📅 10/01/2026
Juan 3, 22-30
Jesús se alegra como amigo del esposo y nos enseña que, en la comparación y la inseguridad, Él está guiando tu corazón hacia la humildad. Si sientes envidia o miedo a quedar atrás, este momento de oración es descanso para confiar, soltar el control y dejar que Cristo crezca en ti.
Antes de abrir el Evangelio, coloca tus pies en el suelo, relaja los hombros y respira hondo cuatro veces, como quien vuelve a casa. Al exhalar, di en silencio: “Aquí estoy”. Dios está presente, real y cercano, sin reproches. No necesitas impresionar a nadie. Ven con tu historia, tus dudas y tus deseos. Pide la gracia de escuchar con los sentidos, pensar con calma y amar con el corazón despierto, dejando que la Palabra te ordene por dentro.
Aprender a alegrarte por el bien ajeno y a disminuir para que Jesús crezca en tu interior.
Yo soy el Esposo que viene del cielo… no compitas ni temas… mi voz te da paz y alegría, y te enseña a servir en silencio.
Padre amado, origen de todo don, hoy vengo a Ti tal como soy. Jesús, Hijo querido, reconozco mi necesidad: me distraigo, me comparo y pierdo la paz. Espíritu Santo, despierta en mí una confianza filial que no compita, sino que ame. Dame la gracia de alegrarme por el bien de otros y de aceptar mi lugar en tu plan con serenidad. Que esta Palabra me enseñe a servir sin buscar aplausos, y a dejar que Cristo crezca en mí. María, Madre del Señor, acompáñame en esta oración, cúbreme con tu ternura y enséñame a escuchar y guardar a Jesús. Amén.
En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea y permaneció allí con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, porque ahí había agua abundante. La gente acudía y se bautizaba, pues Juan no había sido encarcelado todavía. Surgió entonces una disputa entre algunos de los discípulos de Juan y unos judíos, acerca de la purificación. Los discípulos fueron a decirle a Juan: «Mira, maestro, aquel que estaba contigo en la otra orilla del Jordán y del que tú diste testimonio, está ahora bautizando y todos acuden a él». Contestó Juan: «Nadie puede apropiarse nada, si no le ha sido dado del cielo. Ustedes mismos son testigos de que yo dije: ‹Yo no soy el Mesías, sino el que ha sido enviado delante de él›. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; en cambio, el amigo del novio, que lo acompaña y lo oye hablar, se alegra mucho de que él crezca y que yo venga a menos”
El texto se sitúa tras el diálogo con Nicodemo: Jesús y sus discípulos permanecen en Judea, mientras Juan bautiza en Ainón. Surge una disputa sobre la purificación, tema ligado al agua y a ritos. Juan responde con sabiduría: todo don viene del cielo, por eso su misión es señalar, no competir. El símbolo nupcial (novio y novia) expresa la alianza: Jesús es el Esposo, y Juan el amigo que se alegra al oír su voz. El final, “que él crezca”, resume conversión y ordena el corazón. El género es testimonio profético que conduce a la fe y a la humildad. Dios te mira hoy en ese punto donde te comparas y te inquietas. Cuando ves que otros avanzan, que reciben atención o que parecen más “útiles”, algo se encoge en tu interior. Este Evangelio no te regaña: te reubica. Te recuerda que tu vida es un regalo “del cielo”, y que tu misión no nace de la competencia, sino del llamado. Si sirves en la Iglesia, aprende a alegrarte cuando la obra crece aunque tu nombre no aparezca. Si eres padre o madre, permite que tus hijos brillen sin retenerlos. Si trabajas en un equipo, deja que el bien común sea tu alegría, no el aplauso. Juan Bautista te enseña una libertad interior: ser amigo del Esposo, escuchar su voz y alegrarte. Tu paz llega cuando aceptas que Cristo es el centro. “Que él crezca” significa que tus decisiones, tu uso del tiempo, tus palabras y tus redes se ordenen a Él. “Que yo disminuya” no es apagarte, es dejar de vivir para la mirada ajena. Hoy, en la oración, entrégale a Jesús tu necesidad de reconocimiento y recibe la alegría sencilla de pertenecerle. Así tu corazón se vuelve agradecido y descubres que tu lugar es amado aquí y ahora.
Señor, hoy me presento ante Ti con mi deseo de ser visto y con mis comparaciones. A veces me cuesta alegrarme cuando a otros les va bien, y me invade la inseguridad. Te agradezco porque tu voz no humilla, sino que levanta, y porque me llamas amigo, no rival. Te pido que purifiques mi intención al servir, que sanes mi necesidad de aprobación y que me des gozo por tu obra, donde sea que florezca. Enséñame a escuchar tu voz en la oración diaria y a reconocer que todo bien viene del Padre. Te ofrezco mi trabajo, mi familia, mis proyectos y mis silencios; úsalo para que Tú crezcas. Cuando mi ego reclame su lugar, recuérdame tu amor estable. Hazme humilde sin tristeza, firme sin dureza y alegre con alegría limpia. Amén. Quiero aprender a celebrar el bien ajeno y a callar cuando conviene. Dame valentía para desaparecer cuando sea mejor para tu Reino y tus pequeños.
Imagínate junto al río, donde el agua corre y el aire es fresco. Ves a Jesús en silencio, y a Juan señalándolo con una paz luminosa. Escucha el murmullo del agua y la frase que atraviesa tu corazón: “Es preciso que él crezca”. Mira a Jesús como Esposo que viene por ti, sin prisa, sin ruido. Siente cómo baja la tensión de querer destacar. Deja que su presencia ocupe el centro, como una luz suave. En silencio, solo recibe la alegría de pertenecerle, y descansa. Respira y repite: Jesús, crece en mí; yo me entrego, confiado, a tu amor fiel.
hoy elige una tarea humilde que normalmente nadie nota y hazla con calma, sin contarlo, ofreciendo a Jesús tu deseo de ser aprobado. Actitud familiar: en casa, practica la alegría limpia; celebra en voz alta un logro de alguien más y pregunta cómo puedes acompañar, sin comparar tu historia. Intención comunitaria: apoya el servicio de otra persona con una ayuda discreta, una visita o un mensaje de ánimo, para que la misión crezca sin rivalidades. Examen nocturno: al terminar el día, en silencio, pregúntate: ¿en qué momento dejé que Cristo fuera el centro, y cuándo quise ocuparlo yo? Antes de dormir, agradece tres bienes recibidos del cielo. Pide perdón por la envidia y entrega tu nombre a Dios, para despertar mañana con libertad interior.
Oremos por la Iglesia, para que anuncie a Cristo con humildad y alegría, sin buscar protagonismos. Oremos por quienes gobiernan y por los responsables de la paz, para que reconozcan la grandeza de Dios y sirvan al bien común. Oremos por los que sufren enfermedad, soledad o confusión, para que sean sostenidos por la esperanza cuando no comprenden el camino. Oremos por nuestra comunidad, para que sepamos escuchar a Jesús y aceptar su misterio con fe perseverante.
Gracias, Jesús, porque tu voz me libera y me enseña a alegrarme con tu obra. Recibo este día como don y te lo entrego con confianza. Con la Iglesia, y con hambre de tu voluntad, rezo el Padrenuestro, descansando en el Padre que da lo necesario. María, Madre y amiga, me consagro a tu cuidado filial: toma mi corazón, ordena mis deseos y llévame a Jesús. Con sencillez pronuncio el Avemaría, pidiéndote que me cubras con tu fe y tu paz. Que en todo crezca Cristo, y yo viva en humildad alegre. Amén. Haz que mi oración sea fiel, y que mis obras sean luz para quienes buscan a Dios.
Contexto histórico-literario. Juan 3,22-30 pertenece a la sección inicial del cuarto evangelio, donde se delinean los primeros testimonios sobre Jesús. Después del diálogo con Nicodemo (Jn 3,1-21), el relato muestra a Jesús en Judea mientras sus discípulos bautizan, y a Juan Bautista aún en su ministerio, antes del encarcelamiento (Jn 3,24). El evangelio de Juan, redactado para una comunidad que profundiza en la identidad de Cristo, presenta hechos reales con densidad simbólica. El género es narración-testimonio: un conflicto (discusión sobre purificación) sirve de marco para una confesión de fe y una catequesis sobre la humildad. 2. Exégesis lingüística y simbólica. La “purificación” alude a prácticas rituales vinculadas al agua; en Juan, el agua prepara realidades nuevas (Jn 1,31-33; Jn 3,5). El verbo “recibir” subraya la gratuidad: “nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo”. La imagen nupcial (novio/novia) evoca la alianza: Dios esposo (Os 2; Is 54) y Cristo esposo (Ef 5,25-27; Ap 19,7). Juan se define como “amigo del novio”, mediador que se alegra al oír la voz del Esposo; su alegría nace de cumplir la misión. El cierre, “Es preciso que él crezca y que yo disminuya”, orienta toda espiritualidad hacia la centralidad de Cristo. 3. Interpretación patrística y magisterial. Los Padres leen este texto como escuela de humildad apostólica. San Agustín contrasta la “voz” (Juan) con la “Palabra” (Cristo): la voz se retira cuando la Palabra es acogida. San Juan Crisóstomo resalta la pureza de intención del Bautista, que no busca honor propio. El Catecismo presenta a Juan como precursor que señala al Mesías (CIC 523) y recuerda que la fe es respuesta a la gracia (CIC 153). Dei Verbum enseña a atender al género literario y a la unidad de la Escritura (DV 12), y afirma que Dios habla con amor a sus hijos (DV 21). 4. Aplicación pastoral contemporánea. En un tiempo de exposición pública, comparaciones y necesidad de aprobación, este pasaje toca una herida muy actual. Para quien lidera o sirve, enseña a no absolutizar resultados ni “seguidores”, sino a alegrarse por el crecimiento del Reino. Para la vida familiar, invita a acompañar sin posesión: dejar crecer al otro sin miedo. Para quien vive cansancio interior, propone un camino sencillo: volver al don del cielo, agradecer y disminuir el ruido para escuchar la voz del Esposo. Así, el texto se vuelve palabra viva cuando reordena deseos y convierte la envidia en alegría. No es “ser menos” por desprecio, sino ser libre para que Cristo sea todo en ti, y tu alegría llegue a plenitud. La Pontificia Comisión Bíblica recuerda que la Escritura debe leerse en el mismo Espíritu en que fue escrita, dentro de la Tradición viva. En clave de Schökel, el símbolo nupcial abre resonancias del corazón, no solo ideas; y con Croatto, el sentido se actualiza cuando el lector entra en diálogo con el texto. La oración meditada, propia de la contemplación cristiana (CIC 2708), permite que “él crezca” se vuelva decisión diaria.