📅 18/09/2026
Lucas 8, 1-3
Hay personas que parecen pasar desapercibidas, aunque sostienen silenciosamente la vida de muchos. Están en casa, en el trabajo, en la comunidad y casi nadie conoce todo lo que entregan. El Evangelio de hoy dirige la mirada hacia quienes caminaron con Jesús y lo ayudaron con sus propios bienes. Lucas 8, 1-3 te recuerda que seguir a Cristo también significa poner tu vida al servicio de su Reino. Quien ha sido tocado por Jesús encuentra una manera de acompañarlo. Abre esta Lectio y descubre qué puedes ofrecer hoy.
Busca un lugar donde puedas permanecer unos momentos sin interrupciones. Siéntate con sencillez, apoya bien los pies y respira lentamente. Deja pasar las preocupaciones que llegan a tu mente sin pelear con ellas; entrégalas por un momento al Señor. Él ya está presente y conoce el camino que has recorrido antes de abrir esta Palabra. Dile con confianza: «Aquí estoy, Señor. Quiero caminar contigo». Lee ahora despacio. Escucha los nombres, los gestos y los caminos del Evangelio. Permite que la Palabra entre en tu vida y te enseñe nuevamente a acompañar a Jesús.
n este viernes de la XXIV semana del Tiempo Ordinario, la Iglesia continúa acompañando el ministerio itinerante de Jesús y se reviste del color verde de la esperanza. Puede celebrarse también la memoria de los Beatos Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, laicos y mártires oaxaqueños. El Evangelio muestra a mujeres que, después de experimentar la acción salvadora de Cristo, se convierten en sus acompañantes y colaboradoras en el anuncio del Reino.
o soy el Camino que pasa también por tu casa, por tu trabajo y por tus días sencillos... No pienses que debes hacer algo extraordinario para permanecer conmigo. Dame lo que eres, lo que sabes hacer y aquello que has recibido... Camina a mi lado y permite que tu vida se convierta en ayuda para otros. Yo no olvido la entrega escondida de quien me acompaña con amor... Lo que pongas en mis manos encontrará su lugar en mi Reino.
Padre bueno, hoy me acerco a ti con el deseo de escuchar y reconocer el lugar que tengo en tu camino. Jesús, Hijo amado, gracias porque me llamas a caminar contigo desde mi propia historia y mis posibilidades. Espíritu Santo, ilumina mi corazón para descubrir los dones que he recibido y enséñame a ponerlos al servicio del Reino. Reconozco que muchas veces me encierro en mis preocupaciones y olvido que otros necesitan mi presencia, mi tiempo y mi ayuda. Concédeme un corazón disponible y agradecido. María, Madre y discípula fiel, acompáñame en esta oración. Enséñame a seguir a Jesús con sencillez y a permanecer cerca de él en las tareas ordinarias de cada día. Amén.
Evangelio según san Lucas 8, 1-3 En aquel tiempo, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades. Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes. Palabra del Señor.
¿Qué dice el texto? Lucas presenta a Jesús como predicador itinerante que recorre ciudades y poblados anunciando el Reino de Dios. A su alrededor aparece una comunidad diversa: los Doce y varias mujeres con historias personales distintas. El Evangelio recuerda que estas mujeres habían experimentado liberación y curación, y desde esa experiencia acompañaban a Jesús. El texto es una breve narración de seguimiento y misión. Sus nombres tienen importancia porque muestran personas reales dentro de la comunidad de discípulos. La respuesta a la gracia recibida toma forma de servicio: ponen sus bienes al servicio del camino de Jesús y de su misión. ¿Qué me dice a mí? Tú también tienes una historia que puede convertirse en servicio. Tal vez recuerdas momentos en que alguien te ayudó cuando estabas cansado, confundido o pasando una dificultad. Quizá una palabra, una amistad, una oración o una mano tendida te permitió continuar. El Evangelio te invita a preguntarte qué haces con lo que has recibido. No todos sirven de la misma manera. Si tienes familia, puedes acompañar a Jesús en la paciencia con la que escuchas, educas o perdonas. Si trabajas, puedes servir mediante la honestidad y la responsabilidad. Si eres joven, tus capacidades y tu entusiasmo pueden ayudar a otros. Si eres una persona mayor, tu experiencia, tu oración y tu presencia siguen teniendo un lugar importante. Si vives una enfermedad, incluso tu fragilidad puede unirse a Cristo y convertirse en oración por los demás. También debes recordar que seguir a Jesús no significa caminar solo. Él formó una comunidad y permitió que otras personas colaboraran con su misión. Quizá necesitas aprender a recibir ayuda con humildad y agradecer a quienes han sostenido tu camino. Hoy Cristo pasa por tu vida y te invita a acompañarlo. Pregúntale: ¿qué puedo poner hoy a tu servicio? Puede ser poco a tus ojos, pero entregado con amor puede abrir espacio para que alguien más encuentre el Reino.
¿Qué le digo yo? Señor Jesús, al mirar este Evangelio reconozco que muchas personas han acompañado mi camino y han hecho posible que yo llegara hasta aquí. A veces olvido agradecer lo que he recibido y vivo como si todo dependiera únicamente de mis esfuerzos. A veces me cuesta descubrir que también puedo servirte con aquello que ya tengo. Te agradezco por las personas que me han sostenido en momentos difíciles, por quienes han rezado por mí y por quienes me ofrecieron ayuda sin esperar reconocimiento. Gracias porque tú también has pasado por mi vida y me has levantado en situaciones que parecían difíciles de superar. Te pido que me muestres qué bienes, capacidades, tiempo o experiencias puedo poner hoy a tu servicio. No permitas que viva encerrado en mis propios asuntos. Enséñame a acompañarte en las personas que pones cerca de mí. Te ofrezco mi trabajo, mi familia, mis preocupaciones y aquello que considero pequeño. Recíbelo, Señor, y úsalo según tu voluntad. Que mi vida no se limite a pedir, sino que aprenda también a dar. Quiero caminar contigo y ayudarte a llevar tu Reino a donde hoy me has puesto. Amén.
Imagínate caminando por un sendero entre ciudades y pequeños poblados de Galilea. Sientes el calor suave del día sobre tu rostro y el polvo bajo tus pies. Escuchas conversaciones, pasos y la voz de Jesús anunciando el Reino. Ves cómo camina sin prisa, atento a quienes se acercan. Su mirada se vuelve hacia ti y te reconoce entre los demás. Sientes cansancio, pero también alegría por estar cerca. Observas a los Doce y a las mujeres que acompañan el camino con sus propias historias. En silencio, camina junto a Jesús. No necesitas demostrar nada. Solo recibe el regalo de tener un lugar a su lado y abandónate en su amor.
Hoy identifica una forma sencilla de acompañar a Jesús sirviendo a alguien cercano. Puede ser escuchar con paciencia a un familiar, ayudar a una persona que trabaja contigo, llamar a alguien que vive solo o colaborar en una necesidad de tu comunidad. No esperes a tener más tiempo, más dinero o mejores circunstancias. Ofrece algo que ya está en tus manos. Si tienes posibilidades materiales, comparte con generosidad. Si dispones de poco tiempo, regala atención verdadera. Si estás enfermo o limitado, ofrece una oración por una persona que necesita fortaleza. Antes de terminar el día, agradece también a alguien que haya acompañado tu camino. Termina diciendo: «Señor Jesús, recibe lo que hoy puedo darte. Haz de mi vida una compañía fiel en tu camino. Amén».
Jesús continúa recorriendo nuestros pueblos y nuestras vidas anunciando el Reino. Presentemos nuestras súplicas y pidamos la gracia de responder con generosidad a todo lo que hemos recibido. Por quienes desean crecer en la fe y aprender a confiar más plenamente en el Señor, para que encuentren personas y comunidades que los acompañen. Roguemos al Señor. Por las familias, para que sus hogares sean lugares de servicio, gratitud y cuidado mutuo, especialmente en los momentos de dificultad. Roguemos al Señor. Por quienes viven enfermedad, cansancio o fragilidad y sienten que ya no pueden ofrecer nada, para que descubran que su vida sigue teniendo un valor inmenso ante Dios. Roguemos al Señor. Por quienes trabajan por la justicia, la solidaridad y la paz entre los pueblos, para que encuentren apoyo y perseverancia en su servicio. Roguemos al Señor. Por los laicos llamados a dar testimonio de Cristo en la familia, el trabajo y la sociedad, para que respondan con fidelidad a su vocación y misión. Roguemos al Señor.
Gracias, Señor Jesús, por mostrarme que puedo caminar contigo desde la realidad sencilla de mi vida. Gracias por los dones recibidos y por las personas que han acompañado mi camino. Quiero poner nuevamente mi vida en tus manos. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén. María, Madre de Jesús, recibe mi vida y enséñame a seguir a tu Hijo con fidelidad. Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Lucas 8, 1-3 funciona como un breve resumen narrativo del ministerio público de Jesús y prepara el conjunto de enseñanzas que seguirá en este capítulo. Jesús aparece recorriendo ciudades y poblados, una imagen característica del tercer Evangelio, donde la salvación sale al encuentro de las personas en los lugares ordinarios de su existencia. El género es narrativo y ofrece una mirada sobre la composición de la comunidad que acompaña al Maestro. Junto a los Doce aparecen varias mujeres identificadas por su nombre. Esta presencia resulta significativa en el contexto social del siglo I, pues Lucas las presenta como discípulas y colaboradoras reales de la misión de Jesús, no como figuras secundarias. El verbo periōdeuō (recorrer de un lugar a otro) expresa el carácter itinerante de la misión de Jesús. El Reino no permanece encerrado en un espacio religioso, sino que es anunciado en ciudades y aldeas. También es importante euangelizō (anunciar la buena noticia), palabra que indica una proclamación pública capaz de despertar esperanza y convocar a una respuesta. Finalmente, Lucas utiliza diakonéō (servir, atender, ponerse al servicio) para describir la ayuda que aquellas mujeres ofrecían con sus bienes. El servicio no aparece como un gesto marginal, sino como participación real en el camino misionero. Sus historias de liberación y curación quedan unidas a una respuesta agradecida que se expresa en acompañamiento. La tradición cristiana ha reconocido en María Magdalena y en estas mujeres ejemplos de discípulas que permanecen cerca de Cristo. San Gregorio Magno, en sus homilías sobre los Evangelios, contempla la respuesta amorosa de quienes, habiendo recibido misericordia, permanecen junto al Señor. El Evangelio muestra que la gracia recibida genera una nueva disponibilidad para servir. El Catecismo enseña que los carismas y los dones recibidos están ordenados al bien común y a la edificación de la Iglesia (CIC 799-800). Esta enseñanza ilumina el texto: los bienes personales pueden convertirse en instrumentos de comunión cuando se ponen al servicio del Reino. En el Tiempo Ordinario, la Iglesia contempla aquí la vida cotidiana de los discípulos que acompañan a Jesús mientras él anuncia la salvación. La memoria de los Beatos Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles ofrece una resonancia particular para la Iglesia en México. Fueron laicos, esposos y padres de familia que vivieron su fe en medio de su pueblo y dieron testimonio hasta el martirio. El Evangelio recuerda que el seguimiento de Cristo puede vivirse desde responsabilidades familiares y sociales ordinarias. Esto interpela al padre o madre de familia que cree tener poco tiempo para Dios y también al profesional que desea integrar su fe con su trabajo. Francisco recuerda en Gaudete et Exsultate que la santidad se vive en los caminos ordinarios de cada persona. El desafío es dejar de pensar que servir a Cristo pertenece solamente a especialistas religiosos. Jesús continúa llamando a quienes han recibido algo de él para que lo compartan. La pregunta permanece abierta: ¿qué parte de tu vida puede acompañar hoy su camino?