📅 04/11/2025
Lucas 14, 15-24
Jesús narra una gran cena e invita a todos; que en nuestras excusas y prisas, Él está llamando con paciencia. Si sientes ansiedad por el trabajo o cansancio familiar, este momento de oración es descanso y valentía para decir “sí”, abrir la casa del corazón y dejarte sorprender.
Antes de leer, adopta una postura digna pero relajada: espalda erguida, hombros sueltos, pies firmes. Inhala en cuatro tiempos y exhala en seis, tres veces. Dios está aquí, real y cercano, invitándote a su mesa. No necesitas méritos: basta tu deseo. Deja que tus sentidos acojan la Palabra, que tu mente se serene y tu corazón se abra. Ven como estás: con dudas, gratitud, prisas o heridas; serás recibido y acompañado.
La invitación de Dios rompe excusas y miedos: su banquete sana, incluye y llena de alegría profunda.
“Yo soy el Dueño de la mesa eterna; te llamo por tu nombre. No temas llegar tarde ni venir con manos vacías: mi amor es tu vestido de fiesta. Entra, y deja tus excusas fuera; Yo mismo sanaré tus heridas y colmaré tu corazón con el gozo que no se acaba.”
Padre, Hijo y Espíritu Santo, vengo pequeño y necesitado. Reconozco mis excusas, mis prisas y mis apegos que me alejan de tu mesa. Concédeme la gracia de oír tu voz y de responder con prontitud, abierta mi vida a tu voluntad. Jesús, huésped y Señor, entra en mi casa y ordena mis afectos; enséñame a invitar a los que no cuentan. Espíritu Santo, enciende deseo de cielo y libertad interior. María, Madre, toma mi mano: llévame a Jesús y haz de mi corazón un lugar preparado para Él. Amén.
“Al oír esto, uno de los comensales le dijo: «¡Feliz el que coma en el Reino de Dios!». Él le dijo: «Un hombre dio una gran cena e invitó a muchos; a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los invitados: “Venid, que ya está preparado.” Pero todos a una empezaron a excusarse. El primero le dijo: “He comprado un campo y necesito ir a verlo; te ruego me excuses.” Otro dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas; te ruego me excuses.” Otro dijo: “Me he casado, y por eso no puedo ir.” Volvió el siervo y comunicó esto a su señor. Entonces, irritado, el dueño de la casa dijo a su siervo: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y trae acá a los pobres, lisiados, ciegos y cojos.” Dijo el siervo: “Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía hay sitio.” Dijo el señor al siervo: “Sal a los caminos y cercas, y obliga a entrar para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos invitados gustará mi cena.”»”
La escena surge en un banquete, con un dicho de bienaventuranza que Jesús ilumina mediante parábola. El género parabólico revela el corazón de Dios: convocar gratuitamente. Las excusas simbolizan ocupaciones legítimas que, absolutizadas, se vuelven ídolos. La orden “sal aprisa” muestra urgencia salvífica; “pobres, lisiados, ciegos y cojos” evocan a los excluidos ahora preferidos del Reino. La amplitud final —“caminos y cercas”— abre a los gentiles. La bienaventuranza prometida se concreta en participación real de la mesa divina. Dios desea su casa llena; la tragedia no es falta de invitación, sino cerrarse a ella. Tú conoces tus “buenas razones”: trabajo, compromisos, cansancio, metas justas. Jesús no te culpa por tener responsabilidades; te advierte cuando se vuelven excusas que te roban el corazón. Hoy te dice: “Todo está preparado”. ¿Qué te impide sentarte? Tal vez la agenda saturada, el móvil sin descanso, el miedo a detenerte, la herida que no quieres mirar. Entra igual. La mesa es para los que no pueden pagarse un banquete: para ti cuando te sientes pobre en fe, lisiado por el desánimo, ciego ante el bien que te rodea o cojo por caídas repetidas. Si eres padre o madre, reserva un rato de mesa sin pantallas, para escucharse y bendecirse. Si vives solo, acepta una invitación que te cuesta o invita tú a quien vive más solo. Si sufres ansiedad, establece una “cita” diaria breve con el Señor: Palabra, silencio, acción de gracias. Y abre la casa interior a los que no cuentan: perdona, llama, visita, comparte. Dios quiere su casa llena… empezando por la tuya. Su promesa es real: la alegría nace cuando dejas de excusarte y te dejas amar. No pospongas más: responde hoy.
Señor Jesús, me conoces: acumulo razones y postergo el encuentro. A veces me cuesta parar, priorizar tu mesa y abrir espacio a los que no cuentan. Te agradezco porque me invitas sin reproches y me esperas con paciencia. Te pido un corazón disponible, humilde y agradecido; dame valentía para decir “sí” ahora. Lléname de tu Espíritu para preferir lo esencial, reconciliarme con mi historia y servir a quien no puede devolverme nada. Te ofrezco mis agendas, mis miedos y mis lugares cerrados: entra, ordénalos y haz de mi vida una mesa abierta donde tú seas el centro y muchos encuentren descanso y gozo. Amén.
Imagínate en la puerta del banquete; huele el pan recién partido, escucha voces de alegría serena. Ve a Jesús esperándote, mirándote sin prisa. Siente su mano que te conduce al lugar preparado. Deja que su palabra desate tus nudos y su paz apague tus excusas. En silencio, reposa: eres bienvenido, nada te falta. Quédate con esta promesa: “Mi casa se llenará… y tú ya estás dentro”.
Gesto personal: fijaré una “cita con Dios” diaria de quince minutos, sin excusas, para escuchar su invitación. Actitud familiar: instauraremos una comida semanal sin pantallas, con bendición y gratitud compartida. Intención comunitaria: apoyaré una obra parroquial (caritas, comedor, visita a enfermos) y llevaré conmigo a alguien que nunca ha ido. Examen nocturno: ¿Qué excusa dominó hoy mi corazón? ¿A quién abrí espacio concreto? ¿Respondí a alguna invitación de Dios con prontitud?
Hermanos, el Señor nos llama a su mesa y nos envía a invitar a todos. Confiados en su misericordia, presentemos nuestras súplicas diciendo: Escúchanos, Señor. — Por la Iglesia, para que anuncie con alegría la gratuidad del Evangelio y abra sus puertas a los pobres. Oremos. — Por gobernantes y responsables públicos, para que velen por los últimos y promuevan una sociedad justa y hospitalaria. Oremos. — Por los que viven solos, enfermos o heridos en el ánimo, para que encuentren consuelo, compañía y una mesa fraterna. Oremos. — Por nuestra comunidad, para que dejemos las excusas y respondamos hoy a la voz del Señor. Oremos.
Gracias, Padre, por tu mesa siempre preparada y tu paciencia conmigo. Unidos, rezamos el Padrenuestro, confiando en tu providencia de cada día. María, Madre, te consagro mi casa y mis decisiones: enséñame a decir “hágase” y a acoger a los que no cuentan. Que, al rezar el Avemaría, mi corazón se dilate en gratuidad y servicio. Toma mis excusas y transfórmalas en disponibilidad alegre. Amén.
Contexto histórico-literario. La parábola se inserta en la sección lucana de los “banquetes” (Lc 14), donde Jesús reconfigura el honor social con la lógica del Reino. Dirigida a comensales fariseos, corrige la búsqueda de primeros puestos (vv. 7-11) y la hospitalidad interesada (vv. 12-14), culminando en la gran cena (vv. 15-24). Género parabólico con rasgos sapienciales y escatológicos: narra una historia verosímil para revelar la oferta universal de salvación. La comunidad lucana, misionera y abierta a los gentiles, reconoce aquí la voluntad de Dios de “llenar la casa” sin exclusiones. Exégesis lingüística y simbólica. El “¡Feliz el que coma…!” introduce el horizonte escatológico del banquete mesiánico (cf. Is 25,6-9). Las excusas (campo, bueyes, matrimonio) son bienes legítimos que, absolutizados, impiden el Reino. La fórmula lucana “pobres, lisiados, ciegos y cojos” reaparece (cf. Lc 7,22; 14,21) y representa a los marginados ahora preferidos. Los imperativos “sal aprisa… trae… obliga a entrar” expresan la urgencia salvífica y la eficacia de la gracia. El movimiento centrípeto (ciudad) y centrífugo (caminos y cercas) insinúa la inclusión de los gentiles. Interpretación patrística y magisterial. San Agustín ve en las excusas el apego a criaturas; el remedio es el amor ordenado a Dios. San Juan Crisóstomo exhorta a “poner la mesa para Cristo en los pobres”, pues ellos son los invitados preferidos. La Catena Aurea de Santo Tomás recoge la lectura eclesial: la Iglesia continúa llamando hasta colmar la casa. El Catecismo enseña que la Eucaristía es “prenda de la gloria futura” (CIC 1402-1405), anticipo del banquete del Reino. La Pontificia Comisión Bíblica recuerda que el sentido literal, recibido en la Iglesia, abre al sentido espiritual vivido en la caridad; lectura y vida se reclaman mutuamente. Aplicación pastoral contemporánea. Hoy abundan “excusas nobles”: productividad sin descanso, hiperconexión, culto a la agenda. La parábola pide discernir: ¿qué bien me roba lo mejor? En la vida familiar, recuperar la mesa compartida como altar doméstico; en la pastoral, pasar de eventos a procesos que integren a los “que no cuentan”; en la vida social, promover hospitalidad hacia migrantes, ancianos solos y pobres invisibles. Para consagrados y ministros, revisar ritmos y prioridades, evitando la “pastoral de la excusa” que posterga el encuentro con el Señor. Para jóvenes, transformar redes en puentes de compañía real. La hermenéutica creyente —como señalan Schökel y Croatto— une texto y vida: la Palabra produce sentido cuando reordena afectos y tiempos. Teológicamente, la mesa de Lucas se ilumina con Mateo 25: acoger al pequeño es acoger a Cristo; la recompensa definitiva no es un pago humano, sino comunión eterna. Así, la Iglesia evangeliza cuando invita, busca a los lejanos y celebra con los últimos: “Mi casa se llenará”.