📅 17/01/2026
Marcos 2, 13-17
Jesús llama a Leví y se sienta a la mesa con pecadores, y en tu cansancio interior Él está buscándote con misericordia. Si sientes culpa o soledad, este momento de oración es un regreso confiado: escuchar su “sígueme”, dejarte amar y comenzar de nuevo como hijo.
Antes de abrir la Palabra, siéntate con la espalda recta y los pies firmes; afloja la mandíbula y relaja las manos. Inhala lento por la nariz, sostén un instante, y exhala como si soltaras una carga. Dios está aquí, más cerca que tu respiración, y te mira con ternura. No necesitas aparentar nada. Ven como eres, con tus sentidos despiertos, tu mente disponible y tu corazón abierto. Pídele al Espíritu Santo que haga silencio dentro de ti.
Jesús entra en tu mesa y sana la vergüenza, despertando confianza y alegría humilde en el corazón.
Yo soy tu Amigo que te mira sin condena; ven como estás y siéntate conmigo; mi amor te levanta y te devuelve paz. “Ven a mí… que te amo… comunicándote mi propia substancia.”
Padre bueno, hoy vuelvo a Ti con hambre de tu amor. Jesús, Hijo amado, mírame como miraste a Leví y pronuncia sobre mí tu llamado que levanta. Espíritu Santo, abre mis oídos para que tu Palabra no se quede en ideas, sino que toque mi vida. Reconozco mi necesidad: mis distracciones, mis apegos y mi temor a no ser digno. Regálame la gracia de confiar como hijo y de sentarme contigo sin máscaras. Dame valentía para seguirte en lo cotidiano. María, Madre de misericordia, cúbreme con tu ternura, muéstrame tu docilidad y llévame de la mano a Jesús siempre. Amén. ¿QUÉ DICE EL TEXTO? - Escuchemos con los oídos del corazón
En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publícanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían. Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: “¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publícanos y pecadores?” Habiendo oído esto, Jesús les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”.
En Marcos, la llamada de Leví aparece tras curaciones y controversias, mostrando que Jesús busca a los marginados. Leví, recaudador, representa a quien es visto como impuro por su oficio. El texto es un relato vocacional y de mesa: Jesús pasa, mira, llama, y el discípulo responde dejando su lugar. La comida con publicanos expresa comunión y misericordia. Los fariseos preguntan para acusar; Jesús responde con imagen médica: el enfermo necesita médico. Así enlaza con Oseas 6,6 y anticipa su misión de salvar pecadores, no premiar autosuficientes. El “sígueme” es invitación personal; la gracia precede y convierte la mirada. ¿QUÉ ME DICE A MÍ? - Dios me habla personalmente hoy ¿Dónde está tu mesa hoy? Tal vez tu “puesto de impuestos” es esa rutina que te define: trabajo sin alma, pantallas que adormecen, un resentimiento guardado, o una necesidad de aprobación. Jesús pasa por ahí. No grita; te mira y te llama por tu nombre. Cuando tú oras, puedes levantarte interiormente, aunque por fuera sigas en lo mismo. Seguirlo no es huir de tu vida, es dejar que Él la ordene desde dentro. Si eres joven, escucha que tu futuro no está encadenado a tu pasado. Si cargas familia, deja que su misericordia suavice tu casa y tus palabras. Si estás solo, recuerda que Jesús se sienta contigo y rompe el aislamiento. Si sirves en la Iglesia, cuida no convertirte en juez de otros: la mesa de Jesús no excluye al herido. Hoy, el Señor te pide un gesto pequeño: elegir la oración antes que la prisa, pedir perdón antes que justificarte, y mirar a alguien con bondad. Tu confianza filial crece cuando aceptas ser amado primero. Levántate, y camina hacia la mesa donde Él ya te espera. Y si te descubres débil, no te escondas: vuelve a su mirada, repite “sígueme”, y deja que su paz te conduzca hoy.
¿QUÉ LE DIGO YO? - Mi respuesta sincera al Amigo Señor, hoy me dejas ver que tu llamada no se dirige a los perfectos, sino a los disponibles. A veces me cuesta creer que puedas sentarte a mi mesa sin reproches, porque conozco mis sombras y mi orgullo. Te agradezco porque me miras con paciencia y porque tu misericordia es más fuerte que mis etiquetas. Te pido que me des un corazón sencillo para levantarse cuando tú pasas; que mi oración sea un “aquí estoy” y no una lista de excusas. Te ofrezco mi trabajo, mis decisiones y mis relaciones; entra en lo que soy y ordena lo que está desordenado. Hazme cercano con quien sufre, humilde con quien piensa distinto, y fiel en lo pequeño. María, enséñame a guardar a Jesús en el corazón y a decirle sí con confianza filial. Cuando me sienta lejos, recuérdame que tú vienes a buscarme. Que hoy elija tu amistad sobre el ruido, y tu verdad sobre el miedo.
Imagínate junto al lago, con el rumor del agua y pasos sobre la tierra. Ve a Jesús caminar sin prisa, detenerse frente a Leví y mirarlo de verdad. Siente la sorpresa en el aire. Escucha su palabra: “Sígueme”. Mira a Leví levantarse, dejar lo que lo ata y caminar hacia Él. Ahora imagina tu propia mesa: tus pendientes, tu historia, tus miedos. Jesús se sienta ahí, te mira y sonríe. Deja que su amor te limpie por dentro. En silencio, solo recibe su cercanía y descansa. Permite que su voz repita tu nombre, y entrégale tu día entero con confianza.
hoy, en la primera pausa del día, repite tres veces “Jesús, mírame” y quédate un minuto en silencio. Actitud familiar: elige una comida o un momento en casa para escuchar sin interrumpir, ofreciendo una palabra de ánimo. Intención comunitaria: acércate a alguien que suele ser juzgado o ignorado y ofrécele cercanía, apoyo o un servicio sencillo. Examen nocturno: al final del día pregúntate: ¿qué “mesa” me resistí a entregar a Jesús, y en qué momento respondí a su llamado? Si caes en prisa, vuelve a la mirada del Señor: un respiro, una jaculatoria, un acto de fe. Si sientes culpa, no te encierres; ofrece el día y pide reconciliación. Que tu pequeño paso sea fidelidad: levantar el corazón, pedir ayuda, y seguir caminando con esperanza.
Oremos por la Iglesia, para que sea casa de misericordia y llame a todos a la conversión con ternura. Oremos por quienes se sienten lejos o juzgados, para que descubran una mesa abierta y una comunidad que acompaña. Oremos por las familias y los jóvenes, para que la oración diaria renueve la confianza y sane heridas antiguas. Oremos por quienes tienen responsabilidades públicas y económicas, para que sirvan con justicia y busquen el bien común.
Gracias, Señor, porque hoy me llamas por mi nombre y no me dejas fuera de tu mesa. Con gratitud, rezo el Padrenuestro, confiando en que el Padre cuida de mí como hijo. María, Madre y discípula, me consagro a tu corazón: toma mi mente, mis afectos y mi voluntad; enséñame a seguir a Jesús con alegría y sencillez. Y con confianza, digo el Avemaría, pidiendo tu intercesión para vivir unido a Cristo y servir con amor. Amén. Hoy pongo ante Ti mis decisiones, mi trabajo y mi familia. Que cada respiro sea oración, y que tu misericordia guarde mi casa interior. María, acompáñame en el camino, y preséntame siempre a tu Hijo.
CONTEXTO HISTÓRICO-LITERARIO El relato pertenece a la primera sección de Marcos, donde Jesús anuncia el Reino y forma discípulos. En Galilea, la recaudación de impuestos generaba rechazo; por eso un publicano era visto como impuro. Marcos escribe para una comunidad que aprende a seguir a Cristo entre tensiones, y presenta a Jesús con autoridad que acerca la misericordia del Padre. El género une vocación y mesa: una llamada breve (“sígueme”) y una comida que revela misión. En el evangelio, este pasaje prolonga las controversias previas y anticipa conflictos mayores, porque la misericordia de Jesús cuestiona fronteras. EXÉGESIS LINGÜÍSTICA Y SIMBÓLICA El verbo “llamar” (kalein) indica iniciativa gratuita: Jesús llama para crear una historia nueva. “Sígueme” (akolouthei) significa entrar en su camino y estilo. La “mesa” es símbolo de comunión: compartirla expresa acogida y pertenencia. “Pecadores” nombra a quienes cargan mala fama o viven lejos de la observancia; Jesús no banaliza el mal, busca al herido para sanarlo. La imagen del “médico” conecta con el Dios que cura (Sal 103,3) y abre a comprender el perdón. Resuena Oseas 6,6: Dios quiere misericordia, no formalismo. INTERPRETACIÓN PATRÍSTICA Y MAGISTERIAL San Juan Crisóstomo subraya la fuerza del llamado que libera. San Agustín lee la mesa como signo de la gracia que precede: Cristo se acerca para levantar. El Catecismo recuerda que Jesús es médico de las almas y llama a la conversión (CIC 1503; CIC 1423-1424). En la liturgia, este texto educa una Iglesia que intercede por el mundo y evita verse como grupo de “puros”; la Eucaristía sostiene y sana (cf. CIC 1392-1395). Dei Verbum invita a leer la Escritura en la Tradición viva y en la comunión eclesial (DV 12). La frase “no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” no excusa la autosuficiencia: desenmascara el corazón que no se reconoce necesitado. En clave simbólica, Leví se levanta y deja su mesa: imagen de conversión, paso de la seguridad a la confianza. Santo Tomás de Aquino, al reunir a los Padres, remarca que Cristo come con pecadores para curarlos desde dentro. Esto coincide con la enseñanza de la Pontificia Comisión Bíblica: la interpretación debe buscar el sentido del texto en la fe de la Iglesia y para la vida. APLICACIÓN PASTORAL CONTEMPORÁNEA Hoy el pasaje ilumina vergüenza, culpa, resentimientos y la tentación de juzgar. Para quien vive bajo presión, Leví recuerda que tu identidad no se reduce a productividad; Cristo llama a la libertad interior. Para familias, la mesa invita a reconciliar, hablar con mansedumbre y abrir espacio para la oración diaria. Para jóvenes, muestra que el pasado no define el futuro cuando se responde al “sígueme”. Para servidores, advierte del fariseísmo: cuidar el corazón para no excluir a quienes Jesús desea atraer. El fruto buscado es confianza filial: acercarse tal como se está, dejarse mirar, y caminar con Él hacia una vida unida al Padre y abierta al Espíritu.