📅 25/08/2026
Mateo 23, 23-26
Hay días en que cuidamos mucho la apariencia de las cosas y dejamos olvidado lo que ocurre dentro. Queremos que nuestra casa se vea bien, que nuestro trabajo sea reconocido y que los demás tengan una buena opinión de nosotros. Pero existe una pregunta que nadie puede responder por nosotros: ¿cómo está mi corazón? Jesús entra hoy en esa habitación interior que preferimos mantener cerrada. Mateo 23,23-26 te invita a revisar lo que gobierna tus decisiones. Justicia, misericordia y fidelidad son señales de un corazón ordenado. Hoy deja de mirar la apariencia y permite que Cristo mire dentro de ti.
Siéntate con serenidad, apoya los pies en el suelo y respira lentamente. Deja por unos minutos aquello que ocupa tu mente. No necesitas presentar ante Dios una imagen perfecta de ti mismo. Él ya conoce tu corazón. Di en silencio: “Señor Jesús, mírame como soy y enséñame a vivir en tu verdad”. Lee lentamente el Evangelio. Detente especialmente ante las palabras justicia, misericordia y fidelidad. Permite que alguna de ellas ilumine una situación de tu vida. Pide al Espíritu Santo la humildad necesaria para reconocer aquello que necesita ser sanado y la libertad para responder a la gracia.
Este martes de la XX semana del Tiempo Ordinario, la Iglesia propone Mateo 23,23-26, un texto que denuncia la distancia entre las prácticas religiosas externas y la vida interior. Jesús pone en primer lugar la justicia, la misericordia y la fidelidad. La memoria de San José de Calasanz ofrece un testimonio de fe llevada a la acción mediante el servicio educativo a los más pobres y su perseverancia ante las contradicciones.
Yo soy el que mira tu corazón... no tengas miedo de mostrarme aquello que escondes incluso de ti mismo. No quiero una apariencia de santidad, quiero tu corazón. Déjame limpiar lo que se ha llenado de orgullo, codicia, resentimiento o indiferencia. Yo no miro tus heridas para condenarte. Las miro para sanarlas. Practica la justicia, abraza la misericordia y permanece fiel. Cuando mires hacia dentro y me encuentres allí, descubrirás que mi gracia también puede transformar lo que muestras hacia fuera.
Padre bueno, Hijo amado y Espíritu Santo, aquí estoy delante de ti sin máscaras. Reconozco que muchas veces me preocupa más lo que los demás piensan de mí que la verdad de mi corazón. Puedo cuidar mis palabras y descuidar mis intenciones; puedo cumplir algunas prácticas religiosas y olvidar la misericordia. Dame la gracia de escuchar a Jesús sin buscar excusas. Muéstrame aquello que necesita ser purificado y dame valentía para cambiarlo. María, Madre nuestra, acompáñame en esta oración. Enséñame a vivir con un corazón sencillo y transparente, disponible para Dios y atento a las necesidades de mis hermanos. Que mi vida exterior sea reflejo de una verdadera conversión interior.
Evangelio según san Mateo 23, 23-26 En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: «¡Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas, porque pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que tenían que practicar, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero se tragan el camello! ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera los vasos y los platos, mientras que por dentro siguen sucios con su rapacidad y codicia! ¡Fariseo ciego!, limpia primero por dentro el vaso y así quedará también limpio por fuera». Palabra del Señor.
¿Qué dice el texto? Jesús dirige estas palabras a escribas y fariseos dentro de una serie de controversias en Jerusalén. Reconoce que cumplen prácticas religiosas, pero denuncia que han perdido de vista lo esencial. El diezmo de pequeñas plantas representa una observancia minuciosa que no debe desplazar la justicia, la misericordia y la fidelidad. La imagen del mosquito y el camello expresa mediante exageración la contradicción de cuidar detalles pequeños mientras se toleran faltas mayores. La segunda imagen, tomada de la limpieza de vasos, lleva la enseñanza al interior de la persona. Jesús pide coherencia entre corazón, conducta y práctica religiosa. ¿Qué me dice a mí? Este Evangelio puede incomodarte porque Jesús no está hablando solamente de otras personas. Está preguntando qué sucede dentro de ti. Puedes cumplir con tus responsabilidades, asistir a la Iglesia, rezar y cuidar tu imagen mientras guardas resentimiento contra alguien. Puedes ser cuidadoso con ciertas normas y, al mismo tiempo, ser indiferente ante una persona que necesita ayuda. Tal vez en tu familia cuidas las formas, pero tus palabras lastiman. En el trabajo puedes defender la honestidad mientras ocultas información que te beneficia. Si eres joven, puedes cuidar tu imagen en redes sociales y descuidar lo que alimenta tu corazón. Si eres mayor, puedes conservar una herida durante años mientras mantienes una apariencia tranquila. Jesús no te pide abandonar las prácticas externas. Te pide que tengan raíz interior. Pregúntate hoy: ¿qué hay dentro de mi vaso? ¿Hay justicia, misericordia y fidelidad? ¿O hay orgullo, codicia, resentimiento o indiferencia? No respondas pensando en otra persona. Mira tu propia vida. El Señor no te muestra esto para avergonzarte, sino para abrir un camino de conversión. El corazón que se deja limpiar por Cristo comienza a expresar hacia fuera aquello que realmente ha recibido de Dios: verdad, compasión, justicia y amor. Empieza hoy por una sola cosa que necesite ser limpiada.
Señor Jesús, reconozco que muchas veces me preocupo por parecer una buena persona mientras descuido aquello que ocurre dentro de mí. A veces me cuesta reconocer mis intenciones, porque prefiero pensar que el problema está en los demás. Te agradezco porque tu Palabra no busca destruirme, sino mostrarme la verdad para que pueda volver a ti. Gracias porque todavía puedo comenzar de nuevo. Te pido que limpies mi corazón de todo aquello que me aparta de la justicia, la misericordia y la fidelidad. Arranca de mí la codicia que me hace pensar primero en lo mío, el orgullo que me impide pedir perdón y la indiferencia que me permite pasar de largo ante el sufrimiento. Te ofrezco mis pensamientos, mis palabras, mis decisiones y mis relaciones. Te ofrezco especialmente aquello que intento ocultar. Dame un corazón limpio y una vida coherente. Que mi oración no termine en palabras bonitas, sino que se convierta en una decisión de amar mejor, actuar con justicia y permanecer fiel. Señor, entra en mi interior y haz de mi vida un reflejo de tu misericordia.
Imagínate frente a Jesús en Jerusalén... sientes el calor del día y el polvo bajo tus pies... escuchas el murmullo de la gente y después un silencio que te permite escuchar su voz... ves a Jesús mirarte con firmeza y ternura... su mirada entra más allá de tu apariencia y alcanza tu corazón... sientes inquietud, pero también alivio... no tienes que esconder nada... en silencio... recibe su mirada... escucha: “Limpia primero por dentro”... deja ante Él una actitud que necesitas entregar... permanece allí... permite que su misericordia toque tu interior... no expliques, no huyas... solo recibe su perdón, su verdad y su amor.
Hoy elegirás una sola actitud interior que necesite ser limpiada y la presentarás sinceramente a Jesús. Puede ser orgullo, resentimiento, codicia, impaciencia, indiferencia o necesidad de reconocimiento. Después realiza una acción que exprese la conversión que deseas. Si necesitas perdonar, comienza con una oración por esa persona. Si has sido injusto, reconoce tu error. Si has ignorado a alguien, acércate. Si has retenido algo por egoísmo, comparte. En el trabajo, actúa con justicia aunque nadie te observe. En familia, cambia una palabra dura por una respuesta paciente. En tu oración, permanece cinco minutos ante Cristo sin justificarte. Al terminar, di: “Señor Jesús, limpia mi corazón. Que mis decisiones nazcan de la justicia, la misericordia y la fidelidad. Recibe mi vida y enséñame a vivir en verdad. Amén”.
esús nos invita a limpiar primero el corazón y a poner en el centro la justicia, la misericordia y la fidelidad. Con humildad, presentemos nuestras necesidades al Padre. Por la Iglesia, para que sus miembros vivan con coherencia la fe que anuncian y sean testigos de justicia, misericordia y fidelidad. Roguemos al Señor. Por nuestras familias, para que aprendamos a reconocer nuestros errores, pedir perdón y cuidar el corazón de quienes viven a nuestro lado. Roguemos al Señor. Por quienes sufren enfermedad, pobreza, abandono o soledad, para que encuentren personas que sepan mirar su necesidad con compasión y actuar en su favor. Roguemos al Señor. Por nuestra sociedad, para que la búsqueda de intereses personales no haga olvidar la justicia, la dignidad humana y la responsabilidad hacia quienes tienen menos oportunidades. Roguemos al Señor. Por educadores, catequistas, sacerdotes, padres de familia y todos quienes forman a otros, para que enseñen con su ejemplo y permanezcan fieles a la verdad que transmiten. Roguemos al Señor.
Gracias, Señor, porque tu Palabra me muestra la verdad de mi corazón y me llama a volver a ti. Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. María, Madre mía, recibe mi corazón y enséñame a vivir con sencillez y verdad. Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Mateo 23,23-26 forma parte del discurso de Jesús contra la hipocresía religiosa en Jerusalén. El pasaje aparece después de las controversias con las autoridades y dentro de una serie de “ayes” dirigidos a escribas y fariseos. El contexto histórico refleja una preocupación por la correcta observancia de la Ley, pero Jesús denuncia una inversión de prioridades. El diezmo de la menta, el anís y el comino pertenece a una observancia minuciosa, mientras quedan relegadas la justicia, la misericordia y la fidelidad. La escena utiliza imágenes conocidas: el filtrado de líquidos para evitar impurezas y la limpieza de recipientes. Mediante estas imágenes Jesús lleva la atención desde las prácticas visibles hacia la disposición interior. El término krisis (justicia) señala la rectitud en las relaciones y la responsabilidad ante Dios y el prójimo. Eleos (misericordia) expresa la compasión activa hacia quien necesita ayuda y remite a una actitud central en la relación con Dios. Pistis (fidelidad) puede expresar confianza y lealtad, y aquí forma parte de aquello que Jesús considera esencial en la vida religiosa. Estos tres términos aparecen en contraste con una observancia reducida a detalles externos. La imagen del kónōps (mosquito) y del kámēlos (camello) intensifica la crítica mediante una exageración deliberada: se filtra lo diminuto mientras se deja pasar lo enorme. La enseñanza culmina con la imagen del vaso: la limpieza exterior carece de sentido si el interior permanece dominado por codicia. San Juan Crisóstomo, en sus homilías sobre Mateo, insiste en la necesidad de que la conducta corresponda con la enseñanza recibida y advierte contra una religiosidad reducida a apariencias. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el n. 2468, presenta la verdad como una virtud que debe ordenar la existencia y las relaciones humanas. La enseñanza de Jesús también armoniza con Dei Verbum 25, que invita a acercarse a la Escritura mediante la oración para que el diálogo con Dios transforme la vida. La Pontificia Comisión Bíblica señala que la interpretación de la Escritura debe conducir a una actualización que toque la existencia del creyente. La liturgia propone este pasaje en el Tiempo Ordinario porque el discípulo necesita revisar continuamente si su práctica religiosa expresa realmente una vida convertida. La advertencia tiene una actualidad inmediata. Un padre puede enseñar valores a sus hijos y, al mismo tiempo, tratar con dureza a su familia. Un empresario puede hablar de responsabilidad social mientras toma decisiones injustas. Un catequista puede enseñar misericordia y conservar resentimientos. Una persona consagrada puede cumplir fielmente sus obligaciones y necesitar renovar la caridad. El desafío contemporáneo consiste en vivir en una cultura donde la imagen pública puede pesar más que la verdad interior. Francisco insiste en Evangelii Gaudium en una Iglesia llamada a vivir una conversión misionera que salga de sí misma. San José de Calasanz ofrece hoy un testimonio de esa fe convertida en servicio: dedicó su vida a educar a niños pobres y permaneció fiel a su misión en medio de contradicciones. La pregunta final para el discípulo es sencilla: ¿lo que los demás ven en mí nace realmente de lo que Cristo está haciendo dentro de mí?