📅 18/10/2026
San Mateo 28,16-20
Hay momentos en que sabes que podrías ayudar, acompañar o compartir tu fe, pero algo te detiene. Quizá temes equivocarte, no encuentras las palabras adecuadas o piensas que tu aportación es demasiado pequeña. Jesús conoce esas dudas. En Mateo 28,16-20, confía a sus discípulos la misión de anunciar el Evangelio y les promete permanecer con ellos todos los días. No tienes que hacerlo todo ni caminar por tu cuenta. Cristo te envía y permanece contigo. Hoy, comparte una palabra de esperanza o realiza un gesto de amor en su nombre.
Busca un lugar tranquilo y adopta una postura que te permita escuchar con atención. Deja descansar tus manos y respira con serenidad. Por unos minutos, suelta las preocupaciones y las tareas que reclaman tu atención. Recuerda que estás ante el Señor resucitado, que conoce tus capacidades y tus dudas. Dile en silencio: «Jesús, aquí estoy; enséñame a escuchar tu llamada y a confiar en tu presencia». Lee despacio el Evangelio. Imagina a los discípulos reunidos en Galilea y escucha las palabras que Jesús dirige también a tu vida. Pide al Espíritu Santo un corazón disponible para aprender, amar y anunciar.
El verde del Tiempo Ordinario expresa el crecimiento de la vida cristiana. La Misa por la evangelización de los pueblos pone en el centro la misión que Jesús confía a sus discípulos: hacer llegar el Evangelio a todas las naciones y enseñar a vivir sus mandamientos. El pasaje concluye con una promesa que sostiene toda misión: Cristo permanece con los suyos hasta el fin del mundo. La Iglesia anuncia desde esa certeza, con humildad, servicio y esperanza.
Yo soy el Señor que te llama por tu nombre y te invita a caminar conmigo. No esperes a sentirte capaz de todo para compartir mi amor. Conozco tus dudas y no me alejo cuando titubeas. Aprende de mí, guarda mis palabras y deja que tus actos hablen de mi misericordia. Allí donde vivas, puedes abrir un camino hacia mí: en tu familia, en el trabajo, en tu comunidad y en el encuentro con quien necesita esperanza. No te envío para que dependas únicamente de tus fuerzas. Yo permanezco contigo cada día. Confía en mi presencia y da el paso que hoy te corresponde.
Padre bueno, gracias por llamarnos a formar parte de tu pueblo y por confiarnos la alegría del Evangelio. Reconocemos que muchas veces sentimos miedo, dudamos de nuestras capacidades o pensamos que anunciar a Jesús corresponde únicamente a otras personas. Perdónanos cuando guardamos silencio por comodidad o cuando nuestras acciones contradicen lo que decimos creer. Señor Jesús, tú que resucitaste y reuniste a tus discípulos en Galilea, vuelve a llamarnos y enséñanos a seguirte con fidelidad. Espíritu Santo, abre nuestro entendimiento y fortalece nuestro corazón para comunicar la fe con palabras sencillas y obras de amor. Que aprendamos a escuchar antes de hablar y a servir antes de exigir. María, Madre de la Iglesia, acompáñanos en la misión. Enséñanos a llevar a Jesús a nuestros hogares y a reconocerlo en quienes necesitan consuelo, alimento o compañía. Que nunca olvidemos la promesa de tu Hijo: permanece con nosotros todos los días.
o Evangelio según san Mateo 28, 16-20 En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subie ron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se pos traron, aunque algunos titubeaban. Entonces Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Palabra del Señor.
¿Qué dice el texto? Mateo concluye su Evangelio con el encuentro del Resucitado y los once discípulos en Galilea. El grupo conserva las huellas de la fragilidad: algunos se postran y otros titubean. Jesús no cancela la misión por esas dudas, sino que se acerca y les confía anunciar el Evangelio a todas las naciones. El bautismo incorpora a la vida del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La enseñanza debe conducir a cumplir lo que Jesús mandó. La promesa final sostiene la misión: la presencia del Señor acompañará a sus discípulos hasta el fin del mundo. ¿Qué me dice a mí? Jesús también te llama desde tu realidad, con tus capacidades y tus dudas. Quizá piensas que anunciar el Evangelio significa hablar en público o conocer todas las respuestas. Sin embargo, la misión empieza muchas veces en casa: cuando escuchas sin interrumpir, pides perdón, cuidas a una persona enferma o acompañas a alguien que atraviesa una pérdida. En el trabajo, puedes dar testimonio mediante la honestidad, el respeto y la manera de tratar a quien tiene menos autoridad. En tu comunidad, puedes acercarte a una persona que se siente excluida o colaborar con quienes sirven a los necesitados. Si eres padre o madre, transmites la fe cuando tus hijos ven que la oración se convierte en paciencia y servicio. Si estás jubilado, enfermo o atraviesas una etapa de soledad, tu oración, tu escucha y tu experiencia también pueden sostener a otros. Los discípulos titubearon ante Jesús, y aun así recibieron una misión. Tus dudas no tienen que convertirse en una excusa para quedarte inmóvil. Puedes aprender, pedir orientación y dar pasos pequeños sin pretender saberlo todo. La promesa de Cristo no significa que nunca encontrarás dificultades; significa que no estás abandonado en el camino. Pregúntate hoy: ¿quién necesita experimentar el amor de Jesús a través de mí?, ¿qué actitud mía dificulta que otros se acerquen a la fe?, ¿qué puedo hacer para servir mejor? Elige una respuesta posible y llévala a la práctica. Recuerda que evangelizar es acercar a las personas a Cristo mediante la verdad, la misericordia y el respeto a su libertad.
Señor Jesús, aquí estoy delante de ti, con mi deseo de seguirte y con las dudas que todavía me acompañan. Reconozco que a veces espero sentirme preparado para servir, hablar de mi fe o acercarme a alguien que necesita ayuda. Me preocupa equivocarme, no encontrar las palabras adecuadas o no saber responder a las preguntas de los demás. Perdóname cuando esas inquietudes me hacen permanecer al margen. Te agradezco porque no llamaste a discípulos perfectos, sino a personas dispuestas a caminar contigo. Gracias por tu paciencia, por las oportunidades que me das para aprender y por la promesa de permanecer a mi lado todos los días. Te pido que me enseñes a anunciarte con humildad, sin imponer mis ideas ni juzgar a quienes piensan distinto. Dame sensibilidad para descubrir las necesidades de mi familia, de mis compañeros y de quienes encuentro en el camino. Ayúdame a compartir mi tiempo, mis capacidades y mis bienes con generosidad. Te ofrezco mis conversaciones, mis decisiones y mis responsabilidades. Que mis acciones hagan visible tu amor y que nunca olvide que la misión es tuya.
Imagínate en el monte de Galilea, junto a los discípulos. El aire fresco toca tu rostro y escuchas el silencio de quienes esperan a Jesús. Lo ves acercarse; su mirada reúne ternura, autoridad y confianza. Aunque percibes las dudas de los presentes, Jesús no se aleja. También te mira a ti y te confía una misión. Sientes temor ante lo que no conoces, pero su promesa te sostiene. No necesitas resolver ahora todas tus preguntas. Permanece en silencio, escucha su voz y recibe este regalo: no caminarás solo. Cristo estará contigo cada día, en cada servicio y en cada encuentro.
ntes de terminar el día, elige una persona a quien puedas acercarte con un gesto de fe y caridad. Puede ser alguien de tu familia que necesite escucha, un compañero que atraviese una dificultad o una persona que se sienta olvidada. Dedícale tiempo sin mirar el reloj y sin esperar reconocimiento. En tu hogar, procura que tus palabras transmitan paciencia. En el trabajo, actúa con honestidad y ayuda a quien necesite orientación. En tu comunidad parroquial, considera una forma de colaborar con la evangelización o con el servicio a los más vulnerables. Si hoy no puedes salir o tienes limitaciones de salud, ofrece una oración por alguien que necesite conocer el amor de Dios. Al finalizar el día, pregúntate qué aprendiste de ese encuentro y qué puedes mejorar mañana. No midas la misión por la cantidad de personas alcanzadas, sino por la fidelidad con que respondes a Cristo. Señor Jesús, cuenta conmigo y enséñame a servir.
Jesús resucitado envía a sus discípulos a todas las naciones y promete acompañarlos siempre. Presentemos al Padre nuestras súplicas por la Iglesia y por quienes necesitan conocer la esperanza del Evangelio. 1. Por el papa, los obispos, los sacerdotes, los religiosos y todos los misioneros, para que anuncien a Cristo con fidelidad, humildad y amor a cada pueblo. Roguemos al Señor. 2. Por quienes todavía no conocen el Evangelio y por quienes se han alejado de la Iglesia a causa del sufrimiento o de malas experiencias, para que encuentren testigos que los reciban con respeto y misericordia. Roguemos al Señor. 3. Por las familias, para que los padres y abuelos transmitan la fe mediante la oración, el ejemplo y el servicio, y los jóvenes descubran su vocación en libertad. Roguemos al Señor. 4. Por los pueblos que viven conflictos, pobreza o discriminación, para que reciban ayuda solidaria y encuentren caminos de reconciliación, justicia y paz. Roguemos al Señor. 5. Por nuestra comunidad, para que venza el miedo, reconozca sus dones y se comprometa a compartir el Evangelio con obras de caridad y esperanza. Roguemos al Señor.
Padre amado, te damos gracias porque nos llamas a participar en la misión de tu Hijo y prometes acompañarnos cada día. Recibe nuestra vida y haznos servidores de tu Evangelio. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. María, Madre de la Iglesia, acompáñanos en la misión y enséñanos a llevar a Jesús con sencillez y alegría. Guíanos hacia quienes necesitan consuelo y esperanza. Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.
El pasaje de Mateo 28,16-20 constituye el cierre del primer Evangelio y presenta al Resucitado confiando una misión universal a sus discípulos. Después de la pasión y la resurrección, Galilea vuelve a ser el lugar del encuentro con Jesús. Esta región, situada al norte de Judea, había sido escenario de buena parte de su ministerio público. El monte recuerda otros momentos importantes de la revelación en Mateo, como el sermón de la montaña. Allí, los once discípulos se postran ante Jesús, aunque algunos titubean. La mención de los once reconoce la ausencia de Judas y la fragilidad del grupo, pero no cancela su vocación. Jesús se acerca y les encomienda enseñar a todas las naciones. La misión nace del encuentro con el Resucitado y se sostiene en su autoridad y en su promesa de permanecer con los suyos. La expresión griega mathēteúsate pánta tà éthnē significa «hagan discípulos a todas las naciones». El mandato va más allá de comunicar información: invita a acompañar un camino de aprendizaje y seguimiento de Jesús. El verbo baptízontes, «bautizando», señala la incorporación a la vida de la comunidad cristiana en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La fórmula trinitaria muestra que la misión introduce a las personas en una relación con Dios. Por último, met’ hymōn eimi, «yo estoy con ustedes», expresa la promesa que sostiene el envío. Jesús no garantiza una tarea sin obstáculos; asegura su presencia en el camino. Los discípulos pueden avanzar a pesar de sus dudas porque la misión no depende únicamente de sus capacidades, sino de la autoridad y fidelidad del Señor resucitado. San Juan Crisóstomo, en sus homilías sobre el Evangelio de Mateo, destaca la amplitud del mandato misionero y la confianza que Jesús deposita en sus discípulos. Su lectura ayuda a comprender que la Iglesia recibe una misión dirigida a todos los pueblos. El Concilio Vaticano II, en Dei Verbum 2, enseña que Dios se revela para invitar a las personas a la comunión con Él. La evangelización nace de esa iniciativa divina y busca que cada persona pueda conocer a Cristo y responder libremente a su llamada. La Misa por la evangelización de los pueblos hace especialmente visible esta responsabilidad. La Iglesia no anuncia una idea propia: transmite el Evangelio recibido y procura vivirlo con fidelidad. La promesa final de Jesús permanece como fundamento de toda actividad misionera. Esta Palabra interpela a cada bautizado en su situación particular. Una madre o un padre evangelizan cuando educan a sus hijos con paciencia y coherencia; un profesional puede mostrar su fe mediante la honestidad y el respeto; una persona enferma puede sostener la misión con su oración y su testimonio de esperanza. En una sociedad marcada por la indiferencia religiosa y la desconfianza, anunciar a Cristo requiere escuchar, servir y respetar la libertad de los demás. En Evangelii gaudium 24, el papa Francisco presenta a la Iglesia como una comunidad que sale al encuentro, acompaña e integra. La misión empieza cerca, en los vínculos cotidianos, y se extiende hacia quienes todavía no han recibido el anuncio del Evangelio. Cristo envía a sus discípulos sin exigirles ausencia de dudas; les pide caminar con Él y confiar en su presencia.