📅 18/08/2026
Mateo 19, 23-30
Hay días en que descubres que tienes muchas cosas, pero ninguna termina de darte descanso. Trabajas, compras, guardas, aseguras el futuro y aun así permanece una inquietud. Entonces escuchas a Jesús hablar de las riquezas y comprendes que la pregunta también toca tus manos y tus deseos. Mateo 19,23-30 te coloca frente a una elección: poseer o dejarte poseer por Cristo. La frase para recordar hoy es: “Para Dios todo es posible”. Mira aquello a lo que estás aferrado y entrégaselo al Señor.
Siéntate con la espalda digna, apoya los pies en el suelo y respira lentamente. Deja por unos minutos las tareas pendientes, como quien coloca una carga a los pies del Señor. Dios ya está aquí y te mira con amor. No tienes que demostrarle nada. Di en silencio: “Padre, aquí estoy; enséñame a confiar”. Lee despacio, dejando que cada palabra sea escuchada por tu interior. Pide al Espíritu Santo una atención sencilla y humilde, para recibir la Escritura como palabra viva que te conduce al encuentro con Cristo.
Siéntate con la espalda digna, apoya los pies en el suelo y respira lentamente. Deja por unos minutos las tareas pendientes, como quien coloca una carga a los pies del Señor. Dios ya está aquí y te mira con amor. No tienes que demostrarle nada. Di en silencio: “Padre, aquí estoy; enséñame a confiar”. Lee despacio, dejando que cada palabra sea escuchada por tu interior. Pide al Espíritu Santo una atención sencilla y humilde, para recibir la Escritura como palabra viva que te conduce al encuentro con Cristo.
Siéntate con la espalda digna, apoya los pies en el suelo y respira lentamente. Deja por unos minutos las tareas pendientes, como quien coloca una carga a los pies del Señor. Dios ya está aquí y te mira con amor. No tienes que demostrarle nada. Di en silencio: “Padre, aquí estoy; enséñame a confiar”. Lee despacio, dejando que cada palabra sea escuchada por tu interior. Pide al Espíritu Santo una atención sencilla y humilde, para recibir la Escritura como palabra viva que te conduce al encuentro con Cristo.
Siéntate con la espalda digna, apoya los pies en el suelo y respira lentamente. Deja por unos minutos las tareas pendientes, como quien coloca una carga a los pies del Señor. Dios ya está aquí y te mira con amor. No tienes que demostrarle nada. Di en silencio: “Padre, aquí estoy; enséñame a confiar”. Lee despacio, dejando que cada palabra sea escuchada por tu interior. Pide al Espíritu Santo una atención sencilla y humilde, para recibir la Escritura como palabra viva que te conduce al encuentro con Cristo.
Evangelio según san Mateo 19, 23-30 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los cielos. Se lo repito: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos». Al oír esto, los discípulos se quedaron asombrados y exclamaron: «Entonces ¿quién podrá salvarse?» Pero Jesús, mirándolos fijamente, les respondió: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible”. Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús: «Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar?» Jesús les dijo: «Yo les aseguro que en la vida nueva, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, los que me han seguido, se sentarán también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que por mí haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o esposa, o hijos, o propiedades, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Y muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros». Pa labra del Señor.
¿QUÉ DICE EL TEXTO? Jesús continúa hablando después del encuentro con el hombre rico. Su enseñanza adopta la forma de un diálogo con los discípulos y usa una imagen exagerada para mostrar la dificultad que crea el apego a las riquezas. El camello y el ojo de una aguja expresan una imposibilidad humana. Los discípulos preguntan quién puede salvarse, y Jesús desplaza la respuesta hacia Dios: la salvación es don. Pedro pregunta por la recompensa del seguimiento. Jesús responde con una promesa escatológica: quienes dejan bienes y vínculos por Él reciben vida eterna. El cierre invierte los criterios humanos de grandeza. Finalmente, este cierre ¿QUÉ ME DICE A MÍ? Tal vez tu riqueza no sea una cuenta bancaria. Puede ser tu casa, tu puesto, tu reputación, tus planes, tus objetos, tu manera de tener siempre la razón o incluso la necesidad de controlar a quienes amas. Jesús no te acusa por poseer bienes; toca la libertad con que los tienes. Si trabajas, administra con justicia y gratitud. Si estás casado, pregunta si tus bienes sirven a tu familia o generan distancia. Si eres joven, mira tus sueños y decide si Cristo tiene lugar en ellos. Si eres mayor, revisa qué deseas conservar y qué puedes compartir. Si atraviesas enfermedad, quizá tu mayor apego sea recuperar el control de lo que sucede. Si vives soledad, puedes aferrarte a recuerdos o expectativas. Jesús te dice: para ti hay cosas imposibles, pero para Dios todo es posible. No necesitas desprenderte de todo para sentirte bueno; necesitas permitir que Cristo sea tu tesoro. Pregúntale hoy: “¿Qué me cuesta entregarte?”. Su respuesta puede tocar dinero, tiempo, afectos, proyectos o prestigio. No huyas de esa pregunta. Preséntala con confianza y deja que Él te enseñe libertad. La libertad comienza cuando dejas de negociar con Jesús. La libertad crece cuando eliges confiar antes que controlar. Hoy.
Señor Jesús, reconozco que muchas veces quiero seguirte sin soltar aquello que me da seguridad. A veces me cuesta confiar cuando no sé qué ocurrirá mañana, cuando mis recursos disminuyen o cuando siento que debo tener todo bajo control. También me cuesta aceptar que mis bienes, mis capacidades y mis relaciones son dones recibidos, no posesiones absolutas. Te agradezco porque no me miras con desprecio por mi fragilidad, y porque cuando descubro mi incapacidad me recuerdas: para Dios todo es posible. Te pido que examines conmigo mis apegos y me muestres qué debo ordenar, compartir, entregar o agradecer. Dame libertad para usar mis bienes sin convertirlos en mi señor. Enséñame a servir a mi familia, a mis compañeros de trabajo, a los pobres y a tu Iglesia con generosidad. Te ofrezco mis planes, mis recursos, mis preocupaciones y mis seguridades. Si alguna cosa ocupa tu lugar, dame la valentía de soltarla. Quiero seguirte con las manos abiertas y recibir de ti la vida eterna como gracia.
Imagínate junto a los discípulos después de escuchar a Jesús... el aire de la tarde está tibio y el polvo del camino permanece en tus sandalias... escuchas el murmullo de quienes conversan y luego un silencio atento... ves a Jesús detenerse y mirarte... su rostro está sereno, sus ojos firmes y misericordiosos... sientes inquietud y alivio... Él conoce aquello que guardas con fuerza y no te humilla... permanece en silencio... recibe su mirada como regalo... deja caer tus seguridades... quédate junto a Él sin explicar nada... recibe su libertad y su promesa de vida eterna. Permanece allí, sin prisa, entregado a su amor.
Hoy elegirás un gesto sencillo de desprendimiento. Antes de terminar el día, identifica una cosa, un gasto, un tiempo o una preocupación que puedas poner al servicio de alguien. En casa, comparte algo que normalmente guardarías para ti. En el trabajo, ofrece una ayuda sin esperar reconocimiento. Si administras dinero, revisa un gasto innecesario y destina una parte a una necesidad real. En la oración, permanece cinco minutos ante Jesús y pregúntale qué apego necesita ordenar. No conviertas esto en una prueba de heroicidad. Hazlo con libertad y alegría, recordando que tus bienes son medios para amar. Al terminar, di: “Jesús, todo lo que tengo viene de ti. Enséñame a recibirlo con gratitud, compartirlo con generosidad y dejarlo cuando tú me lo pidas. Tú eres mi tesoro y mi vida”.
La pregunta de los discípulos sigue resonando entre nosotros: “¿Quién podrá salvarse?”. Confiemos hoy en la misericordia de Dios y presentemos nuestras necesidades, sabiendo que para Él todo es posible. Por todos los cristianos, para que crezcamos en la confianza, la humildad y la libertad interior, poniendo a Cristo por encima de nuestras seguridades. Roguemos al Señor. Por nuestras familias, para que aprendamos a compartir nuestros bienes, nuestro tiempo y nuestros talentos, haciendo de nuestros hogares lugares de generosidad y servicio. Roguemos al Señor. Por quienes viven enfermedad, angustia, desempleo o dificultades económicas, para que encuentren apoyo fraterno, esperanza y personas dispuestas a ayudarles. Roguemos al Señor. Por los pueblos y comunidades marcados por la desigualdad, para que quienes poseen mayores recursos los administren con justicia y solidaridad, buscando siempre el bien común. Roguemos al Señor. Por quienes han recibido una llamada especial al sacerdocio, a la vida consagrada o al servicio cristiano, para que sigan a Jesús con libertad, fidelidad y alegría. Roguemos al Señor.
Gracias, Señor, por hablarme y mostrarme que mi seguridad está en ti. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. María, recibe vida y enséñame libertad. Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Mateo 19,23-30 pertenece a la sección del evangelio donde Jesús instruye a sus discípulos mientras avanza hacia Jerusalén. El pasaje continúa el encuentro con el hombre rico y funciona como enseñanza dialogada sobre las condiciones del Reino. Mateo reúne una sentencia sobre la riqueza, la pregunta de los discípulos, la respuesta de Jesús y la intervención de Pedro. La comunidad cristiana escucha así una advertencia frente a una cultura donde la posesión de tierras, bienes y prestigio podía expresar honor social. El cierre, “muchos primeros serán últimos”, prepara además la parábola de los trabajadores de la viña. El término plousios (rico) designa a quien posee abundancia de bienes, pero en este contexto adquiere una carga espiritual: la riqueza puede convertirse en una seguridad rival de la confianza en Dios. Duskólōs (difícilmente) señala una dificultad real, no una condena automática de quien posee bienes. La imagen del kamelos (camello) atravesando el ojo de una aguja emplea una exageración proverbial para expresar una imposibilidad humana. Jesús conduce inmediatamente a dynata (posible): lo que el ser humano no puede realizar por sus propias fuerzas, Dios puede concederlo como gracia. El movimiento del texto va de la posesión a la libertad, y de la autosuficiencia a la dependencia filial. San Juan Crisóstomo, en sus homilías sobre Mateo, señala que Jesús no condena la posesión en sí misma, sino el dominio que la riqueza puede ejercer sobre el corazón, y relaciona el desprendimiento con la atención a los necesitados. Esta lectura coincide con el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2547, que recuerda que el abandono en la providencia del Padre libera de la inquietud por el mañana y advierte sobre buscar consuelo en la abundancia. La pregunta de los discípulos, “¿quién podrá salvarse?”, recibe su centro en la gracia: “para Dios todo es posible”. La liturgia propone este texto en el Tiempo Ordinario para purificar la relación con los bienes, recordar que la salvación es don y renovar el seguimiento de Cristo. Para quien vive hoy, el Evangelio toca una cultura marcada por consumo, crédito, comparación social y miedo al futuro. Una persona casada puede preguntarse si sus decisiones económicas protegen la comunión familiar y la solidaridad; un joven puede revisar si su proyecto profesional busca solamente éxito o también servicio. Una persona consagrada puede examinar su libertad frente a comodidades y seguridades, mientras un trabajador puede descubrir que el apego también aparece en el prestigio. El desafío contemporáneo es administrar sin convertir los bienes en identidad. Francisco recuerda en Evangelii Gaudium que el dinero debe servir y no gobernar la vida humana. La respuesta cristiana no es despreciar los bienes, sino recibirlos como dones, compartirlos con justicia y permanecer disponible para Cristo.