📅 19/10/2026
San Lucas 12,13-21
Puedes pasar años trabajando para asegurar el futuro, guardar recursos y procurar que nada falte en casa. Sin darte cuenta, quizá comienzas a medir tu tranquilidad por lo que tienes y olvidas a las personas que necesitan tu tiempo, tu escucha o tu ayuda. Jesús conoce esa preocupación y te recuerda que la vida vale mucho más que las posesiones. En Lucas 12,13-21, el hombre rico descubre demasiado tarde que sus graneros no pueden darle la vida. Lo que compartes por amor permanece ante Dios. Hoy, revisa qué lugar ocupan tus bienes en el corazón.
Busca un lugar tranquilo y adopta una postura serena. Deja descansar las manos y respira con calma. Por unos minutos, suelta las cuentas pendientes, las compras, los proyectos y las preocupaciones económicas. No necesitas negar tus responsabilidades; puedes ponerlas ante Dios con confianza. Dile en silencio: «Padre, enséñame a usar lo que tengo con sabiduría y generosidad». Lee el Evangelio lentamente. Imagina al hombre que contempla su cosecha y escucha la advertencia de Jesús. Pide al Espíritu Santo que ilumine tus deseos y te ayude a distinguir entre aquello que necesitas cuidar y aquello a lo que te has aferrado demasiado.
El verde del Tiempo Ordinario invita a crecer en una fe que transforme las decisiones diarias. Jesús responde a una disputa por una herencia con una advertencia contra la avaricia y una parábola sobre la fragilidad de la vida. Las memorias opcionales de san Pablo de la Cruz y de los santos Juan de Brébeuf, Isaac Jogues y compañeros mártires recuerdan distintas formas de entrega a Cristo. La Palabra de hoy cuestiona la seguridad basada en acumular y llama a ser ricos ante Dios mediante el amor y la generosidad.
Yo soy quien conoce tus preocupaciones y sabe cuánto deseas proteger a quienes amas. No te pido que descuides tus responsabilidades ni que vivas sin prudencia. Te invito a que tus bienes no ocupen el lugar que me corresponde en tu corazón. Usa lo que tienes para cuidar, alimentar, sostener y compartir. No midas tu valor por tus posesiones ni tu futuro únicamente por lo que logras guardar. Tu vida está en las manos del Padre. Ven a mí con tus temores y tus proyectos; te enseñaré a trabajar con responsabilidad, a compartir con alegría y a descansar en un amor que ninguna riqueza puede comprar.
Padre bueno, venimos ante ti con nuestras necesidades, nuestros proyectos y las preocupaciones que llevamos sobre el futuro. Tú sabes cuánto nos inquieta la economía, cuánto deseamos proteger a nuestra familia y cuánto nos cuesta soltar aquello que nos ofrece seguridad. Perdónanos cuando convertimos los bienes en nuestra principal preocupación o cuando olvidamos a quienes necesitan nuestra ayuda. Señor Jesús, ilumina nuestros deseos y enséñanos a reconocer qué es verdaderamente valioso. Espíritu Santo, danos prudencia para administrar lo recibido y generosidad para compartirlo. Que no vivamos dominados por el temor a perder, sino sostenidos por la confianza en el Padre. María, Madre nuestra, acompáñanos en este camino. Enséñanos a vivir con sencillez, a agradecer lo necesario y a permanecer atentos a los pobres. Que nuestras decisiones económicas, familiares y laborales reflejen el amor de Dios. Amén.
Evangelio según san Lucas 12, 13-21 En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?”. Y dirigiéndose a la mul titud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”. Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’. Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mis mo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. Palabra del Señor.
¿Qué dice el texto? Jesús responde a una disputa familiar por una herencia y advierte que la avaricia puede dominar el corazón. La parábola presenta a un hombre cuya cosecha abundante lo lleva a planear graneros mayores y una vida de descanso. Su error no consiste en trabajar ni en administrar sus bienes, sino en creer que la abundancia garantiza el futuro y basta para vivir. La muerte inesperada revela la fragilidad de sus planes. Jesús concluye invitando a ser ricos ante Dios. El relato contrapone la acumulación egoísta con una vida orientada hacia los bienes que permanecen. ¿Qué me dice a mí? Jesús conoce tus deseos de ofrecer seguridad a tu familia y de vivir con tranquilidad. Ahorrar, trabajar y planear son responsabilidades legítimas. La pregunta es qué lugar ocupan en tu corazón. Quizá llevas tanto tiempo pensando en las cuentas, las deudas o el futuro que ya casi no disfrutas a quienes tienes cerca. Tal vez has aplazado una reconciliación, una visita o un gesto de ayuda porque esperas tener más tiempo o recursos. El hombre de la parábola habla consigo mismo y organiza su futuro sin mencionar a nadie más. Pregúntate si alguna vez has pensado únicamente en tus propios planes, olvidando las necesidades de quienes te rodean. En casa, puedes compartir una comida y escuchar con paciencia. En el trabajo, puedes actuar con justicia y reconocer el esfuerzo de otros. Si tienes recursos, considera cómo ayudar a una persona que atraviesa necesidad. Si dispones de poco, también puedes ofrecer tiempo, compañía y capacidades. Jesús no te pide irresponsabilidad ni desprecio por los bienes. Te invita a administrarlos sin convertirlos en la medida de tu valor. La vida no está bajo tu control absoluto, pero puedes decidir cómo amar hoy. Pregúntate: ¿qué estoy acumulando por miedo?, ¿qué bien puedo compartir?, ¿a quién he dejado esperando mientras persigo mis objetivos? La riqueza que vale ante Dios crece cuando tus decisiones se orientan al amor, la justicia y la generosidad. Empieza con un gesto posible y agradece lo que hoy has recibido.
Señor Jesús, reconozco que muchas veces busco seguridad en lo que puedo guardar, comprar o controlar. Me preocupa el futuro y quiero proteger a las personas que amo, pero a veces esas preocupaciones ocupan tanto espacio que me olvido de vivir con gratitud y de atender a quienes tengo cerca. Perdóname cuando pienso únicamente en mis intereses o cuando aplazo la generosidad esperando tener más. Te agradezco por el trabajo, el alimento, el hogar y las personas que acompañan mi camino. Gracias por enseñarme que mi vida tiene un valor que no depende de mis posesiones. Ayúdame a reconocer los dones que he recibido y a administrarlos con responsabilidad. Te pido sabiduría para tomar decisiones económicas prudentes, libertad frente a la avaricia y sensibilidad ante las necesidades de los demás. Enséñame a compartir sin humillar, a ahorrar sin vivir dominado por el miedo y a disfrutar de lo recibido sin olvidar a quien carece de lo necesario. Te ofrezco mis planes, mis preocupaciones y mis bienes. Que hoy pueda hacer el bien sin aplazarlo y vivir agradecido ante el Padre.
Imagínate en el campo donde el hombre contempla su cosecha. El aire está tibio y escuchas el movimiento de los trabajadores que terminan sus labores. Ves los graneros llenos y al hombre calculando cuánto más puede guardar. Jesús se acerca y dirige su mirada hacia ti. No hay desprecio en sus ojos, sino una invitación a reconocer lo esencial. Sientes quizá inquietud al recordar tus propias preocupaciones y, al mismo tiempo, alivio al saber que puedes cambiar. Permanece en silencio ante Él. Suelta por un instante tus cálculos y recibe la libertad de vivir agradecido y compartir.
Hoy revisa una decisión relacionada con tus bienes, tu tiempo o tus prioridades. Pregúntate si estás cuidando responsablemente lo que tienes o si el temor a perder te impide compartir. Elige una acción sencilla antes de terminar el día. En tu familia, dedica tiempo a escuchar a alguien sin distraerte con el teléfono o las preocupaciones del trabajo. Si puedes, comparte alimento o una ayuda económica con una persona que lo necesite. Si tus recursos son limitados, ofrece compañía, una habilidad o apoyo en una tarea. En el trabajo, actúa con justicia y evita aprovecharte de otros para obtener una ventaja. Agradece también lo que recibes cada día, sin compararte con quienes poseen más. Al final de la jornada, pregunta al Señor cómo puedes administrar mejor tus dones. No necesitas resolver todas las necesidades, pero puedes responder a una. Padre, enséñame a ser generoso y a vivir agradecido.
Jesús nos advierte que la vida no depende de la abundancia de los bienes y nos invita a ser ricos ante Dios. Presentemos nuestras necesidades al Padre y pidámosle un corazón libre, agradecido y generoso. 1. Por la Iglesia, para que anuncie con claridad el valor de la persona por encima de las riquezas y acompañe a quienes viven en pobreza. Roguemos al Señor. 2. Por las familias que enfrentan disputas por herencias, deudas o bienes materiales, para que encuentren caminos de justicia, diálogo y reconciliación. Roguemos al Señor. 3. Por quienes padecen hambre, carecen de vivienda o no encuentran trabajo digno, para que reciban ayuda solidaria y oportunidades que les permitan vivir con dignidad. Roguemos al Señor. 4. Por quienes administran empresas, bienes públicos y recursos familiares, para que actúen con honestidad, responsabilidad y consideración hacia las necesidades de los demás. Roguemos al Señor. 5. Por nosotros, para que aprendamos a agradecer lo recibido, a desprendernos de la avaricia y a compartir nuestros dones con alegría y sencillez. Roguemos al Señor.
Padre amado, gracias por el alimento, el trabajo y los bienes que sostienen nuestra vida. Enséñanos a recibirlos con gratitud y a compartirlos con quienes padecen necesidad. Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. María, Madre nuestra, ayúdanos a vivir con sencillez y a confiar en la providencia del Padre. Enséñanos a poner nuestros dones al servicio de los demás. Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Lucas 12,13-21 se encuentra en una sección del Evangelio donde Jesús instruye a sus discípulos y a la multitud sobre la fidelidad, la confianza y las decisiones que orientan la vida. Un hombre le pide intervenir en una disputa por una herencia, asunto importante en una sociedad donde la tierra y los bienes familiares garantizaban la subsistencia y la posición social. Jesús no acepta quedar reducido al papel de árbitro de una reclamación particular, sino que aprovecha la petición para advertir sobre la avaricia. La parábola presenta a un propietario cuya cosecha abundante lo lleva a planear la ampliación de sus graneros. Su error no consiste en producir ni en organizar sus recursos, sino en imaginar un futuro asegurado por sus posesiones, sin considerar su fragilidad ni su responsabilidad hacia los demás. La pregunta final revela que los bienes acumulados no pueden garantizar la vida. La expresión griega pleonexía significa avaricia o deseo insaciable de poseer más. Jesús advierte que esta actitud puede apoderarse del corazón y hacer que la persona considere los bienes como fuente última de seguridad. La palabra psychḗ, traducida en este contexto como vida, recuerda que la existencia humana no puede medirse por la cantidad de posesiones. La tercera expresión, ploutôn eis Theón, significa ser rico ante Dios. Esta riqueza no consiste en acumular méritos como si fueran objetos, sino en orientar la vida hacia Dios mediante la justicia, la misericordia y la generosidad. El contraste es decisivo: el hombre de la parábola habla de «mi cosecha», «mis graneros» y «mis bienes», encerrado en su propio horizonte. Jesús invita a reconocer que los dones recibidos también implican responsabilidad hacia el prójimo. San Ambrosio, al comentar las enseñanzas evangélicas sobre la riqueza y el uso de los bienes, insiste en la responsabilidad moral de quien posee recursos frente a quienes padecen necesidad. Esta perspectiva ayuda a comprender que la parábola no condena el trabajo ni la previsión, sino el egoísmo que excluye a los demás. El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes 69, enseña que los bienes de la tierra están destinados a todos y que las personas deben atender las necesidades ajenas. Esta enseñanza ilumina la llamada de Jesús a no convertir la acumulación en el propósito principal de la existencia. Durante el Tiempo Ordinario, el Evangelio forma una conciencia capaz de integrar la responsabilidad económica con la solidaridad. Las memorias opcionales de san Pablo de la Cruz y de los santos Juan de Brébeuf, Isaac Jogues y compañeros mártires ofrecen testimonios de vidas entregadas a Cristo, aunque desde vocaciones y circunstancias diferentes. Esta Palabra interpela tanto a quien administra un hogar con recursos limitados como a quien dispone de abundancia. Una familia puede necesitar ahorrar para afrontar una enfermedad o pagar la educación de sus hijos; esa previsión es legítima cuando no se convierte en una obsesión que destruye los vínculos. Un empresario, por su parte, está llamado a considerar la dignidad de sus trabajadores y el bien de la comunidad. En Evangelii gaudium 202, el papa Francisco recuerda la necesidad de atender las causas estructurales de la pobreza. La conversión personal incluye revisar cómo se obtiene, administra y comparte el dinero. Ser rico ante Dios significa trabajar responsablemente, agradecer lo recibido y responder con generosidad a las necesidades que están a nuestro alcance.