📅 08/01/2026
Lucas 4, 14-22a
Jesús proclama en Nazaret la buena noticia y revela que en tu cansancio y en tu sensación de estar atrapado, Él está abriendo un tiempo de gracia. Si sientes desánimo o confusión, este momento de oración es luz serena, libertad que despierta y confianza filial.
Antes de comenzar la lectura, coloca tus manos sobre las piernas y endereza suavemente la espalda; respira profundo tres veces. Dios está aquí hoy, más cerca que tu propio aliento, mirándote con amor. No corras: todo puede esperar. Ven como eres, con alegría, dudas o peso. Pide al Espíritu que abra tus sentidos para saborear la Palabra, tu mente para entenderla sin tensión y tu corazón para confiar como hijo.
En Nazaret, Jesús abre la Escritura y despierta asombro: Dios visita tu pobreza con promesa de libertad.
Yo soy el Verbo que me hice carne para probarte mi amor; ven, abre tu corazón: hoy quiero oír de tus labios un “te amo”.
Padre amado, vengo a Ti con sed de sentido y con la vida tal como está. Jesús, Hijo querido, tú entras en la sinagoga de mi historia y me anuncias un año de gracia; yo necesito creerlo. Espíritu Santo, unge mi interior: sana lo que está roto, ilumina lo que está confuso y fortalece lo que se cansó. Te reconozco mis límites, mis apegos y mis miedos a cambiar. Te pido la gracia de escucharte con docilidad y de responder con confianza filial, sin postergar tu llamado. María, Madre del Evangelio, llévame a Jesús y enséñame a decir sí con paz. Amén.
En aquel tiempo, con la fuerza del Espíritu, Jesús volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Todos le daban su aprobación y admiraban la sabiduría de las palabras que salían de sus labios.
Lucas presenta a Jesús regresando a Galilea “con la fuerza del Espíritu” tras la prueba del desierto. Entra en la sinagoga de Nazaret, espacio de oración comunitaria, y lee a Isaías: el Ungido viene a anunciar buena noticia a pobres, liberar cautivos y dar vista a ciegos. El género es narrativo-teológico: una escena que resume toda su misión. “Hoy” señala la salvación actualizada. La gente reconoce su palabra y se asombra, iniciando un discernimiento interior sobre quién es Jesús y qué pide. El texto conecta con Is 61 y muestra que el Mesías sirve con misericordia, no con poder. Hoy Jesús se presenta también en la “sinagoga” de tu día, allí donde tú escuchas noticias, opiniones y miedos. Él no llega a acusarte, llega a ungirte: a tocar tu pobreza interior, esa parte tuya que se siente pequeña, cansada o sin voz. Si tú te sientes cautivo de una preocupación, de una culpa antigua o de un hábito que te roba paz, Jesús te dice: hoy empieza tu libertad. Si tú vives ceguera en una decisión, Él ofrece luz serena, paso a paso. Si tú arrastras una herida que te dejó sin alegría, Él puede devolverte el gusto por vivir. Para el joven que busca futuro, para el adulto que sostiene una familia, para quien trabaja en silencio o para quien está enfermo, su misión es la misma: anunciarte que el Padre no se ha olvidado de ti. Tu parte es abrir el corazón, dejarte mirar y creerle a su “hoy”. Cuando lo escuches, no te quedes solo en el asombro: pregúntate qué puerta te pide abrir. Sea perdonar, pedir ayuda, reconciliarte con tu historia, o servir a un pobre. Jesús no impone; propone camino, y te acompaña por su Espíritu para que no regreses a lo mismo. Hoy.
Señor, reconozco que muchas veces leo tu Palabra y me quedo en ideas, sin dejarme tocar. A veces me cuesta creer que tu “hoy” sea para mí, porque miro mis límites y me da miedo cambiar. Te agradezco porque vuelves lleno del Espíritu y te acercas a mi pobreza con ternura. Te pido que me unjas por dentro: sana mis recuerdos, rompe mis cadenas y abre mis ojos para ver tu paso en mi historia. Te ofrezco mi trabajo, mis relaciones y mis decisiones; todo lo pongo en tu rollo santo para que tú lo leas y lo cumplas en mí. Enséñame a escuchar tu voz sin defenderme, y a responder con una fe sencilla. Cuando el desánimo regrese, recuérdame que tú anuncias buena noticia y que tu gracia no se agota. Qué mi vida sea espacio para los pobres y los heridos. María, guarda mi corazón y llévame a Jesús. Amén.
Imagínate en la sinagoga de Nazaret, el aire quieto, los rostros atentos, el rollo en las manos de Jesús. Escucha el roce del pergamino al abrirse, siente la madera del banco bajo tus dedos. Mira a Jesús leer despacio, con mirada luminosa, y luego sentarse. Él levanta los ojos y te mira a ti, como si solo tú estuvieras allí. En silencio, deja que su palabra caiga dentro: “hoy”. No discutas, no te expliques. Respira y recibe su unción. Entrégale tu pobreza, tus cadenas, tu ceguera. Deja que el Espíritu te abrace y te vuelva hijo confiado del Padre eterno.
Gesto personal: hoy dedica diez minutos a leer el pasaje y subraya una frase; repítela durante el día como ancla. 2) Actitud familiar: en casa, elige escuchar a alguien sin interrumpir y sin corregir; termina con una bendición breve. 3) Intención comunitaria: busca a una persona “olvidada” en tu entorno y acércate con una ayuda sencilla: llamada, visita o alimento. 4) Examen nocturno: pregúntate antes de dormir: ¿qué parte de mi corazón pidió libertad hoy y qué paso di para abrirme a Jesús? Anota un motivo de gratitud y entrégale al Señor un nombre por quien quieras interceder mañana. Si fallas, no te culpes: vuelve al “hoy” de Dios. Haz tu gesto sin prisa, como hijo que se deja guiar, y notarás cómo la paz crece por dentro.
Oremos por la Iglesia, para que anuncie a Cristo con humildad y no tema el camino de la cruz. Roguemos al Señor. Oremos por quienes gobiernan, para que busquen la paz y la justicia, y no se dejen llevar por la soberbia. Roguemos al Señor. Oremos por quienes sufren y se sienten confundidos, para que el Señor les regale luz y esperanza en medio de su prueba. Roguemos al Señor. Oremos por las familias y los jóvenes, para que aprendan a escuchar a Jesús cuando su palabra desconcierta y pide madurez. Roguemos al Señor. Oremos por nuestra comunidad, para que no nos quedemos solo en el asombro, sino que sigamos a Cristo con fe sencilla. Roguemos al Señor.
Gracias, Jesús, porque tu Palabra me visita y tu Espíritu me sostiene en lo pequeño, sin que yo me defienda tanto. Hoy quiero responderte con confianza y dejar que tu gracia trabaje en mí. Rezo el Padrenuestro, sabiendo que el Padre me escucha y me conduce como hijo. María, Madre humilde, me consagro a tu cuidado: llévame a vivir el Evangelio con sencillez, y guarda mi casa, mis pasos y mis decisiones. Me abandono en tu ternura materna para permanecer fiel cuando cueste. Y termino con un Avemaría, pidiendo que Jesús sea mi alegría, mi libertad y mi paz. Amén.
CONTEXTO HISTÓRICO-LITERARIO Lc 4,14-22a abre el ministerio público de Jesús en Lucas con una escena programática en Nazaret. Después del bautismo y de la prueba en el desierto, Jesús vuelve a Galilea “con la fuerza del Espíritu”, y enseña en las sinagogas. En ese contexto litúrgico, recibe el rollo de Isaías, lee y luego se sienta, gesto propio del maestro que interpreta. Lucas escribe para comunidades que necesitan unir fe y vida: la salvación no es idea, sucede en el tiempo, y se reconoce en la Palabra proclamada y acogida. El texto prepara el camino de todo el Evangelio: Jesús será el Mesías que sirve y que, al mismo tiempo, provoca decisión en quienes lo escuchan. EXÉGESIS LINGÜÍSTICA Y SIMBÓLICA “El Espíritu del Señor está sobre mí” expresa un envío y una unción: Jesús es el Ungido (Cristo) y su misión es obra del Espíritu. Los “pobres” incluyen a los necesitados materiales y a los humillados que dependen de Dios. “Cautivos”, “ciegos” y “oprimidos” describen esclavitudes visibles e invisibles: injusticias, miedos, culpas, desorientación. El “año de gracia del Señor” evoca el jubileo (Lv 25): tiempo de liberación y restitución; en Jesús, el jubileo se vuelve persona. El término “hoy” es clave en Lucas: actualiza la salvación en el presente; no permite dejar la Palabra para después. INTERPRETACIÓN PATRÍSTICA Y MAGISTERIAL San Ambrosio lee esta escena como el comienzo de una medicina para el corazón humano: Cristo viene a curar con la fuerza del Espíritu. Orígenes interpreta la “vista” como iluminación interior que permite conocer a Dios y comprender el sentido de la vida. San Agustín afirma que Cristo sigue hablando cuando la Escritura se proclama en la Iglesia, y que su “hoy” llama a una respuesta real. La liturgia enseña que Cristo está presente en su Palabra cuando se leen las Escrituras (SC 7). El Catecismo recuerda que la contemplación es una mirada de fe en Jesús (CIC 2708) y que el Espíritu Santo es la unción de Cristo y de su Cuerpo, la Iglesia (CIC 695). Además, la opción por los pobres pertenece al corazón del Evangelio (CIC 2443). La revelación se acoge como diálogo de amor con Dios que nos habla (DV 21; DV 25). APLICACIÓN PASTORAL CONTEMPORÁNEA Este pasaje ilumina un mundo cansado: personas saturadas de información pero hambrientas de esperanza, familias bajo presión, jóvenes con incertidumbre, enfermos con soledad, trabajadores exhaustos, consagrados tentados a vivir por obligación. Jesús no inicia con reproche, sino con promesa de gracia: el Padre visita, libera y devuelve dignidad. Pastoralmente, invita a pasar del asombro a la acogida: dejar que el Espíritu nos unja para servir, no para protagonizar. El “hoy” te pide un paso: escuchar, creer, pedir luz, buscar reconciliación, abrirte a la misión con ternura. Así, la Palabra no se queda en templo; se vuelve vida, misericordia y anuncio para otros.