📅 01/02/2026
Mateo 5, 1-12
Jesús sube al monte y, en medio de la búsqueda de sentido y la fatiga interior, Él está revelando el camino del Reino. Si sientes ansiedad o desánimo, este momento de oración es un descanso que ordena tu corazón y te devuelve confianza filial para vivir hoy con esperanza.
Antes de abrir el Evangelio, siéntate con la espalda recta y los pies apoyados; respira lento: inhala contando cuatro, exhala contando seis, tres veces. Aquí, Dios está realmente presente y te mira con amor. No necesitas traer perfección: ven como eres, con tus pensamientos, tus sentidos y tu historia. Descansa un instante en silencio. Pide al Espíritu Santo que aquiete tu mente y ablande tu corazón, para escuchar a Jesús desde dentro.
En la montaña, Jesús nombra tu hambre de Dios y transforma tu fragilidad en bienaventuranza y paz.
Yo soy aquel que ha de venir a llevarte al cielo si me eres fiel; si eres obediente y pobre, si eres manso y humilde de corazón, si amas la cruz. Vengo a ti como Fortaleza de tu debilidad y como Foco de eterna vida. (Concepción Cabrera de Armida, Yo Soy)
Padre amado, aquí estoy ante ti; Hijo Jesús, Tú que proclamas la dicha del Reino, mírame; Espíritu Santo, enciende mi fe. Reconozco mi pobreza interior y mi necesidad de tu luz: a veces me pierdo en comparaciones, temores y prisas. Te pido la gracia de escuchar tu Palabra con docilidad y de creer que tu amor sostiene mi vida. Regálame mansedumbre, hambre de justicia y un corazón limpio que te busque. Derrama en mí confianza filial para obedecerte con alegría y perseverar cuando haya incomprensión. Hazme instrumento de paz en mi casa y en mi trabajo. María, Madre y Maestra, acompáñame y llévame a Jesús. Amén.
En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, y les dijo: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
En Mateo, el discurso del monte abre la enseñanza pública de Jesús y presenta el corazón del Reino. Las bienaventuranzas no son eslóganes, sino proclamación: Dios llama dichosos a quienes parecen perder. “Pobres de espíritu” indica apertura humilde; “mansos” alude a quien no impone; “justicia” es fidelidad a Dios. El género es enseñanza sapiencial y profética, con ritmo repetitivo para memorizar. Resuena con Isaías 61 y con los Salmos del justo sufriente. La promesa final mira al cielo y confirma que seguir a Cristo incluye persecución. Jesús describe el ser del discípulo y su misión: recibir y sembrar la paz. ¿QUÉ ME DICE A MÍ? - Dios me habla personalmente hoy. ¿Qué me dice a mí? Hoy Jesús te mira en tu realidad: quizá trabajas mucho y aun así te sientes vacío, o llevas un dolor silencioso que nadie nota. Él llama dichoso a tu corazón pobre cuando deja de fingir autosuficiencia y se abre a pedir ayuda. Si eres padre o madre, tu mansedumbre es elegir el diálogo en vez del grito. Si eres joven, tu hambre de justicia puede ser decir la verdad aunque te cueste quedar bien. Si estás enfermo o cansado, tu llanto puede volverse oración confiada. Un corazón limpio es el que vuelve a empezar cada día, sin doblez, sin máscaras. Trabajar por la paz es bajar la tensión en casa, cortar el chisme en la oficina, reconciliarse con alguien. Cuando te injurien por hacer lo correcto, Jesús no te abandona: te une a los profetas y te promete cielo. No se trata de buscar sufrimiento, sino de no vender el alma. Esta Palabra te invita a medir tu éxito por la cercanía a Dios y por el amor que siembras, no por aplausos. Hoy puedes elegir una bienaventuranza y repetirla en tu interior, pidiendo a Jesús que la haga vida en ti durante el día.
eñor Jesús, te reconozco como mi Maestro y mi Bienaventuranza. A veces me cuesta aceptar mi pobreza interior: quiero controlar, quedar bien, no sufrir, y termino con el corazón inquieto. Te agradezco porque no me pides aparentar, sino venir a ti tal como soy, y porque tu Reino se acerca cuando me hago pequeño. Te pido que me des mansedumbre para responder con amor, hambre de justicia para no negociar mi conciencia, y limpieza de corazón para mirarte en todo. Cuando llore, consuélame; cuando tenga miedo, sosténme; cuando me critiquen por hacer el bien, recuérdame que estoy contigo. Te ofrezco mi día: mi trabajo, mi familia, mis decisiones y mis silencios. Haz de mí un sembrador de paz y un testigo alegre de tu Evangelio. Que tu Espíritu forme en mí un corazón misericordioso, capaz de perdonar y pedir perdón. Que en la Eucaristía encuentre fuerza para vivir estas palabras sin dureza, y que tu mirada me recuerde quién soy: hijo amado del Padre.
Imagínate en la ladera del monte, entre gente sencilla. Siente el aire fresco y el murmullo de la multitud. Ve a Jesús sentado, sereno; su mirada te encuentra como si sólo estuvieras tú. Escucha su voz decir: “Bienaventurado…”, y deja que cada palabra caiga despacio en tu pecho. Nota tu respiración y el latido de tu corazón. Acércate un paso y míralo sonreír con ternura. Permite que su amor limpie tus miedos y te regale paz. En silencio, no pidas nada: sólo recibe su Reino. Quédate ahí, humilde, y deja que el Espíritu selle en ti la confianza filial hoy.
Gesto personal: elige una bienaventuranza y repítela tres veces hoy, antes de iniciar tu actividad principal, pidiendo a Jesús que te enseñe a vivirla; si puedes, anótala y llévala contigo. Actitud familiar: en casa, practica una mansedumbre visible: escucha sin interrumpir, baja el tono de voz y ofrece una disculpa rápida si te equivocas. Intención comunitaria: realiza una obra de misericordia sencilla: un mensaje de ánimo, una visita breve, una ayuda económica discreta, o acompañar a quien se siente solo. Examen nocturno: al cerrar el día, pregúntate: ¿dónde recibí el Reino como pobre de espíritu y dónde me defendí con orgullo? ¿En qué momento sembré paz, y a quién necesito perdonar o pedir perdón mañana? Entrégalo todo al Padre en una oración breve.
1. Por la Iglesia, para que anuncie a Cristo con humildad y esperanza, aun en medio de la incomprensión, roguemos al Señor. 2. Por los pastores y servidores, para que, al contemplar la grandeza de Dios, guíen al pueblo con sabiduría y mansedumbre, roguemos al Señor. 3. Por quienes viven confusión o temor ante el sufrimiento, para que el Señor les regale luz interior y firmeza en la fe, roguemos al Señor. 4. Por nuestras familias, para que aprendan a escuchar a Jesús y a confiar cuando no entienden, evitando discusiones y sembrando paz, roguemos al Señor. 5. Por nuestra comunidad, para que no tenga miedo de acercarse a Cristo y viva la caridad con perseverancia, roguemos al Señor.
Gracias, Señor, porque hoy me llamas dichoso no por mis méritos, sino por tu amor que me sostiene y me levanta. Te ofrezco lo que soy y lo que tengo, y recibo tu paz como don hoy. Confiado, rezo el Padrenuestro, y me abandono en la providencia del Padre. María, Madre de las bienaventuranzas, me consagro a tu cuidado: toma mi mente, mi corazón y mis pasos, y llévame siempre a Jesús. Contigo quiero aprender humildad, pureza de intención y servicio alegre. Ahora digo el Avemaría con amor y sencillez, pidiendo tu intercesión por mi familia y mi comunidad. Amén.
Contexto histórico-literario. Mateo reúne las bienaventuranzas al inicio del Discurso del Monte (Mt 5–7), presentándolas como puerta de entrada a la vida del discípulo. En la situación del cristianismo naciente, marcado por tensiones con sinagogas locales y por la necesidad de formar comunidades perseverantes, este texto funciona como carta de identidad. El género es enseñanza sapiencial con tono profético: no describe sólo normas, sino una promesa y una inversión de valores. La escena del “monte” evoca a Moisés y la alianza: Jesús enseña con autoridad propia, revelando el querer del Padre. 2. Exégesis lingüística y simbólica. “Bienaventurados” traduce el makárioi griego: dichosos por la acción de Dios, no por suerte humana. “Pobres de espíritu” no es miseria fatalista, sino humildad del corazón que se sabe necesitado. “Mansos” (praeis) remite al Sal 37,11: los que no violentan, reciben la tierra como herencia. “Justicia” (dikaiosýnē) en Mateo es fidelidad al plan de Dios, por eso se “tiene hambre y sed” de ella. “Limpios de corazón” indica integridad interior, sin doblez; “ver a Dios” abre horizonte escatológico. “Trabajar por la paz” no es pasividad, sino crear comunión; por eso “serán llamados hijos de Dios”. La promesa final sobre la persecución enlaza con la tradición de los profetas y prepara al discípulo para la cruz. 3. Interpretación patrística y magisterial. San Agustín, en su comentario al Sermón del Señor, ve en estas palabras una escala del crecimiento espiritual que conduce a la caridad. San Juan Crisóstomo subraya que Cristo no halaga al fuerte, sino que forma un pueblo capaz de soportar injurias sin perder el amor. La Iglesia las lee como síntesis de la santidad: el Catecismo enseña que las bienaventuranzas iluminan las acciones y orientan al Reino (CIC 1716–1717) y que expresan la vocación universal a la santidad (LG 40). La interpretación católica sigue el principio de Dei Verbum: atender al sentido literal y a la unidad de toda la Escritura (DV 12). 4. Aplicación pastoral contemporánea. En un mundo que premia la imagen, estas palabras liberan: tu valor no depende de rendimiento, sino de pertenecer a Dios. Para el matrimonio, la mansedumbre se vuelve diálogo y perdón; para jóvenes, pureza de corazón es coherencia en redes y relaciones; para quien sufre, el llanto se vuelve oración que espera consuelo; para quien trabaja, hambre de justicia es honestidad y servicio sin corrupción. La persecución hoy puede tomar forma de burla, aislamiento o pérdidas por actuar con rectitud; Jesús promete que no es derrota, sino camino de comunión con Él. Vivir estas bienaventuranzas es entrar en la confianza filial: Dios ya está obrando en tu pequeñez y te conduce a la alegría verdadera cada día (CIC 1821, Mt 11,28).