📅 29/01/2026
Marcos 4, 21-25
Jesús coloca una lámpara en lo alto para que alumbre; en tus sombras, Él está revelando su luz. Si sientes confusión o cansancio interior, este momento de oración es un descanso que ordena tu corazón y renueva tu confianza filial.
Antes de comenzar, siéntate con la espalda recta y los pies apoyados; inhala lento por la nariz, retén un instante y exhala suavemente. Dios está aquí, más cerca que tu propio aliento, mirándote con ternura. No tienes que demostrar nada: ven como estás, con tus preguntas y tu sed. Abre tus sentidos para escuchar, tu mente para comprender y tu corazón para confiar. Pide la gracia de permanecer en su presencia.
Una luz silenciosa revela lo oculto y enseña a escuchar con atención, para confiar sin miedo.
“Yo soy la Luz del mundo… si me sigues, no caminarás en tinieblas… te daré la luz de la vida… ven sin temor, Yo te guío.”
Padre amado, me acerco a Ti con el deseo de escucharte; Jesús, Hijo eterno, toma mi mano y enséñame a permanecer en tu luz; Espíritu Santo, sopla dentro de mí y aquieta mis ruidos. Reconozco que muchas veces vivo a medias, con miedos, distracciones y un corazón dividido. Hoy necesito tu claridad y tu paz; dame la gracia de oír tu Palabra y guardarla, para que ilumine mis decisiones y mi manera de amar, y para que mi confianza crezca cuando no entiendo. María, Madre fiel, cúbreme con tu mirada y llévame a Jesús, para que mi oración sea filial, sencilla y verdadera. Amén.
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga”. Siguió hablándoles y les dijo: “Pongan atención a lo que están oyendo. La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces. Al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará”.
Marcos reúne aquí breves sentencias de Jesús sobre la luz y la escucha, en el contexto de las parábolas del Reino. La imagen de la lámpara alude a la revelación: Dios no habla para ocultar, sino para manifestar. “Nada hay oculto” apunta al dinamismo pascual: lo velado se esclarece en Cristo. El imperativo “Mirad lo que oís” subraya la actitud del discípulo: escuchar con atención, no solo oír. La “medida” evoca el juicio y la reciprocidad: la apertura del corazón dispone a recibir más. Es lenguaje sapiencial, breve, que llama a la responsabilidad personal y comunitaria ante la Palabra hoy. ¿QUÉ ME DICE A MÍ? - Dios me habla personalmente hoy. ¿Qué “lámpara” ha encendido Dios en tu vida y tú la has escondido por miedo? Tal vez es una inspiración para volver a orar, pedir perdón, hablar con verdad, o recomenzar. Jesús te mira y te dice: no fuiste creado para vivir en penumbra. Si estás en trabajo intenso, tu luz puede ser la paciencia y la rectitud cuando nadie aplaude. Si eres padre o madre, puede ser una palabra que bendice y orienta en vez de reaccionar con prisa. Si vives solo o atraviesas duelo, tu lámpara puede ser la fidelidad silenciosa: levantarte, cuidarte, pedir ayuda y sostener una pequeña oración. “Mirad lo que oís” te invita a revisar qué entra por tus oídos: noticias, quejas, comparaciones, ruido digital. Lo que alimentas, crece. El Señor promete que la medida de tu apertura será también la medida de su don: si hoy le das unos minutos de atención amorosa, Él ensancha tu interior. Y si sientes que “no tienes” fuerzas, pídele comenzar por lo mínimo: escuchar una frase del Evangelio y repetirla como hijo que confía. Acércate a la Eucaristía y a Reconciliación; allí su luz te limpia. Comparte tu oración con comunidad, para no caminar en la fe nunca.
Mi respuesta sincera al Amigo. Señor Jesús, hoy reconozco que muchas veces escondo mi lámpara: callo lo que debo decir, pospongo la oración y me acostumbro a la oscuridad. A veces me cuesta escucharte sin prisa; me distraigo, me impaciento y termino midiendo mi vida con la medida del mundo. Te agradezco porque no te cansas de encender luz en mí, y porque tu Palabra siempre vuelve a buscarme. Te pido que sanes mi oído interior: que sepa distinguir tu voz de mis temores. Dame una atención humilde, de hijo, para recibir lo que Tú quieras darme hoy. Te ofrezco mis pensamientos, mi trabajo, mis decisiones y mis relaciones; ponlos bajo tu lámpara para que se ordenen. Y si siento que tengo poco, recuérdame que Tú multiplicas lo pequeño cuando me abandono en tu amor. Amén. María, enséñame a guardar la Palabra y a ofrecerla en silencio. Haz que mi vida alumbre sin orgullo: con mansedumbre, con servicio, con perdón. Llévame a tus sacramentos y a mi comunidad.
Dejándome abrazar por Dios. Imagínate en una casa sencilla al caer la tarde; el aire es tibio y huele a aceite de lámpara. Ve a Jesús tomando la lámpara y poniéndola en alto; su luz toca paredes, rostros, rincones. Escucha su voz tranquila: “Mirad lo que oís”. Siente cómo esa frase entra en tu pecho y lo ensancha. Mira sus ojos: no te juzgan, te despiertan. Deja que su luz muestre lo oculto sin herirte, y que su amor te cubra. En silencio, recibe confianza filial. Permanece ahí, respirando despacio, con las manos abiertas. Cada exhalación suelta miedo; cada inhalación acoge su presencia real.
Gesto personal: hoy enciende una vela o una lámpara al iniciar tu oración y repite tres veces: “Jesús, ilumina mi corazón”; después guarda un minuto de silencio. Actitud familiar: en casa, apaga pantallas 15 minutos y escucha a alguien sin interrumpir; haz una pregunta amable y termina con una bendición sencilla. Intención comunitaria: ofrece un servicio escondido esta semana (una llamada, un favor, una visita, una oración por un enfermo) sin buscar reconocimiento, para que la luz sea de Cristo. Examen nocturno: al final del día pregúntate: ¿qué voces alimenté hoy y cuáles apagué para oír al Señor, y dónde noté su luz guiándome? Si fallas, no te culpes: vuelve a encender la vela y reanuda. La fidelidad humilde educa el alma.
1) Por la Iglesia: para que, con humildad, anuncie a Cristo Luz del mundo y eduque corazones que saben escuchar. Roguemos al Señor. 2) Por quienes no comprenden el misterio de Dios y se sienten confundidos, como los discípulos ante palabras difíciles: para que el Espíritu Santo les abra el entendimiento y la confianza. Roguemos al Señor. 3) Por las familias: para que en sus hogares haya espacios de silencio, diálogo y oración que enciendan la luz de la fe. Roguemos al Señor. 4) Por los que sufren, por los enfermos y por quienes viven cansancio interior: para que el Señor los sostenga y les conceda paz y esperanza. Roguemos al Señor.
Gracias, Señor, por hablarme con tu luz y por no rendirte conmigo. Recibo tu Palabra como don y la guardo en el corazón. Ahora, con confianza, rezo el Padrenuestro, uniéndome a tu Hijo y a toda la Iglesia. María, Madre mía, te consagro mi mente, mis afectos y mi camino; llévame siempre a Jesús y enséñame a escuchar como tú. Me refugio en tu ternura y en tu intercesión. Y, como hijo, digo el Avemaría, pidiendo que tu luz permanezca en mi casa y en mi comunidad. Amén. Que esta oración me conduzca a los sacramentos, a la caridad discreta y a una fe alegre, para que otros encuentren tu rostro en mi vida.
Marcos 4,21-25 se ubica en la sección de parábolas (Mc 4), donde Jesús revela el “misterio del Reino” a sus discípulos (Mc 4,11). 1) Contexto histórico-literario: el evangelio, redactado para una comunidad que vive tensiones y persecución, presenta a Jesús como el Mesías que enseña con autoridad y conduce a la fe. Estas sentencias funcionan como catequesis pospascual: la Iglesia aprende a comprender a Cristo a la luz de su Pascua y a transmitirlo. El género es sapiencial y parabólico: imágenes domésticas, breves imperativos, y un llamado a la escucha. 2) Exégesis lingüística y simbólica: la “lámpara” remite a la luz que proviene de Dios y que, en el NT, se cumple en Cristo (Jn 8,12). “Oculto” y “secreto” evocan la dinámica de revelación: Dios educa el corazón en etapas; sin embargo, el fin es que todo “salga a la luz”. El mandato “Mirad lo que oís” subraya que la fe nace de la escucha (Rm 10,17) y que la recepción de la Palabra exige vigilancia interior. La “medida” (metron) expresa reciprocidad: la apertura, la docilidad y el deseo de Dios ensanchan la capacidad de recibir; el cierre, la indiferencia o el miedo la estrechan. “Al que tiene se le dará” no es elogio de la posesión, sino del corazón disponible: quien guarda la Palabra recibe más luz para caminar. 3) Interpretación patrística y magisterial: San Agustín interpreta la lámpara como la predicación y la vida del discípulo que no debe ocultar la verdad recibida; la luz es para edificación, no para vanagloria. San Juan Crisóstomo insiste en la responsabilidad del oyente: oír sin obedecer oscurece el alma. En clave eclesial, la Dei Verbum recuerda que Dios habla “para invitarnos a la comunión” (DV 2) y que la Escritura se lee en la Tradición viva. El Catecismo vincula la oración contemplativa a la escucha amorosa de la Palabra (CIC 2708) y enseña que Cristo es la plenitud de la Revelación (CIC 65). La Pontificia Comisión Bíblica subraya que la interpretación católica une sentido literal y espiritual, y se realiza en la Iglesia. 4) Aplicación pastoral contemporánea: hoy el texto ilumina el desafío del ruido, la distracción digital y la pérdida de interioridad. A jóvenes, les recuerda que la identidad no se construye por aprobación, sino por una luz recibida. A matrimonios y familias, les propone crear espacios de escucha y bendición en casa. A quienes sirven en comunidad, les pide transparencia humilde: que la lámpara sea Cristo y no el ego. A quien sufre, le anuncia esperanza: lo que parece confuso puede esclarecerse en la oración perseverante y en los sacramentos. La medida de tu atención amorosa, pequeña pero fiel, abre un cauce para que Dios añada gracia, fortaleza y confianza filial.