📅 03/01/2026
Juan 1, 29-34
Jesús se deja señalar como Cordero que quita el pecado, recordándonos que en la fragilidad humana, Él está obrando salvación. Si sientes cansancio interior o dudas de fe, este momento de oración es un espacio de descanso, sanación y esperanza donde Dios vuelve a pronunciar tu nombre con amor fiel.
Antes de comenzar esta oración, busca una postura cómoda, con la espalda recta y los pies apoyados en el suelo; respira lentamente, inhalando profundo y exhalando sin prisa. Dios está aquí, mirándote con ternura, sin exigencias ni reproches. No necesitas demostrar nada. Ven como estás, con tu historia real, y abre suavemente tu mente, tus sentidos y tu corazón a su presencia viva.
Juan señala a Jesús y despierta en nosotros el deseo profundo de confiar y dejarnos mirar por Dios.
Yo soy el Cordero manso que se entrega por amor; mírame sin miedo, déjame cargar lo que pesa en tu corazón y descansa en Mí.
Padre bueno, vengo ante Ti tal como soy, necesitado y confiado. Hijo amado, Cordero entregado, reconozco que muchas veces me cuesta creer y abandonarme. Espíritu Santo, abre mi interior para encontrarme contigo hoy. Regálame la gracia de reconocerte presente en mi historia y de dejarme amar sin resistencias. María, Madre dócil y creyente, acompáñame en este encuentro y enséñame a señalar siempre a tu Hijo con mi vida sencilla y confiada.
Juan 1, 29-34 Al día siguiente ve Juan a Jesús que viene hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no le conocía; pero he venido a bautizar con agua para que Él sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He visto al Espíritu que bajaba como paloma del cielo y se posó sobre Él. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios”.
El texto pertenece al prólogo testimonial del Evangelio de Juan, de género confesional. Juan Bautista no se centra en sí mismo, sino que señala a Jesús como Cordero, imagen pascual y sacrificial. “Quitar el pecado” indica una acción permanente de salvación. El descenso del Espíritu revela la identidad mesiánica y divina de Jesús. La paloma evoca creación y nueva alianza. El testimonio culmina reconociéndolo como Hijo de Dios, revelado no por mérito humano, sino por iniciativa del Padre. Hoy Dios te invita a dejar de mirarte tanto a ti mismo y a aprender a señalar a Jesús en medio de tu vida diaria. Tal vez cargas culpas antiguas, errores repetidos o una sensación de no ser suficiente. Este Evangelio te recuerda que Jesús no espera que estés perfecto para acercarse; Él viene hacia ti. Como Juan, tú también atraviesas momentos donde no comprendes del todo lo que Dios hace, pero puedes confiar. En tu familia, en tu trabajo, en tus decisiones importantes, el Espíritu sigue descendiendo silenciosamente. Cuando sientes que tu fe es frágil, este texto te invita a sostenerte en el testimonio de la Iglesia y en la experiencia acumulada de quienes han visto a Dios actuar. Si eres joven, adulto o anciano, este anuncio es para ti: tu historia no está definida por el pecado, sino por el amor que lo quita. Permite que Jesús se manifieste en tu rutina, en tus heridas y en tus anhelos más hondos. Él sigue viniendo a tu encuentro.
Señor, reconozco que muchas veces me pierdo en mis límites y me cuesta confiar. A veces me pesa mi pasado y temo no estar a la altura. Te agradezco porque sigues viniendo hacia mí con paciencia. Te pido que me concedas una fe sencilla, capaz de señalarte incluso en la debilidad. Te ofrezco mi vida cotidiana, mis relaciones y mis decisiones, para que seas Tú quien quite lo que no me deja amar en libertad.
Imagínate junto al Jordán, el aire fresco y el murmullo del agua. Ve a Jesús acercarse con paso sereno. Escucha la voz de Juan señalándolo. Siente la mirada de Jesús sobre ti, profunda y sin juicio. Deja que su cercanía calme tus miedos. Permanece en silencio. Permite que su amor te envuelva y te regale paz interior, sin palabras, solo presencia.
Hoy realiza un gesto personal de confianza: entrega conscientemente a Dios una preocupación concreta. En tu familia, practica una escucha paciente sin interrumpir. A nivel comunitario, ofrece un servicio sencillo y oculto. Por la noche, pregúntate: ¿Dónde reconocí hoy la presencia de Jesús actuando en mi vida?
Confiados en Cristo, Cordero de Dios, presentemos al Padre nuestras súplicas. – Por la Iglesia, para que dé testimonio humilde de Cristo. – Por los que no comprenden el misterio del sufrimiento. – Por quienes viven confundidos ante la grandeza de Dios. – Por nuestra comunidad, para crecer en fe y confianza.
Gracias, Señor, por tu presencia fiel. Rezamos el Padrenuestro confiando en tu providencia. Madre María, recibo tu guía y me consagro a tu cuidado filial. Rezo el Avemaría, confiando mi vida al amor de Dios.
1. Contexto histórico-literario: El pasaje se sitúa al inicio del ministerio público y pertenece al bloque de testimonios sobre Jesús (Jn 1,19-51). El cuarto Evangelio, redactado para sostener la fe de una comunidad que confiesa a Cristo en medio de tensiones y preguntas, presenta a Juan Bautista como testigo que señala y se hace a un lado. El género es testimonial-confesional: no narra el bautismo con detalles descriptivos, sino que interpreta su significado y conduce a una confesión de fe. En la liturgia, esta página abre el corazón a reconocer quién viene a nuestro encuentro: el Hijo de Dios. La escena está marcada por la iniciativa divina: Dios se revela, y el hombre responde con testimonio (Jn 1,34). Exégesis lingüística y simbólica: “Cordero de Dios” remite a la pascua (Ex 12) y al Siervo sufriente “como cordero llevado al matadero” (Is 53,7), uniendo liberación y entrega. El verbo “quitar” (gr. airein) puede sugerir cargar y remover: Jesús asume el pecado para vencerlo, inaugurando una purificación que abraza al mundo. “Pecado del mundo” no nombra solo faltas individuales, sino una herida que oscurece la confianza y rompe la comunión. El signo del Espíritu “que baja y permanece” manifiesta la unción mesiánica: no es una visita pasajera, es permanencia. La “paloma” evoca nueva creación y paz (Gn 1,2), y prepara la promesa del bautismo “en Espíritu Santo” (Jn 1,33), fuente de vida nueva. Interpretación patrística y magisterial: San Agustín contempla en el Bautista la humildad del amigo del Esposo: su alegría es que Cristo crezca (In Ioannis Evangelium Tractatus). San Juan Crisóstomo subraya que Juan no retiene discípulos para sí, sino que los conduce a la Verdad. Santo Tomás de Aquino, en la Catena Aurea, recoge esta tradición y vincula el título “Cordero” con la cruz y la Eucaristía, donde la Iglesia proclama “Cordero de Dios” antes de comulgar. El Catecismo enseña que Jesús aceptó el bautismo de Juan para inaugurar su misión y anticipar su bautismo de muerte (CIC 536), y que su entrega cumple las figuras del cordero pascual (CIC 608). Sobre el Espíritu, recuerda su simbolismo en la “paloma” (CIC 694). La Iglesia interpreta la Escritura en el mismo Espíritu en que fue escrita, atendiendo al sentido literal y al sentido espiritual en comunión con la fe de la Iglesia (Dei Verbum 12). Aplicación pastoral contemporánea: Este texto ilumina la culpa que paraliza, la ansiedad que agota y la sensación de no poder cambiar. En la vida familiar, recuerda que el perdón no nace del esfuerzo solitario, sino de dejarse sostener por Cristo. En el trabajo y el estudio, ofrece una verdad sanadora: tu valor no depende del rendimiento, sino de ser amado. En el sufrimiento y la rutina, revela al Espíritu que permanece: Dios no visita, habita. Pastoralmente invita a confianza filial: mirar a Jesús, recibir su misericordia, y aprender a señalarlo con una vida humilde. Así, tu oración se vuelve testimonio: “yo lo he visto” no como exhibición, sino como gratitud silenciosa que contagia esperanza.