📅 05/10/2026
San Lucas 10,25-37
Hay momentos en que ves a alguien sufrir y sigues de largo porque tienes prisa, porque no sabes qué hacer o porque piensas que alguien más se encargará. También puede ocurrir en casa, cuando escuchas una necesidad pero estás demasiado cansado para detenerte. Jesús cambia hoy la pregunta: no se trata de decidir quién merece ser tu prójimo, sino de convertirte tú en prójimo. Lee Lucas 10,25-37 y mira al samaritano. Recuerda: «El amor encuentra al herido y se acerca». Antes de dormir, realiza un gesto de misericordia que no habías planeado.
Busca un lugar donde puedas permanecer unos minutos sin interrupciones. Siéntate con serenidad, apoya los pies en el suelo y respira despacio. Suelta por un momento las tareas pendientes y reconoce que estás ante Dios. Puedes decir: «Señor, aquí estoy; confío en ti y quiero escuchar tu Palabra». Abre los sentidos a la escena: escucha la pregunta del doctor de la Ley, contempla al hombre herido y mira al samaritano acercarse. No tengas prisa por interpretar. Permite que la Escritura te encuentre y vuelve sobre la frase que más toque tu corazón. Quédate ante ella con disponibilidad, como discípulo que desea escuchar y poner en práctica.
Este lunes corresponde al Tiempo Ordinario y utiliza el color blanco por la memoria de Santa María Faustina Kowalska, Virgen, o de San Tranquilino Ubiarco Robles, Mártir Mexicano. Lucas 10,25-37 presenta el mandamiento del amor y la parábola del buen samaritano. La liturgia coloca ante nosotros la misericordia como camino de vida: amar a Dios conduce a reconocer al herido, acercarse a él y hacerse prójimo mediante obras de compasión.
Yo soy el que se acerca a tus heridas cuando otros pasan de largo. No tengas miedo de mostrarme aquello que te duele ni de reconocer las heridas que encuentras en los demás. Quiero enseñarte a mirar con misericordia, acercarte con ternura y servir sin preguntar primero si alguien merece tu ayuda. Cuando te sientas herido, recuerda que yo permanezco cerca. Cuando encuentres a otro herido, deja que mi amor pase por tus manos.
Padre bueno, Señor del cielo y de la tierra, gracias porque me recibes con misericordia y me llamas a vivir como hermano. Jesús, reconozco que muchas veces veo necesidades y sigo de largo; otras veces tengo buenas razones, pero mi corazón permanece ocupado en mis propios asuntos. Espíritu Santo, abre mis ojos para reconocer al herido que has puesto cerca de mí y dame valentía para acercarme. Concédeme la gracia de escuchar a Jesús y dejar que su Palabra cuestione mis excusas. María, Madre de misericordia, acompáñame en esta oración y enséñame a guardar la Palabra en el corazón. Intercede por quienes sufren y por quienes han perdido la esperanza. Señor, recibe mi cansancio, mis límites y mis resistencias. Hazme disponible para amar con hechos y con ternura.
Evangelio según san Lucas 10, 25-37 En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?”. Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?”. El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás”. El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó cayó en manos de unos ladrones, los cuales le robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?”. El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”.
¿Qué dice el texto? Lucas presenta a un doctor de la Ley que pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna. Conoce el mandamiento del amor, pero busca delimitar quién merece ser considerado prójimo. Jesús responde mediante una parábola: un hombre herido queda al borde del camino; un sacerdote y un levita lo ven y pasan de largo; un samaritano se compadece, se acerca, cura sus heridas y se ocupa de él. El relato culmina con una pregunta invertida: el prójimo resulta ser quien actúa con misericordia. La enseñanza une amor a Dios, compasión, cercanía y acción. ¿Qué me dice a mí? Jesús puede estar preguntándote hoy a quién estás evitando mirar. Tal vez es un familiar enfermo que necesita paciencia, un hijo que busca atención cuando tú estás cansado, un compañero de trabajo que atraviesa una dificultad o una persona sola que aparece repetidamente en tu camino. Quizá el herido está dentro de tu propia casa. Puedes conocer muy bien lo que debes hacer y, sin embargo, pasar de largo porque tienes prisa, porque llevas demasiadas preocupaciones o porque piensas que alguien más debe resolverlo. Si estás casado, pregunta si tu manera de amar incluye detenerte ante el cansancio de tu esposo o esposa. Si eres joven, mira al compañero que queda fuera del grupo. Si eres mayor, quizá puedas convertir tu experiencia en compañía para alguien que necesita ser escuchado. Si estás enfermo, también puedes recibir misericordia sin sentir que eres una carga. Jesús no te pide resolver todos los problemas del mundo. Te pide reconocer al prójimo que hoy está delante de ti. La misericordia empieza cuando dejas de preguntar si esa persona merece tu ayuda y comienzas a preguntarte cómo puedes acercarte. El samaritano vio, se compadeció, se acercó y actuó. Haz hoy esos mismos pasos. Mira con atención. Permite que la compasión toque tu corazón. Acércate sin esperar condiciones perfectas. Y haz lo que esté a tu alcance. Quizá sea escuchar, llamar, visitar, perdonar, acompañar, compartir una comida o pedir ayuda para quien está herido. El amor cristiano tiene manos, tiempo y presencia.
Señor Jesús, reconozco que conozco muchas veces el mandamiento del amor, pero no siempre dejo que transforme mis decisiones. A veces me cuesta detenerme ante quien necesita ayuda porque llevo prisa, estoy cansado o temo involucrarme en problemas que no sé resolver. Te agradezco porque no te cansas de enseñarme y porque en el samaritano me muestras una misericordia que mira, se acerca y actúa. Te agradezco por las personas que alguna vez se detuvieron ante mis propias heridas. Te pido que abras mis ojos para reconocer al prójimo que hoy pones delante de mí. Dame un corazón compasivo, manos disponibles y sabiduría para ayudar sin humillar. Enséñame a servir dentro de mi familia, en mi trabajo, en mi comunidad y en los lugares donde encuentro personas heridas. Te ofrezco mis prisas, mis excusas, mis temores y mi comodidad. Te ofrezco también mis recursos, mi tiempo y mi capacidad de escuchar. Señor, hazme prójimo. Que cuando termine este día alguien pueda experimentar, a través de un gesto mío, que no está solo.
Imagínate en el camino entre Jerusalén y Jericó. El aire es cálido y el polvo se levanta bajo tus pies. Escuchas el silencio del camino y, a lo lejos, pasos que se acercan. Ves al hombre herido junto al sendero. Jesús te mira mientras contemplas la escena. Su mirada no acusa; te invita a acercarte. Sientes una mezcla de compasión y temor, porque sabes que detenerte cambiará tus planes. Quédate allí. Mira las heridas, escucha el silencio y deja que tu corazón responda. En silencio, abandona tus excusas y recibe el regalo de poder amar hoy.
Antes de que termine el día, identifica a una persona que necesite de ti una presencia sencilla. En casa, escucha sin interrumpir a quien llegue cansado o preocupado. En el trabajo, ofrece ayuda a alguien que esté sobrecargado. Si conoces a una persona enferma o sola, llámala o visítala según tus posibilidades. Si estás en oración, presenta ante Jesús el nombre de alguien que has evitado y pide la gracia de acercarte. No necesitas resolver toda su situación. Da un paso de misericordia. Al terminar, pregunta: ¿vi, me compadecí y me acerqué? Cierra el día diciendo: «Señor Jesús, recibe mi tiempo, mis manos y mi corazón. Hazme prójimo de quien encuentre hoy. Amén».
La parábola del buen samaritano nos enseña que el amor se reconoce cuando vemos, nos compadecemos y nos acercamos. Con confianza, presentemos al Padre nuestras necesidades y las de nuestros hermanos. Por quienes necesitan crecer en la fe, para que descubran en Cristo la fuente de una misericordia que se expresa en obras. Roguemos al Señor. Por las familias, para que sepan acompañar con paciencia a los enfermos, ancianos, niños y personas que atraviesan momentos de fragilidad. Roguemos al Señor. Por quienes viven enfermedad, duelo, abandono o soledad, para que encuentren personas dispuestas a acercarse y acompañarlos con ternura. Roguemos al Señor. Por quienes sufren pobreza, violencia, injusticia o exclusión, para que encuentren solidaridad y para que nuestra sociedad no pase de largo ante sus necesidades. Roguemos al Señor. Por quienes buscan discernir su vocación y por quienes sirven en la Iglesia, para que aprendan de Cristo a vivir con misericordia, disponibilidad y entrega. Roguemos al Señor.
Padre misericordioso, gracias por tu amor y por enseñarnos en Jesús el camino de la compasión. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén. María, Madre de misericordia, recibe nuestra vida y enséñanos a acercarnos a quienes sufren. Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Lucas sitúa este episodio durante el camino de Jesús hacia Jerusalén, dentro de una sección dedicada al discipulado. Un doctor de la Ley se acerca para ponerlo a prueba y formula una pregunta religiosa sobre la vida eterna. Jesús lo lleva al texto de la Ley y después responde a una segunda pregunta mediante una parábola. El relato refleja una sociedad marcada por diferencias religiosas y sociales entre judíos y samaritanos. El camino de Jerusalén a Jericó era conocido por sus peligros. En ese escenario, el hombre herido representa una necesidad que reclama una respuesta, mientras sacerdote y levita muestran cómo una persona puede ver el sufrimiento y continuar su camino. El verbo griego splagchnistheis, «compadecerse», expresa una conmoción interior que conduce a la acción. La misericordia bíblica no permanece en un sentimiento pasajero: mueve al samaritano a acercarse y cuidar. proselthōn, «acercándose», muestra que la compasión vence la distancia. El samaritano no contempla desde lejos; entra en contacto con la herida. epimeleomai, «cuidar», señala una atención perseverante que continúa después del primer gesto. La estructura del relato es progresiva: ver, compadecerse, acercarse, curar, transportar, cuidar y asumir gastos. Jesús termina preguntando quién se hizo prójimo, cambiando el planteamiento inicial. La cuestión ya no consiste en delimitar a quién debo amar, sino en decidir cómo amar a quien encuentro. San Agustín, al comentar la parábola del buen samaritano, la ha leído también en clave cristológica, reconociendo en el samaritano una figura de Cristo que se acerca al hombre herido y lo cuida. Esta lectura pertenece a la tradición patrística y puede acompañar la comprensión literal del relato, que llama al discípulo a practicar misericordia. Dei Verbum 25 enseña que la Iglesia exhorta a todos los fieles a acercarse asiduamente a la Sagrada Escritura, porque en ella escuchan a Cristo que les habla. La liturgia propone este Evangelio en una memoria dedicada a santa María Faustina Kowalska, cuya vida quedó asociada al testimonio de la misericordia de Dios. El texto permite contemplar que la misericordia recibida de Dios se convierte en misericordia ofrecida al hermano. Una situación actual aparece cuando una persona cercana atraviesa enfermedad, duelo, pobreza o soledad y nosotros tenemos razones legítimas para mantener distancia. En el matrimonio, este Evangelio puede invitar a detenerse ante el cansancio del cónyuge; en la vida consagrada, puede renovar la disponibilidad para acompañar a quien llega herido; en el trabajo, puede cuestionar la indiferencia ante quien carga con una dificultad. Francisco ha llamado repetidamente a una Iglesia capaz de acercarse a las periferias humanas y acompañar las fragilidades. El desafío contemporáneo es el activismo que deja poco espacio para mirar al otro. Lucas propone otro ritmo: detenerse, reconocer la herida y actuar según las posibilidades. El discípulo no está llamado a resolverlo todo, pero sí a no pasar de largo ante la persona que Dios coloca en su camino.