibir lo nuevo que quiere darte.
La Luz eterna desciende a nuestra historia y transforma el corazón humano con gracia que renueva, ilumina y abre caminos nuevos.
Yo soy la Palabra que existía antes de tus miedos y después de tus derrotas. Vengo a tu vida para iluminar tus sombras y hacerte hijo en mi luz. No temas acercarte; mi gracia te envuelve y mi verdad te sostiene. Déjame habitar en tu corazón.
Padre amado, vengo ante Ti agradecido por tu presencia a lo largo de este año. Jesús, Palabra eterna hecha carne, ilumina mis pensamientos y renueva mi corazón con tu verdad. Espíritu Santo, abre mis sentidos interiores para recibir la luz que vence toda oscuridad. Hoy reconozco mis fragilidades y mis búsquedas, y deseo comenzar de nuevo en tu gracia. María, Madre que guardó esta Palabra en su corazón, acompáñame para acogerla con profundidad. Que esta oración cierre mi año en tu paz y abra mi vida a tu amor.
En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: «Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.» Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.
Este prólogo revela la identidad divina de Jesús como Palabra eterna que estaba junto al Padre desde el principio. Juan presenta a Cristo como vida y luz que ninguna oscuridad puede vencer. La encarnación manifiesta la cercanía radical de Dios, que entra en la historia para transformar al ser humano. La oposición entre luz y tinieblas expresa la libertad frente a la revelación. Recibir a la Palabra concede la dignidad de hijos de Dios. La plenitud de Cristo comunica gracia abundante, y en Él se revela completamente el rostro del Padre, invisible para la humanidad. Este Evangelio te invita a mirar tu vida desde la luz de Cristo, especialmente al cerrar un año y abrir otro. Tal vez hubo sombras, incertidumbres o momentos que no entendiste, pero la Palabra te recuerda que ninguna oscuridad tiene la última palabra sobre ti. Jesús ilumina incluso lo que quisieras olvidar y transforma tus heridas en lugares donde puede renacer su gracia. Recibir a Cristo no es un acto puntual, sino una apertura diaria que te hace hijo en su amor. Él desea morar en ti, habitar tus pensamientos, tus decisiones y tus deseos. Quizás este año sentiste que algunos no comprendieron tu camino, o experimentaste rechazo o soledad interior. Jesús también “vino a los suyos y no lo recibieron”, y conoce esa experiencia. Sin embargo, Él permanece fiel y cercano, invitándote a dejarte iluminar nuevamente. La “gracia por gracia” que recibes indica que Dios no se cansa de darte oportunidades, de acompañarte, de recrear tu historia. Hoy puedes preguntarte: ¿qué áreas de mi corazón necesitan luz? ¿Qué heridas necesitan ser contadas por Jesús desde dentro? Deja que esta Palabra cierre tus cansancios y abra en ti un nuevo comienzo lleno de su verdad.
Señor Jesús, Palabra eterna, hoy me acerco a Ti para agradecerte la luz que has derramado sobre mi vida. A veces camino entre sombras y me cuesta reconocer tu presencia, pero Tú permaneces fiel, iluminando suavemente mi historia. Gracias por hacerte carne y por habitar entre nosotros. Te entrego mi año, con sus luchas, aprendizajes y silencios. Te pido que renueves mi corazón para comenzar lo que viene con esperanza. Espíritu Santo, muéveme a acoger la luz verdadera que transforma. Padre amado, hazme hijo en tu amor y ayúdame a vivir confiando en tu ternura. Jesús, mora en mí y haz de mi vida un hogar para tu gracia.
Imagina la luz suave que brota de Cristo, una luz que no hiere, sino que envuelve y consuela. Contempla cómo esa claridad entra en tus sombras más hondas y las transforma en paz. Acércate a Jesús hecho carne, míralo de cerca, siente su respiración y su ternura. Permite que Él acerque su rostro al tuyo y te llame por tu nombre. Quédate en ese silencio donde la luz te sana y renueva.
Hoy quiero abrir un espacio de silencio para agradecer la luz recibida durante este año. Buscaré reconciliarme con alguien o cerrar un ciclo con paz, dejando que la gracia de Cristo ilumine mis decisiones. En mi familia, ofreceré una palabra que transmita esperanza al iniciar un nuevo tiempo. En la comunidad, rezaré por quienes sienten oscuridad o soledad al finalizar el año. Por la noche, haré un examen preguntando: ¿permití que la Palabra iluminara mi día? ¿Respondí con confianza a la gracia ofrecida? Presentaré mi jornada al Señor con un corazón agradecido.
Para que la luz de Cristo ilumine nuestras sombras y renueve nuestra esperanza. Por quienes terminan el año con cansancio o tristeza. Por las familias que desean comenzar un nuevo tiempo en paz. Por la Iglesia, llamada a ser signo de luz en el mundo. Por nosotros, para acoger la Palabra hecha carne con corazón humilde.
Señor Jesús, Palabra viva, te entrego mi año y mi corazón. Padre amado, gracias por acompañarme en cada momento y por regalarme tu luz. Espíritu Santo, renueva mi vida con tu gracia y haz que camine en la verdad. Me consagro al Corazón de María, que acogió la Palabra con humildad y la guardó con amor. Que ella me acompañe en lo que comienza. Padre Nuestro… Ave María…
El prólogo del Evangelio de Juan constituye uno de los textos cristológicos más profundos de toda la Escritura. Su lenguaje poético y teológico revela el misterio de la Palabra eterna, preexistente y consustancial al Padre. Desde el comienzo, el Evangelio afirma que Jesús no es una criatura elevada, sino Dios mismo que estaba junto a Dios, participando en la creación como fuente de vida. Esta afirmación fundamenta la fe cristiana en la divinidad del Verbo, esencial para la comprensión de la Encarnación (CIC 454). La luz es un símbolo clave. En la tradición bíblica, la luz representa la verdad, la revelación y la vida de Dios que guía al ser humano. La proclamación de que “las tinieblas no la vencieron” expresa la victoria definitiva de Cristo sobre todo mal. La misión de Juan Bautista se entiende desde esta revelación: él no es la luz, sino testigo. Esta distinción protege la centralidad de Cristo en la fe y muestra que la misión de todo creyente es señalar hacia Él, no ocupar su lugar. El rechazo de la Palabra por parte del mundo anticipa el drama de la libertad humana ante la revelación. Sin embargo, el don ofrecido es sorprendente: hacerse hijos de Dios. Esta filiación no es metafórica, sino una participación real en la vida divina mediante la gracia, como enseña el Catecismo (CIC 1996-1997). La frase central del prólogo es “La Palabra se hizo carne”. En ella culmina toda la teología cristiana: Dios entra en la historia, asume la fragilidad humana y se hace cercano. La “Morada” entre nosotros evoca la tienda del encuentro en el Éxodo, señalando que Jesús es la presencia definitiva de Dios en medio de su pueblo. El contraste entre la Ley dada por Moisés y la gracia y verdad venidas por Jesucristo no establece oposición, sino plenitud. La Ley preparaba el corazón; Cristo lo cumple y lo lleva más allá, ofreciendo participación en la vida divina. Finalmente, el versículo 18 revela el papel único de Jesús: Él es quien “lo ha contado”, es decir, quien revela de manera plena e insuperable el rostro del Padre. La Encarnación muestra que Dios no es distante, sino comunión y cercanía. Para el creyente, este prólogo invita a interpretar toda la vida desde la luz de Cristo. Él ilumina la existencia, desenmascara las tinieblas interiores y ofrece una identidad nueva como hijos amados. La espiritualidad cristiana nace de esta contemplación: abrirse a la luz, acogerla y permitir que transforme la vida en testimonio.