📅 09/12/2025
Mateo 18, 12-14
Jesús busca a la oveja que se extravía, mostrando que en nuestras pérdidas Él permanece cercano. Si sientes confusión, cansancio o miedo por lo que no sabes cómo resolver, este momento de oración es un espacio donde tu corazón puede descansar, reencontrarse y sentir la alegría de saberse nuevamente encontrado por Dios.
Antes de iniciar, coloca tus pies firmes en el suelo y toma una respiración lenta, dejando que cada exhalación alivie tus tensiones. Permite que tu cuerpo encuentre quietud. Reconoce que Dios ya está aquí, acompañando tu historia con ternura. Deja a un lado preocupaciones y ven tal como estás, sin máscaras ni defensas. Entrégale al Señor tus pensamientos dispersos y permite que tu corazón despierte suavemente a su presencia amorosa.
Jesús revela la alegría inmensa de un Dios que no se resigna a perder a quien ama profundamente.
Yo soy tu Pastor incansable, el que nunca se cansa de buscarte cuando tu corazón se dispersa. Yo soy quien carga tus fragilidades sin reproches y te regresa al lugar donde tu alma respira paz. Confía: nada de lo que vives puede alejarte de mi amor que siempre te persigue.
Padre amado, vengo ante Ti necesitado de luz y descanso. Jesús, Buen Pastor, te presento mis caminos perdidos, mis dudas y mis miedos. Espíritu Santo, abre mi interior para reconocer la voz que me llama por mi nombre. Dame la gracia de dejarme encontrar y cargar por tu ternura. María, Madre que acompaña y sostiene, intercede para que esta oración toque mis heridas y me devuelva la paz. Que esta Lectio sea un encuentro real donde mi alma sienta la alegría de volver a casa y experimentar el amor que nunca se rinde conmigo.
¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se extravía, ¿no deja las noventa y nueve en los montes para ir en busca de la extraviada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda uno solo de estos pequeños.
Este pasaje pertenece al discurso eclesial de Mateo, donde Jesús revela el corazón del Padre hacia los pequeños y vulnerables. La imagen de la oveja perdida expresa cercanía, compasión activa y una búsqueda que no se detiene. No es una parábola sobre números, sino sobre dignidad y valor personal. Jesús muestra que cada persona es única e irrepetible para Dios. La alegría del pastor subraya que el regreso del extraviado no es un reproche, sino fiesta. La voluntad del Padre es restaurar, no perder. Su misericordia es iniciativa amorosa, no respuesta condicionada al mérito humano. Esta Palabra toca esos momentos en los que te sientes extraviado interiormente: cuando pierdes el rumbo, cuando tus fuerzas disminuyen, cuando dudas de tu valor o cuando te pesa haber tomado decisiones que te alejaron de la paz. Jesús no te observa desde lejos; viene hacia ti. No espera a que tengas todo resuelto, ni a que demuestres méritos para ser buscado. Te busca porque te ama, incluso cuando tú no te sientes digno de ser encontrado. Quizá hoy convives con heridas que preferirías esconder, con temores que te paralizan o con historias que te avergüenzan. La oveja perdida no regresó por sí misma: fue cargada. Tú también puedes dejar que Cristo te cargue. Esta escena del Evangelio revela que Dios no se escandaliza de tus fragilidades, ni se cansa de esperarte. Si reconoces que te has dispersado, no te culpes. Solo permite que Él te encuentre. Tal vez la pregunta más profunda no es “¿Dónde estoy?” sino “¿Puedo permitir que el Señor me alcance hoy?” El Buen Pastor te conoce, camina hacia ti y quiere llevarte de nuevo a un lugar donde tu corazón pueda respirar con libertad y esperanza renovada.
Jesús amado, Buen Pastor, aquí estoy con todo lo que soy y con todo lo que me cuesta. A veces me pierdo entre preocupaciones, deseos encontrados y cansancios que no sé nombrar. Hoy me dejo encontrar por Ti. Recorre mis montes interiores, mis miedos y mis heridas. Lléname con tu mirada que no juzga, que solo busca y abraza. Cárgame sobre tus hombros cuando mis fuerzas no alcancen. Dame la humildad de dejarme sostener, de aceptar que necesito tu ternura cada día. Enséñame a confiar en tu voluntad, que nunca quiere que me pierda. Haz que experimente la alegría que Tú sientes cuando me dejo amar. Que tu voz sea más fuerte que mis dudas y tu paz más grande que mis tormentas. Quiero caminar contigo sin miedo, sabiendo que siempre me buscas y me encuentras.
Imagina a Jesús caminando entre montes silenciosos buscándote con determinación serena. Su mirada te reconoce incluso entre sombras. Cuando te encuentra, no dice palabras duras: simplemente te toma en sus brazos, te carga sobre sus hombros y sientes su calor y su fuerza. Escucha su respiración tranquila mientras te lleva de regreso. Siente cómo tu corazón, que venía disperso, se acomoda suavemente. En ese contacto descubres que nunca estuviste solo y que su alegría por ti es real y profunda. Deja que esa paz permanezca en tu interior.
Hoy me comprometo a reconocer con honestidad un área de mi vida donde me siento disperso o perdido, sin ocultarla ni justificarla. Como gesto personal, dedicaré unos minutos del día a repetir: “Señor, encuéntrame donde estoy”. En mi familia, procuraré tener un acto de paciencia o reconciliación con quien me cuesta más acercarme, recordando la mirada del Buen Pastor hacia mí. A nivel comunitario, ofreceré una oración por quienes se sienten alejados de la fe, para que experimenten ser buscados por Dios. Al final del día, haré un breve examen preguntándome: ¿permití hoy que Jesús me encontrara? ¿Busqué con su ternura a alguien más?
Por quienes se sienten perdidos y sin rumbo, para que encuentren consuelo en el Buen Pastor. Por las familias que viven tensiones, para que renazca la reconciliación. Por los alejados de la fe, para que experimenten el abrazo de Dios. Por nuestra Iglesia, para que acompañe con paciencia a los más frágiles. Por quienes buscan sentido, para que descubran su valor ante Dios.
Señor Jesús, gracias por buscarme incluso cuando no supe regresar. Padre bueno, me abandono a tu voluntad que siempre salva. Espíritu Santo, guía mis pasos para no temer los caminos nuevos. Te ofrezco este día y mi deseo de caminar contigo. Rezo el Padrenuestro pidiendo que tu Reino transforme mi corazón. María, Madre que acompaña a los pequeños, consagro a tu ternura mis fragilidades; llévame de tu mano hacia Jesús. Avemaría.
La parábola de la oveja perdida en Mateo 18,12-14 se sitúa dentro del discurso comunitario, uno de los cinco grandes discursos del Evangelio según Mateo. Mientras Lucas presenta esta parábola en un contexto misionero y de apertura a los pecadores, Mateo la enmarca en la vida interna de la Iglesia, subrayando la responsabilidad comunitaria hacia los pequeños y vulnerables. El acento no está solo en la oveja que se extravía, sino en la voluntad del Padre que no quiere que ninguno se pierda. La Biblia de Jerusalén resalta que este capítulo ofrece directrices para resolver conflictos y vivir la misericordia dentro de la comunidad . El pastor deja las noventa y nueve en los montes, imagen sorprendente para la mentalidad de la época. Este gesto subraya dos aspectos fundamentales: el valor absoluto de cada persona y la prioridad de la misericordia por encima de cualquier cálculo. En la tradición patrística, San Juan Crisóstomo veía en este pasaje un retrato del Cristo que desciende para rescatar a la humanidad herida. San Agustín, por su parte, interpretaba la alegría del pastor como el gozo divino ante la conversión de un corazón que vuelve a la verdad. El Concilio Vaticano II, en Dei Verbum, recuerda que en la Escritura Dios se revela como aquel que toma la iniciativa de buscar al ser humano. Esta parábola encarna ese dinamismo: la salvación no comienza en el esfuerzo humano, sino en la compasión divina. La Pontificia Comisión Bíblica, en “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”, subraya la importancia de la lectura espiritual que reconoce en Cristo al Pastor que carga nuestras fragilidades. Desde la perspectiva moral, este texto revela que ninguna vida es prescindible. La comunidad eclesial está llamada a reflejar esta misma actitud: cercanía, paciencia, búsqueda activa del hermano que sufre o se ilusiona con otros caminos. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el pecado dispersa, pero la gracia reúne y restaura; este pasaje muestra cómo Dios toma la iniciativa de reunirnos. En la vida cotidiana, esta parábola ilumina nuestras experiencias de pérdida interior, confusión y ruptura. Nos invita a confiar en que el Buen Pastor no se escandaliza de nuestras heridas. También desafía nuestras comunidades a abandonar actitudes de juicio o indiferencia y a crecer en compasión. El mensaje culmina en la afirmación liberadora: el Padre no quiere que nadie se pierda. Esta certeza sostiene la esperanza incluso en los caminos más oscuros.