📅 09/01/2026
Lucas 5, 12-16
Jesús toca al leproso y muestra que en la exclusión, el miedo y la vergüenza, Él está sanando y acercándose. Si sientes cansancio interior o desconfianza, este momento de oración es refugio para volver a confiar, dejarte mirar con amor y recuperar esperanza para tu camino diario.
Antes de comenzar esta Lectio, siéntate con la espalda recta y respira lento tres veces, soltando tensiones. Reconoce que Dios está aquí, más cerca de lo que imaginas, mirándote con ternura. No tengas prisa ni exigencias. Ven tal como estás, con lo que duele y lo que esperas. Deja que tus sentidos, tu mente y tu corazón se abran suavemente a su presencia sanadora en silencio confiado y humilde hoy.
Jesús se deja tocar por la herida humana y transforma la vergüenza en camino de encuentro y paz.
Yo soy el que se acerca sin miedo a tu herida, mírame y confía; mi compasión te devuelve dignidad y descanso.
Padre bueno, fuente de toda vida, me acerco a Ti con el deseo de ser sanado. Jesús, Hijo amado, reconozco que muchas veces me escondo por miedo, cansancio o culpa. Espíritu Santo, necesito tu luz para dejarme tocar por tu gracia. Te pido hoy la confianza filial de acercarme a Cristo tal como soy, sin máscaras ni defensas. María, Madre cercana y atenta, acompáñame en este encuentro, enséñame a creer cuando dudo y a esperar cuando me siento frágil. Toma mi corazón, mi historia y mis heridas, y llévalas suavemente hacia tu amor que restaura y sostiene con paciencia y fidelidad.
En aquel tiempo, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: «Señor, si quieres, puedes curarme». Jesús extendió la mano y lo la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: «Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio». Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.
El relato presenta una curación que revela el corazón de Jesús. La lepra implicaba exclusión social y religiosa. El gesto de tocar rompe barreras legales y simbólicas. Lucas subraya la compasión activa: Jesús no solo sana, se acerca. El verbo “querer” manifiesta la voluntad salvadora de Dios. El silencio pedido remite al misterio mesiánico y a la obediencia a la Ley. El género narrativo es milagro de revelación, donde la sanación física conduce a la restauración de la persona. La oración final de Jesús muestra que la fuente de su acción es la comunión con el Padre. Hoy este Evangelio te habla a ti, allí donde te sientes marcado, frágil o cansado. Tal vez cargas heridas que no se ven, culpas antiguas, miedos que te aíslan. Como aquel hombre, sabes que necesitas ayuda, pero dudas si eres digno. Jesús no te pide explicaciones largas. Te mira, se acerca y te toca. En tu vida cotidiana, cuando evitas mirarte con verdad, Él ya está presente. Si eres padre o madre, conoce tu desgaste silencioso. Si vives solo, comprende tu anhelo de ser escuchado. Si trabajas bajo presión, sabe lo que pesa tu responsabilidad. Jesús no te cura desde lejos, entra en tu historia. Te invita a confiar en su querer, no en tus méritos. También te recuerda que la sanación lleva a un camino nuevo, a dar testimonio con la vida, no con palabras vacías. Hoy puedes permitirte descansar en Él, dejar que su mirada sane tu vergüenza y transforme tu interior. Este texto te invita a acercarte sin miedo, a creer que tu herida no es obstáculo, sino lugar de encuentro con el amor que restaura y devuelve esperanza.
Señor, me acerco a Ti con mis límites y mi historia incompleta. A veces me cuesta creer que puedas mirarme con ternura cuando me siento débil. Te agradezco porque no te alejas de mis heridas y porque tu presencia no exige perfección. Hoy te pido que toques aquello que escondo, lo que me da vergüenza o temor. Dame un corazón confiado para dejarme sanar sin condiciones. Te ofrezco mis esfuerzos diarios, mis relaciones, mis silencios y mis cansancios. Quiero aprender a descansar en Ti y a vivir desde la gratitud. Enséñame a ser testigo con mi manera de amar y servir. Quédate conmigo cuando la soledad pesa y cuando el ánimo se apaga. Confío en tu querer, Señor, porque sé que tu amor es más fuerte que mis resistencias. Amén.
Imagínate en aquella ciudad silenciosa. Ves a Jesús acercarse con calma. Observa su mano extendida. Escucha su voz serena diciendo: «Quiero». Siente el calor de su toque sobre tu herida más profunda. Percibe cómo la vergüenza se disuelve y nace paz. Míralo a los ojos, sin prisa. Permanece allí, respirando lento. No digas nada. Deja que su amor te envuelva suavemente. En silencio, recibe la confianza que sana y la paz que permanece.
Hoy el Evangelio te invita a un gesto pequeño y real. Primero, dedica cinco minutos de silencio consciente para presentarle a Jesús una herida personal. En familia, practica una actitud de escucha paciente, evitando juicios rápidos. En lo comunitario, ofrece un acto de cercanía a alguien que suele ser ignorado o excluido. Puede ser una palabra, un mensaje o una presencia sencilla. Al final del día, pregúntate: ¿dónde me dejé tocar por Dios hoy y dónde evité acercarme? Este compromiso no busca perfección, sino fidelidad diaria. Permite que la confianza crezca poco a poco y que tu vida se vuelva espacio de acogida para otros.
Por la Iglesia, para que, siguiendo a Cristo humilde y orante, sea espacio de acogida y sanación para todos. Por quienes ejercen autoridad y servicio público, para que actúen con compasión y respeto por la dignidad humana. Por los enfermos y excluidos, para que experimenten la cercanía de Dios que no abandona ni rechaza. Por nuestras comunidades, para que aprendamos a orar juntos y a sostenernos en la fe cuando el camino se vuelve difícil.
Gracias, Señor, porque hoy me has mirado con misericordia y no has pasado de largo. Acojo tu Palabra como don y descanso en tu amor fiel. Con un corazón agradecido, me uno a la oración que Jesús nos enseñó y rezo el Padrenuestro, confiando en tu providencia diaria. María, Madre buena, pongo mi vida bajo tu cuidado filial; enséñame a vivir confiado y disponible. Con sencillez y amor, elevo el Avemaría, entregándote mis días, mis luchas y mis esperanzas. Que todo lo que soy permanezca unido a Cristo, para gloria de Dios y bien de los hermanos. Amén.
El pasaje de Lucas 5,12-16 se sitúa al inicio del ministerio público de Jesús en Galilea, en un contexto donde su autoridad comienza a manifestarse mediante la palabra y los signos. La comunidad lucana, formada por cristianos provenientes del judaísmo y del mundo pagano, recibe este relato como confirmación de que la salvación ofrecida en Cristo alcanza las situaciones humanas más marginadas. El género literario es un relato de milagro, cuya finalidad no es solo narrar una curación, sino revelar la identidad y la misión de Jesús. Desde el punto de vista lingüístico, el término griego para “lepra” designa no solo una enfermedad física, sino un estado de impureza que separaba social y religiosamente. El gesto de Jesús al “extender la mano y tocar” tiene un fuerte valor simbólico: asume la condición del excluido sin contaminarse, manifestando que la santidad de Dios restaura y no destruye. El verbo “quiero” expresa la libre voluntad salvífica de Dios, en continuidad con la compasión divina revelada en el Antiguo Testamento (cf. Os 11,8). La estructura del relato presenta un movimiento claro: súplica humilde, respuesta eficaz, envío responsable y retiro orante de Jesús. Este último elemento es clave en la teología lucana: la acción poderosa de Cristo nace siempre de su relación filial con el Padre. Así se une misión y contemplación, sanación y silencio. Los Padres de la Iglesia vieron en este texto una imagen de la encarnación. San Ambrosio afirma que Cristo toca al hombre herido para comunicarle vida, mostrando que Dios no teme la fragilidad humana. San Gregorio Magno interpreta la lepra como figura del pecado que aísla, y la curación como reintegración plena en la comunión. En la Catena Aurea, santo Tomás recoge esta tradición subrayando la obediencia de Jesús a la Ley como pedagogía para la fe. El Magisterio de la Iglesia confirma esta lectura al presentar a Cristo como médico del cuerpo y del alma (CIC 1503). La dimensión orante del texto remite a la vida contemplativa a la que todo bautizado está llamado (CIC 2708). Documentos como Dei Verbum recuerdan que en la Escritura Dios dialoga amorosamente con sus hijos (DV 21). Hoy este pasaje ilumina situaciones contemporáneas de soledad, exclusión y cansancio espiritual. Habla a quienes se sienten impuros por su pasado, a familias desgastadas, a personas atrapadas en la rutina o el sufrimiento. La Palabra invita a un encuentro personal con Cristo que sana, envía y conduce a una vida más integrada, donde la confianza filial se convierte en camino cotidiano de fe.