📅 10/09/2026
Lucas 6, 27-38
Hay heridas que cambian la manera de mirar a una persona. Una palabra, una traición o una injusticia pueden instalarse en la memoria y hacer que cada encuentro vuelva a doler. Entonces nace el deseo de responder con la misma medida. Jesús interrumpe esa lógica y pide algo que parece imposible: amar al enemigo, hacer el bien y orar por quien hiere. En Lucas 6,27-38 descubrirás que la misericordia comienza cuando dejas de vivir según la reacción del otro. Pregúntate qué medida estás usando. Elige responder a una ofensa con un gesto de bien y entrégale a Cristo lo demás.
Siéntate con serenidad, deja los pies firmes en el suelo y adopta una postura que te ayude a permanecer atento. Respira lentamente y deja que tu cuerpo se disponga para la oración. Por unos minutos, aparta mensajes, pendientes, preocupaciones y conversaciones. Reconoce que Dios está presente y te espera. Di interiormente: «Aquí estoy, Señor. Confío en ti». Lee el Evangelio despacio. Cuando aparezca una palabra que te incomode o consuele, detente. Vuelve a leerla. No intentes defenderte ni justificarte. Escucha la Palabra con humildad y deja que ilumine tus relaciones, heridas y manera de responder al bien y al mal.
Este jueves corresponde a la XXIII semana del Tiempo Ordinario y se celebra con color verde o blanco, según la celebración elegida. Puede celebrarse la Feria o la Misa de la Sagrada Eucaristía. Lucas presenta a Jesús enseñando una forma nueva de relacionarse: amar a los enemigos, hacer el bien, perdonar y dar sin esperar recompensa. La Iglesia escucha este Evangelio para recordar que la misericordia recibida del Padre debe convertirse en una forma diaria de tratar a los demás.
Yo soy quien permanece contigo cuando alguien te hiere y tu corazón quiere devolver el golpe. Yo conozco esa herida que vuelves a recordar y sé cuánto te cuesta bendecir a quien te hizo daño. No tengas miedo de entregarme tu enojo. Yo no te pido que niegues la verdad ni que permitas una injusticia. Te pido que no dejes que el mal tenga la última palabra en tu corazón. Cuando no puedas amar como quisieras, ven a mí. Yo permaneceré contigo y te enseñaré a responder desde la misericordia de mi Padre.
Padre bueno, Hijo amado y Espíritu Santo, aquí estoy ante ti con mis heridas y mis resistencias. Tú conoces las palabras que todavía recuerdo y las personas cuyo nombre me cuesta pronunciar sin sentir dolor. Muchas veces quiero justicia, pero confundo justicia con desquite. Jesús, enséñame a escuchar tu mandato de amar, bendecir y orar por quienes me han herido. Espíritu Santo, dame la gracia de vencer el mal con el bien y de discernir cómo actuar sin renunciar a la verdad. María, Madre de misericordia, acompáñame; enséñame a permanecer junto a Jesús cuando sus palabras me exijan más de lo que creo poder dar. Que esta oración abra en mí un camino de libertad, reconciliación y paz. Amén.
Evangelio según san Lucas 6, 27-38 En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Amén a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a quienes los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después. Ustedes, en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así tendrán un gran premio y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno hasta con los malos y los ingratos. Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados; den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos». Palabra del Señor.
¿Qué dice el texto? Lucas presenta a Jesús enseñando a sus discípulos después de las bienaventuranzas. El discurso adopta un tono profético y sapiencial, con mandatos, preguntas, contrastes y una regla de vida: tratar a los demás como queremos ser tratados. Amar a los enemigos, hacer el bien, bendecir y orar rompen la lógica de devolver mal por mal. Jesús fundamenta esta conducta en el Padre, que es bueno con malos e ingratos. El texto culmina con una llamada a la misericordia, al perdón y a la generosidad. La medida utilizada con otros revela la disposición del propio corazón y su apertura al Reino. ¿Qué me dice a mí? Tal vez alguien te ha herido y esperas que reconozca el daño. Quizá una palabra de tu esposo, una decisión de tu hijo o una injusticia en el trabajo siguen presentes cuando llega la noche. Jesús te pide algo distinto de alimentar el resentimiento: ora por esa persona y busca un bien que no dependa de su respuesta. Si eres joven, puede tratarse de alguien que te rechazó. Si eres mayor, una ofensa antigua sigue condicionando una relación familiar. Si acompañas a un enfermo, el cansancio puede hacerte responder con dureza a quien está agotado. Amar al enemigo no significa aprobar el daño, negar la verdad ni permitir abusos. Significa rechazar el deseo de devolver la herida y pedir a Cristo que transforme tu manera de responder. Tal vez hoy debas poner un límite, hablar sin insultar, orar por quien te lastimó o hacer un bien que corte la hostilidad. Pregúntale: «Señor, ¿qué significa amar a esta persona en mi situación?». Puede que la respuesta no sea acercarte, sino dejar de odiar. Puede que sea pedir ayuda o perdonar parte. Jesús quiere que la libertad no dependa de lo que otro haga. La misericordia comienza cuando dejas de medir tu respuesta por la herida recibida.
Señor Jesús, reconozco que me cuesta amar cuando me siento herido. A veces quiero que la otra persona pague por lo que hizo y confundo el perdón con dejar que la injusticia continúe. Te agradezco porque tú no respondes a mi pecado con desprecio, sino que me llamas a vivir como hijo del Padre misericordioso. Te pido que sanes mi memoria, ordenes mis emociones y me concedas sabiduría para amar sin negar la verdad. Dame fuerza para bendecir cuando quisiera maldecir, para orar cuando preferiría juzgar y para hacer el bien cuando mi corazón pide distancia. Enséñame también a establecer límites justos cuando una relación es dañina. Te ofrezco a la persona que me ha herido, mi enojo, mis recuerdos y mi necesidad de tener la última palabra. Te entrego mis relaciones familiares, mi trabajo y mi comunidad. Señor, hazme capaz de responder desde tu misericordia. Que la medida con que trato a los demás nazca de la medida con que he recibido tu amor. Amén.
Imagínate junto a Jesús mientras enseña a sus discípulos. Sientes el aire tibio sobre el rostro y escuchas el murmullo de la gente hasta que queda silencio. Ves a Jesús levantar la mirada y hablar con serenidad: «Amen a sus enemigos». Su mirada llega hasta ti y conoce el nombre de aquella persona que te hirió. Sientes tensión en el pecho, pero también una invitación a soltar la respuesta que habías preparado. Jesús no te mira con reproche, sino con misericordia. En silencio, permanece ante Él. Solo recibe su paz, su paciencia y la libertad de responder desde el amor.
Antes de que termine el día, piensa en una persona que te cuesta amar. Escribe su nombre y, frente a él, una frase sencilla: «Señor, bendícela y ayúdame a no devolver mal por mal». No necesitas resolver toda la relación. Si existe una situación dañina, conserva los límites necesarios y busca ayuda prudente. En tu familia, evita hoy una respuesta hiriente. En el trabajo, no repitas una ofensa ni alimentes un comentario contra alguien. En la oración, dedica cinco minutos a pedir el bien de esa persona. Si puedes realizar una acción de servicio sin ponerte en riesgo ni esperar reconocimiento, hazla. Termina leyendo Lucas 6,35-36 y permanece un minuto en silencio. Señor Jesús, recibe mi herida y enséñame a amar como el Padre.
Jesús nos enseña que la misericordia rompe la cadena de la ofensa y nos invita a vivir como hijos del Padre. Con confianza, presentemos nuestras súplicas. Por la Iglesia, para que sea testigo de la misericordia de Cristo, anuncie el Evangelio y acompañe a quienes buscan reconciliación. Roguemos al Señor. Por los matrimonios y las familias, para que sepan perdonar, pedir perdón y resolver sus conflictos con respeto, verdad y caridad. Roguemos al Señor. Por quienes viven situaciones de violencia, duelo, abandono o soledad, para que encuentren protección, compañía, justicia y personas capaces de escuchar. Roguemos al Señor. Por las naciones enfrentadas por guerras, violencia o injusticias, para que sus dirigentes busquen caminos de diálogo, reparación, reconciliación y paz. Roguemos al Señor. Por nuestra comunidad, para que el Espíritu Santo nos enseñe a bendecir en lugar de maldecir, perdonar en lugar de condenar y servir sin esperar recompensa. Roguemos al Señor.
Gracias, Padre. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. María, me consagro a ti; llévame a Jesús y enséñame a vivir como hijo del Padre. Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Lucas 6,27-38 pertenece al discurso de Jesús dirigido a sus discípulos después de las bienaventuranzas. El pasaje forma parte de una enseñanza sobre la manera de vivir propia del Reino y continúa con la invitación a amar a los enemigos, hacer el bien y practicar la misericordia. Su género combina exhortación sapiencial, mandatos y sentencias breves. La comunidad cristiana recibe aquí una regla de vida que rompe la lógica de la reciprocidad. En la sociedad mediterránea antigua, devolver un favor esperaba normalmente una respuesta equivalente; Jesús propone una conducta cuya medida procede del Padre, que es bueno incluso con los ingratos. Entre las expresiones griegas del pasaje destaca agapate, «amen», mandato que orienta el corazón hacia el bien del otro aun cuando exista hostilidad. No describe primero un sentimiento, sino una decisión que busca el bien. Euchesthe, «oren», relaciona el amor a los enemigos con la intercesión: llevar ante Dios a quien nos ha herido impide que la memoria quede dominada por el resentimiento. eleēmōnes, «misericordiosos», resume la identidad que Jesús pide a sus discípulos. La misericordia tiene su fundamento en el Padre y se expresa mediante el perdón, la generosidad y la renuncia al juicio condenatorio. La llamada «regla de oro» lleva esta enseñanza a las relaciones cotidianas. San Juan Crisóstomo, en sus homilías sobre Mateo, presenta el amor a los enemigos como una señal propia del discípulo y recuerda que responder al mal con bien rompe la cadena de la enemistad. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1825, enseña que Cristo pide amar incluso a los enemigos y hacer del amor el centro de la vida cristiana. La liturgia propone este Evangelio durante el Tiempo Ordinario porque la formación del discípulo ocurre en relaciones ordinarias: familia, trabajo, comunidad y sociedad. Jesús no presenta una virtud reservada para momentos excepcionales, sino una forma de vivir que revela al Padre. La misericordia recibida de Dios se convierte en criterio para tratar a los demás. La Palabra toca una situación frecuente: alguien puede conservar durante años una ofensa y terminar organizando sus decisiones alrededor de ella. Para un matrimonio, amar al enemigo puede significar detener una escalada de reproches y buscar una conversación honesta; para un sacerdote o una persona consagrada, puede significar interceder por quien ha causado una herida comunitaria. También un joven puede decidir no responder a una humillación con otra humillación. El desafío contemporáneo aparece cuando la indignación pública se convierte en hábito y las redes sociales facilitan juzgar y condenar rápidamente. Francisco, en Evangelii Gaudium 24, recuerda que la Iglesia está llamada a salir hacia los demás y acercarse a la vida de las personas. Amar al enemigo no elimina la justicia ni obliga a permanecer en situaciones dañinas. Libera el corazón del deseo de venganza y permite buscar el bien posible. Así, el discípulo aprende a vivir con la misma misericordia que ha recibido del Padre.