📅 06/04/2026
Mateo 28, 8-15
A veces uno sale de una semana larga cargando algo que todavía no sabe cómo nombrar. No es tristeza exactamente, ni alegría tampoco. Es más bien el peso de no saber qué creer cuando todo alrededor parece contradecirse. Y resulta que el Evangelio de hoy habla de eso. De mujeres que salen corriendo con miedo y con gozo al mismo tiempo, y de hombres que reciben la misma noticia y eligen cobrarla en efectivo. El Señor te sale al encuentro antes de que termines de llegar. El texto es Mateo 28, 8-15, y en él hay una pregunta que vale la pena hacerse: ¿qué hago yo cuando recibo una noticia que lo cambia todo? Él ya resucitó. El resto es decisión tuya. Abre la Lectio de hoy y dale quince minutos.
Siéntate donde estés. Apoya los pies en el suelo, endereza un poco la espalda, no para estar tenso, sino para estar despierto. Inhala despacio. Exhala más despacio todavía. Ese pendiente que traes dando vueltas, ese nombre que te preocupa, ese miedo que no le has dicho a nadie: suéltalo un momento. No tienes que resolverlo ahora. Abre las manos sobre las rodillas, como quien no está aferrando nada. Dios ya llegó. No está esperando que entres en modo oración para aparecer. Ya está aquí, antes que tú. "Me rodeas por todas partes y posas tu mano sobre mí" (Sal 139,5). Solo hay que reconocerlo. Aquí estoy, Señor. Habla, que escucho. Lee sin prisa. No para entender todo. Para oír lo que Él te dice a ti hoy.
El Señor resucitado sale al encuentro de las mujeres antes de que lleguen a los discípulos. No las hace buscarlo. Él llega primero. En este pasaje, Mateo pone frente a frente dos actitudes ante la Resurrección: el gozo asustado de quienes creyeron, y la frialdad calculadora de quienes eligieron no creer aunque tenían las pruebas delante. Hoy la Palabra pregunta dónde me ubico yo en esa escena.
"Yo soy el que sale a tu encuentro en el camino. No espero que llegues limpio ni que tengas todo resuelto. Salgo yo primero, como salí a las mujeres aquella mañana, cuando todavía temblaban de miedo y de gozo a la vez. Eso mismo eres tú muchas veces: miedo y gozo revueltos, sin saber qué creer. Y yo precisamente ahí te digo: no temas. No te pido que dejes de temblar. Te pido que sigas caminando hacia mí. Yo haré el resto."
Padre, me acerco a tu Palabra hoy sabiendo que muchas veces soy como esas mujeres: con miedo y con gozo al mismo tiempo, sin terminar de soltar lo que me pesa. Gracias porque tu Hijo resucitado no esperó que me pusiera en orden para salirme al encuentro. Jesús, necesito que me vuelvas a decir hoy: no temas. Hay cosas en mi vida que me asustan y que me cuestan creer. Abre tú mismo mi corazón para que tu Resurrección no sea solo una noticia del pasado, sino algo que cambie cómo vivo este día. Espíritu Santo, ilumina lo que voy a leer. Que no me quede en el texto. Que me quede en ti. María, tú que también cargaste el misterio sin entenderlo del todo, acompáñame. Amén.
Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán”. Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Estos se reunieron con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados, con estas instrucciones: “Digan: ‘Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo’. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación”. Ellos tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.
Este pasaje pertenece al relato pascual de Mateo. Las mujeres son las primeras testigos: salen del sepulcro con una mezcla de miedo y gozo que el griego llama phobos kai chara, dos estados que normalmente no conviven. Jesús las intercepta en el camino, no en un templo, sino en plena carrera. La escena del soborno revela algo que Mateo quiere que no se pase por alto: los sacerdotes no dudan de que algo ocurrió. Solo deciden qué hacer con ello. Mateo escribe para una comunidad judeocristiana que ya vivía dentro de esa tensión entre fe y calumnia institucional. Hay momentos en que recibes una noticia que lo cambia todo, y tu primera reacción no es ni pura alegría ni puro miedo: es las dos cosas revueltas. Así salen las mujeres del sepulcro. No salen serenas ni con todo claro. Salen corriendo, con el corazón partido entre el susto y el gozo. Quizás hoy estás en un momento así. Algo en tu vida cambió, o está cambiando, y no sabes bien si alegrarte o asustarte. O llevas tiempo creyendo algo que nadie a tu alrededor parece tomarse en serio. Jesús no espera a que llegues al destino para encontrarte. Te sale al paso en el camino, cuando todavía estás procesando lo que pasó. Y lo primero que dice es: no temas. No te pide calma. Te ofrece su presencia. La otra parte del texto también te habla. Los guardias tenían la misma información que las mujeres. Vieron lo mismo. Y eligieron venderla. La Resurrección no fuerza a nadie. Incomoda, descoloca, y cada quien decide qué hace con ella. La pregunta de hoy es tuya: ¿qué haces tú con lo que ya sabes que es verdad?
Señor, te confieso que muchas veces me parezco más a los guardias que a las mujeres. Recibo señales tuyas, las veo, y a veces elijo no complicarme. Es más fácil cobrar el día como si nada hubiera pasado. A veces me cuesta creer que realmente resucitaste para mí. No solo como dogma, sino como algo que cambia cómo me levanto esta mañana. Me cuesta porque hay días en que la vida no parece resucitada. Hay cansancio, hay relaciones que no sanan, hay miedos que no se van. Te agradezco porque sales a mi encuentro antes de que yo llegue a ti. Porque no esperas que tenga todo resuelto. Porque a las mujeres que iban corriendo y asustadas les dijiste exactamente lo que me dices a mí hoy: no temas. Te pido que tu Resurrección entre en la parte de mi vida que todavía no ha resucitado. En ese vínculo roto, en esa esperanza que guardé porque me dolía tenerla, en ese hábito que me hace daño y que no he podido soltar. Te ofrezco este día, con lo que tiene de miedo y de gozo revueltos. Tú sabes qué hacer con eso. Amén.
Imagínate en ese camino polvoroso al amanecer. El aire todavía frío de la noche. Corres. Tus pies golpean la tierra seca. El corazón te late fuerte, mitad miedo, mitad algo que todavía no sabes cómo llamar. Y de pronto Él está ahí. No viene de lejos. Aparece como si siempre hubiera estado en ese tramo del camino, esperando que tú llegaras. Lo miras. Él te mira. Hay algo en esa mirada que no juzga ni pregunta. Solo sostiene. Se detiene. Tú te detienes. Y en ese silencio entre los dos, escuchas: "No temas." No te pide que expliques nada. No revisa si creíste bien o si dudaste. Solo dice eso. Y es suficiente. Quédate ahí. Recibe.
Señor, hoy te pido la gracia de no guardar para mí la noticia de tu Resurrección. Las mujeres corrieron a contarla. Yo muchas veces la cargo solo, como si fuera algo privado. Hoy me comprometo a decirle a alguien, con mis palabras y sin adornos, que creo que estás vivo. No en un sermón. En una conversación, en un mensaje, en una pregunta honesta. Me comprometo también a no vender lo que sé que es verdad, aunque cueste sostenerlo. A no construir historias que me convengan cuando la verdad resulta incómoda. Dame valentía para correr como corrieron ellas: con miedo y con gozo, sin esperar a tener todo claro antes de moverme.
1. Por la Iglesia universal, para que sea testigo fiel de la Resurrección y no ceda a la tentación de acomodar el Evangelio a lo que la cultura quiere escuchar. Roguemos al Señor. 2. Por quienes viven en el miedo, el duelo o la duda de fe, para que el Señor resucitado les salga al encuentro en el camino donde están, antes de que lleguen a ningún lado. Roguemos al Señor. 3. Por los que tienen poder de informar, gobernar o enseñar, para que no pongan el dinero ni el prestigio por encima de la verdad que han recibido. Roguemos al Señor. 4. Por nuestras familias y comunidades, para que la noticia de que Cristo está vivo se transmita no solo con palabras, sino con la forma en que nos tratamos unos a otros. Roguemos al Señor. 5. Por los difuntos de nuestra comunidad, para que descansen en la paz del Resucitado que venció a la muerte. Roguemos al Señor.
Gracias, Señor, por este tiempo que te di hoy. Por la Palabra que me diste, aunque no haya entendido todo. Por el silencio que compartimos. Te pido que lo que meditamos hoy no se quede en el momento de oración. Que salga conmigo al día que me espera. Padre nuestro, que estás en el cielo... María, hoy te pido que tomes lo que hice en esta oración y lo pongas delante de tu Hijo. Tú que guardabas todas las cosas en tu corazón, guarda también mis intenciones de hoy. Me consagro a ti como hijo tuyo, que necesita de tu mano para no perder el camino. Dios te salve, María, llena eres de gracia... Amén.
Mateo 28, 8-15 cierra el relato pascual del primer evangelio antes del gran encargo misionero. El evangelista escribe para una comunidad de judeocristianos, probablemente en la región de Antioquía, hacia los años 80-85, que convivía con la sinagoga y experimentaba la tensión cotidiana entre su fe en el Resucitado y la versión alternativa que ya circulaba entre sus vecinos. La estructura del capítulo 28 funciona por contraste deliberado: la respuesta de fe de las mujeres en los versículos 8-10 se opone directamente a la respuesta comprada de los guardias en los versículos 11-15. Mateo no refuta la historia del robo con argumentos filosóficos; la deja expuesta por su propia lógica interna, porque quienes la pagaron implícitamente reconocen que el cuerpo no estaba. Los términos griegos del pasaje revelan tensiones que no son solo del siglo primero. El sustantivo phobos (miedo) aparece junto a chara (gozo) en el versículo 8, una combinación que no es figura retórica sino descripción fenomenológica: nombra el estado de quien ha recibido algo demasiado grande para procesarlo de inmediato. El verbo proskuneō (adoraron, v. 9) es el mismo que Mateo usa para la adoración de los magos (2,11) y para la tentación en el desierto (4,9-10), lo cual sitúa este gesto de las mujeres dentro de la liturgia mesiánica que atraviesa todo el evangelio. El sustantivo kustōdia (guardia, v. 11) es un latinismo que delata la presencia del aparato imperial; el verbo symbouleúō (celebrar consejo, v. 12) resuena con el Sanedrín del relato de la Pasión. Mateo construye un eco narrativo: los mismos actores institucionales que condenaron a Jesús pagan ahora para suprimir su Resurrección. San Agustín señala, en varios de sus tratados, que los enemigos de Cristo son involuntariamente sus mejores testigos: su necesidad de suprimir el hecho con dinero demuestra que no podían suprimirlo con argumentos. San Jerónimo, en sus Commentariorum in Mattheum, observa que la guardia fue al sepulcro precisamente para impedir la Resurrección y terminó siendo testigo de ella. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 640, recoge esta tradición al recordar que el sepulcro vacío fue reconocido por todos los actores, incluidos los adversarios, y que ninguno afirmó que el cuerpo seguía ahí. La liturgia asigna este pasaje al lunes dentro de la octava de Pascua, lo cual tiene una lógica pastoral precisa: en los días que siguen al domingo de Resurrección, la Iglesia contempla cómo la fe y la incredulidad coexistieron desde el primer instante, y cómo esa tensión no es una anomalía sino el territorio normal de quien cree en un mundo que no siempre cree. Quien hoy lleva meses dudando de su fe, quien ha escuchado objeciones al Evangelio que no sabe cómo responder, encuentra en este texto algo que no esperaba: el primer obstáculo serio a la Resurrección fue pagado con dinero, no elaborado con razones. Y las primeras testigos no eran apologetas; eran mujeres que corrían, con miedo y con gozo, y que Jesús interceptó en el camino. Para el matrimonio que atraviesa una crisis de fe, para el universitario que enfrenta el escepticismo del ambiente académico, para la persona consagrada que lleva tiempo en la sequedad, el pasaje ofrece la misma invitación que Jesús hizo aquella mañana: no temas. La Resurrección no pide que primero resuelvas tus dudas. Pide que sigas caminando. El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium 3, recuerda que el encuentro con Cristo no comienza como una idea sino como una experiencia, y que esa experiencia no espera condiciones ideales.