📅 04/11/2026
San Lucas 14,25-33
Hay decisiones que nos cuestan porque implican renunciar a algo que queremos. A veces deseamos seguir adelante, pero queremos conservar todas las seguridades, evitar cualquier sacrificio y mantener el control. Jesús conoce esa lucha y hoy nos habla con una claridad que puede inquietarnos. En Lucas 14, 25-33 nos invita a revisar qué lugar ocupa Él en nuestra vida. Seguirlo exige elegirlo cada día. Recuerda esta frase: «Cristo vale más que aquello que temo perder». Hoy identifica una renuncia que te acerque a Él.
Busca un lugar tranquilo. Si puedes, siéntate con la espalda descansada y coloca tus manos sobre las piernas. Respira lentamente, sin prisa. Deja por un momento las preocupaciones, los pendientes y las conversaciones que siguen dando vueltas en tu interior. Reconoce que estás delante de Dios, que te conoce y te ama. Dile en silencio: «Señor, aquí estoy; quiero escucharte y aprender a seguirte». Abre tu corazón a la Palabra. Escucha con atención, porque Dios sigue hablando a quienes se disponen a recibirlo.
La Iglesia celebra hoy la memoria de san Carlos Borromeo, obispo que dedicó su vida a la renovación pastoral y al servicio de la Iglesia. El color blanco expresa la luz de Cristo y la esperanza cristiana. El Evangelio presenta las exigencias del discipulado: poner a Jesús en el centro, cargar la cruz y valorar el costo de seguirlo. La memoria de este santo nos recuerda que la fidelidad al Señor se demuestra en una vida entregada al servicio.
Yo soy el Señor que te llama a caminar conmigo. No tengas miedo de revisar tus prioridades ni de reconocer aquello que ocupa el lugar que me corresponde. No te pido que dejes de amar a tu familia; te invito a amarla desde mi amor. No te pido que desprecies tus bienes; quiero que tu corazón sea libre para compartirlos. Cuando la cruz te parezca pesada, mírame y recuerda que camino a tu lado. Si me eliges cada día, descubrirás que ninguna renuncia hecha por amor queda fuera de mis manos.
Padre bueno, me acerco a ti con el corazón dispuesto, aunque reconozco que muchas veces mis deseos y mis preocupaciones me alejan de lo que verdaderamente importa. Jesús, Hijo amado, enséñame a comprender tus palabras y a descubrir qué significa seguirte con toda mi vida. Me cuesta renunciar a mis seguridades, aceptar mis cruces y confiar cuando no conozco el camino. Envíame tu Espíritu Santo para que ilumine mis decisiones y fortalezca mi voluntad. Que tu Palabra encuentre en mí un corazón disponible y sincero. María, Madre de Jesús y discípula fiel, acompáñame en esta oración. Enséñame a decir sí al Señor con generosidad y confianza. Amén.
Evangelio según san Lucas 14, 25-33 En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y Él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus her manos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, des pués de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’. ¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil sol dados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz. Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Palabra del Señor.
¿Qué dice el texto? Jesús se dirige a una gran muchedumbre que camina con Él y presenta las exigencias del discipulado. Sus palabras emplean un lenguaje radical para expresar la prioridad absoluta del Reino. Cargar la cruz significa aceptar el costo de la fidelidad. Las dos comparaciones, la torre y el rey que calcula sus fuerzas, pertenecen al lenguaje sapiencial y enseñan a discernir antes de decidir. El pasaje culmina con una invitación a renunciar a los bienes como condición para seguir a Jesús con libertad y entrega. ¿Qué me dice a mí? Jesús te pregunta qué lugar ocupa en tu vida. Tal vez dices que quieres seguirlo, pero tus decisiones muestran que otras cosas tienen prioridad: el dinero, el reconocimiento, la comodidad o el deseo de tener siempre la razón. No se trata de abandonar a tu familia ni de descuidar tus responsabilidades. Se trata de amar a cada persona sin convertirla en el centro absoluto de tu existencia. Quizá hoy tu cruz sea acompañar a un familiar enfermo, sostener tu matrimonio en medio de una dificultad o cumplir con responsabilidad un trabajo que te cansa. Tal vez eres joven y sientes presión por elegir un camino profesional, o eres padre y te preocupa el futuro de tus hijos. Jesús no te pide que huyas de esas realidades. Te invita a vivirlas con Él. También te propone revisar tus bienes. ¿Tienes miedo de compartir? ¿Te aferras a lo que posees porque temes quedarte sin seguridad? ¿Has permitido que tus posesiones ocupen tus pensamientos y determinen tus decisiones? La torre que quieres construir es tu propia vida. Antes de avanzar, pregúntate si estás dispuesto a perseverar. Seguir a Cristo implica decisiones diarias, renuncias y fidelidad. No tienes que resolver toda tu vida en un instante. Comienza hoy por darle a Jesús el primer lugar en una decisión que tengas pendiente.
Señor Jesús, reconozco que muchas veces quiero seguirte sin modificar mis costumbres, sin renunciar a mis comodidades y sin aceptar aquello que me cuesta. A veces me cuesta poner tu voluntad por encima de mis propios planes. Me aferro a mis bienes, a mis ideas y a mis seguridades, como si todo dependiera de mí. Te agradezco porque no ocultas las exigencias del camino y porque me llamas a una vida que tiene sentido cuando está unida a ti. Gracias por mi familia, por el trabajo, por las personas que has puesto en mi camino y por las oportunidades de servir. Te pido que me concedas sabiduría para reconocer lo que debo cambiar, fortaleza para cargar mi cruz y libertad para compartir lo que tengo. No permitas que el miedo me haga retroceder cuando tu amor me invite a avanzar. Te ofrezco mis decisiones, mis proyectos, mis preocupaciones y mis afectos. Enséñame a amar a los míos desde ti y a no convertir ninguna posesión en dueño de mi corazón. Quédate conmigo, Señor, y hazme fiel en las pequeñas decisiones de cada día.
Imagínate caminando entre la muchedumbre que sigue a Jesús. El camino es irregular y sientes el calor del día sobre tu rostro. Escuchas los pasos de la gente y las voces que poco a poco se apagan cuando Jesús se vuelve hacia ustedes. Ves a Jesús detenerse y mirarte. Su mirada no te acusa; conoce tus temores y te invita a decidir con libertad. Sientes inquietud, pero también confianza. No necesitas responder de inmediato. Permanece ante Él, en silencio, y recibe su invitación a caminar a su lado.
Antes de que termine el día, dedica unos minutos a revisar tus prioridades. Pregúntate qué está ocupando el primer lugar en tu corazón y qué te está impidiendo seguir a Jesús con mayor libertad. Elige una acción que exprese tu decisión: compartir algo con quien lo necesita, reconciliarte con un familiar, dedicar tiempo a escuchar a alguien o renunciar a una compra innecesaria para ayudar a otra persona. Si trabajas, realiza tus tareas con honestidad y espíritu de servicio. Si estás en casa, ofrece tu atención y paciencia a quienes viven contigo. Si tienes un momento de oración, entrégale al Señor aquello que más te cuesta soltar. No busques hacer muchas cosas. Elige una y cúmplela por amor a Cristo. Señor, recibe mi decisión y ayúdame a permanecer fiel.
Jesús nos recuerda que seguirlo requiere libertad interior, generosidad y perseverancia. Presentemos al Padre nuestras necesidades y las de quienes necesitan descubrir el valor de caminar con Cristo. 1. Por quienes desean seguir a Jesús, para que tengan la valentía de ponerlo en el centro de sus decisiones y perseverar en la fe. Roguemos al Señor. 2. Por nuestras familias, matrimonios y comunidades, para que aprendamos a amarnos con generosidad, respeto y libertad, poniendo a Cristo como fundamento de nuestra convivencia. Roguemos al Señor. 3. Por quienes atraviesan enfermedades, dificultades económicas o momentos de incertidumbre, para que encuentren consuelo en el Señor y personas dispuestas a acompañarlos. Roguemos al Señor. 4. Por quienes tienen responsabilidades de gobierno, por los que administran bienes y por quienes trabajan por la justicia, para que actúen con honestidad, desprendimiento y preocupación por los más necesitados. Roguemos al Señor. 5. Por los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos con la misión de la Iglesia, para que, siguiendo el ejemplo de san Carlos Borromeo, sirvan con fidelidad y entrega al Pueblo de Dios. Roguemos al Señor.
Padre amado, gracias por llamarme a caminar con tu Hijo y por sostenerme cuando el seguimiento se vuelve difícil. Con confianza de hijo, me uno a la oración que Jesús nos enseñó: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén. María, Madre mía, pongo en tus manos mi vida y mis decisiones. Enséñame a seguir a Jesús con fidelidad y amor. Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
El pasaje de Lucas 14, 25-33 forma parte del camino de Jesús hacia Jerusalén, eje narrativo que organiza buena parte del tercer Evangelio. En este recorrido, Jesús instruye a sus discípulos y a quienes se acercan a escucharlo acerca de las condiciones para entrar en el Reino. Lucas presenta una escena pública: una gran muchedumbre camina con Jesús, pero Él se vuelve y dirige palabras exigentes a quienes desean seguirlo. El género combina enseñanza discipular, lenguaje proverbial y dos comparaciones tomadas de la vida cotidiana. Construir una torre y preparar una batalla eran situaciones comprensibles para los oyentes de aquella época. Una obra sin terminar podía ocasionar vergüenza pública; una guerra emprendida sin evaluar las fuerzas disponibles podía conducir a la derrota. Jesús aprovecha esas imágenes para mostrar que el discipulado requiere una decisión consciente y perseverante. La primera expresión que merece atención es misei, del verbo griego que puede traducirse como «odiar». En este contexto semítico, expresa una preferencia radical y una subordinación de los afectos, no una invitación a despreciar a la familia. Jesús pide que ningún vínculo humano ocupe el lugar de Dios. También aparece bastazei, relacionado con cargar o llevar una carga. La imagen de cargar la cruz evoca el camino del condenado y anticipa el destino de Jesús. Para el discípulo, significa aceptar las consecuencias de permanecer fiel al Evangelio, incluso cuando esa fidelidad implique sacrificios. Finalmente, apotássetai, traducido como renunciar o despedirse de los bienes, señala una ruptura con la dependencia de las posesiones. No se trata de afirmar que tener bienes sea malo, sino de reconocer que estos pueden convertirse en obstáculos cuando gobiernan el corazón. San Juan Crisóstomo, al comentar las exigencias del seguimiento de Cristo en sus homilías sobre los Evangelios, invita a comprender que el amor a Dios ordena los demás afectos y no destruye el amor familiar. Esta lectura ayuda a evitar una interpretación literal que convertiría las palabras de Jesús en desprecio hacia los padres, el cónyuge o los hijos. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2232, recuerda que los vínculos familiares, aunque importantes, no son absolutos y que la primera vocación del cristiano es seguir a Jesús. La liturgia propone este Evangelio en la memoria de san Carlos Borromeo, obispo que asumió con responsabilidad la reforma de la Iglesia y el cuidado pastoral de su pueblo. Su vida permite contemplar cómo una decisión de seguimiento puede traducirse en servicio, disciplina y entrega a los demás. En la vida actual, estas palabras interpelan a quien debe elegir entre la comodidad y la responsabilidad, entre acumular y compartir, entre conservar una apariencia y vivir con honestidad. Un matrimonio puede preguntarse si sus decisiones económicas y familiares están guiadas por el Evangelio. Una persona consagrada puede revisar si su entrega permanece libre de intereses personales. Un trabajador puede descubrir que seguir a Cristo exige rechazar una práctica injusta, aunque hacerlo implique perder una ventaja. También existe el riesgo de vivir atrapados en el activismo, llenos de tareas y preocupaciones, sin reservar espacio para escuchar al Señor. En Gaudete et exsultate, número 14, el papa Francisco recuerda la llamada universal a la santidad en la vida cotidiana. El discipulado comienza allí donde estamos: en nuestras relaciones, responsabilidades y decisiones. Jesús no busca seguidores ocasionales, sino personas dispuestas a caminar con Él con libertad, perseverancia y amor.