📅 17/11/2025
Lucas 18, 35-43
Jesús se acerca al grito de un ciego para mostrarte que en tus noches interiores Él está atento y compasivo. Si sientes miedo al futuro, cansancio del camino o dudas de fe, este momento de oración es descanso, luz y fuerza para tu corazón.
Antes de comenzar esta Lectio, adopta una postura cómoda, apoya bien los pies en el suelo y respira lenta y profundamente varias veces. Con cada respiración deja ir tensiones y preocupaciones. Dios ya está aquí, más cerca que tu propio aliento, mirándote con ternura silenciosa. No necesitas demostrar nada: ven como estás, con tu fe y tus dudas, dejando que mente, sentidos y corazón se dispongan a escuchar y acoger su Palabra.
Un ciego que grita desde su noche interior y encuentra en Jesús escucha, ternura, luz y camino nuevo.
Yo soy la Luz que se detiene ante tu grito escondido. Yo escucho aun cuando todos te mandan callar y parecen pasar de largo. No temas abrirme tu pobreza: si confías en mí, haré de tu oscuridad un lugar de encuentro y de visión nueva. Como recuerda la beata Concepción Cabrera de Armida: «Yo Soy el que soy», y en esa certeza puedes descansar y abandonarte sin miedo.
Padre bueno, en tu nombre, junto con Jesús tu Hijo y en la fuerza del Espíritu Santo, me presento hoy ante ti. Reconozco mi fragilidad, mis miedos, mis cegueras interiores y tantas zonas de mi vida donde no alcanzo a ver con claridad. Te pido la gracia de un encuentro vivo con tu Hijo, que me pregunte también: ¿Qué quieres que haga por ti? y despierte en mí una fe sencilla y confiada. Por manos de María, Madre atenta a nuestras necesidades, te entrego esta oración: que ella me enseñe a mirar a Jesús y a decirle un sí total y disponible.
Cuando se acercaba a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntó de qué se trataba. Cuando le informaron que pasaba Jesús el Nazoreo, empezó a decir a gritos: «¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» Los que iban delante le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!» Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando se acercó, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él dijo: «¡Señor, quiero ver!». Jesús le dijo: «Recobra la vista. Tu fe te ha salvado.» Al instante recobró la vista y le seguía alabando a Dios. El resto de la gente, al verlo, alabó también a Dios.
El relato se sitúa cuando Jesús sube decididamente a Jerusalén y, al acercarse a Jericó, encuentra a un ciego marginado, sentado junto al camino. El ciego vive de pedir limosna y depende totalmente de los demás que pasan cerca. Al escuchar que pasa «Jesús el Nazoreo», grita con un título mesiánico: «Hijo de David». La multitud intenta silenciarlo, pero él persevera con más fuerza interior. Jesús se detiene, manda traerlo y le dirige una pregunta decisiva: «¿Qué quieres que haga por ti?». Al pedir ver, recibe doble don: la vista corporal y la salvación que brota de la fe humilde. Hoy tú también estás sentado en algún tramo del camino, con zonas de sombra que quizá has aprendido a disimular. Tal vez tu ceguera sea el miedo al futuro, heridas no sanadas, un pecado que te avergüenza o la sensación de no saber hacia dónde va tu vida. Si eres padre, madre, consagrado, joven o anciano, conoces cansancios concretos y gritos que casi nunca expresas. Jesús pasa realmente por tu historia y te invita a no quedarte callado, a gritar desde dentro: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí». En tu familia, en el trabajo, en tu comunidad y en tu vocación concreta, Él te pregunta con delicadeza: «¿Qué quieres que haga por ti?». No tengas miedo de formular tu súplica concreta, aunque parezca pequeña o repetida. Tu fe no consiste en tener todo claro, sino en atreverte a confiar en medio de la oscuridad diaria. Si hoy decides poner tu pobreza en manos de Jesús, también tú podrás levantarte, seguirle y alabar a Dios en medio de la gente, siendo un testigo sencillo de su misericordia fiel. Deja que su pregunta resuene el día y responde con sinceridad, sin máscaras, como un niño.
Señor Jesús, hoy me pongo ante ti como ese ciego del camino, con mis miedos, mis cansancios y mis oscuridades. A veces me cuesta reconocer lo que realmente necesito y me escondo detrás de ocupaciones, excusas o apariencias. Te agradezco porque te detienes ante mi pobre oración, me escuchas cuando grito desde dentro y no te dejas condicionar por las voces que quieren silenciarme. Te pido que me regales una fe humilde y perseverante, capaz de insistir aun cuando no vea resultados inmediatos. Te suplico, Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí: entra en mi historia concreta, toca las áreas donde estoy ciego, sana mis heridas más profundas. Te ofrezco mi vida tal como está, mis relaciones, mi trabajo, mis proyectos, para seguirte alabando al Padre en medio de la gente. Que cada paso hoy sea respuesta agradecida a tu amor. Dame también, Señor, corazón sensible para escuchar el clamor de tantos hermanos que sufren en silencio y acercarlos a tu misericordia sin miedo.
Imagínate sentado junto al camino de tu propia vida, sintiendo el polvo, el ruido de la gente que pasa y tu cansancio antiguo. Ve a Jesús acercarse entre la multitud y percibe cómo se detiene precisamente delante de ti. Escucha su voz suave preguntándote: «¿Qué quieres que haga por ti?». Siente el roce de su mano sobre tus ojos, el latido sereno de su corazón junto al tuyo, su mirada compasiva y firme. Deja que su amor despeje tus miedos, abra tus ojos y, en silencio orante, recibe el don de confiar totalmente, sin reservas ni condiciones, siempre y gozosamente.
Gesto personal: hoy repetirás muchas veces, en voz baja o en el corazón, la oración del ciego: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí», especialmente cuando sientas cansancio o incertidumbre. Actitud familiar: en casa, procura escuchar con más paciencia a quien suele ser ignorado, dejando el celular a un lado para mirar a los tuyos a los ojos. Intención comunitaria: ofrece un pequeño sacrificio por quienes viven una oscuridad especial: enfermos, deprimidos, migrantes, personas sin trabajo, para que experimenten la cercanía de Jesús. Examen nocturno: al terminar el día pregúntate con sinceridad: ¿en qué momento me sentí más ciego y cómo dejé que Jesús se acercara y me mirara con compasión? Anota en pocas líneas ese momento y transforma tus conclusiones en una breve acción de gracias antes de dormir.
Por la Iglesia, para que, aun cuando no comprenda plenamente los caminos de la cruz, permanezca fiel a Cristo y acompañe con cercanía a los que sufren. Roguemos al Señor. Por quienes tienen responsabilidades en la sociedad, para que no se avergüencen del Evangelio y busquen siempre el bien de los más pequeños y frágiles. Roguemos al Señor. Por los que viven pruebas, enfermedades o incomprensiones, y sienten que Dios guarda silencio, para que descubran en Jesús al Siervo que entrega su vida por ellos. Roguemos al Señor. Por nuestra comunidad, para que aprenda a escuchar el anuncio de la pasión y resurrección, acogiendo con fe los acontecimientos diarios y ofreciendo consuelo a quienes caminan en la oscuridad. Roguemos al Señor.
Gracias, Señor Jesús, porque hoy has pasado de nuevo por mi camino y has escuchado mi grito profundo. Te doy gracias por la luz que comienzas a encender en mis ojos y en mi corazón. Quiero renovar contigo la oración del Padrenuestro, confiando en que el Padre sabe lo que necesito antes de pedirlo. Me consagro, junto con todo lo que soy, al Corazón Inmaculado de María; que ella me tome de la mano y me lleve siempre hacia ti. Al recordar el Avemaría, descanso en su ternura de Madre y me abandono confiadamente en tu voluntad de amor. Que toda mi vida sea un sencillo sí, ofrecido día a día, para gloria de la Trinidad.
Contexto histórico-literario. El episodio del ciego de Jericó se inserta en la sección del viaje de Jesús hacia Jerusalén en Lucas, donde el Maestro camina hacia su Pascua educando a los discípulos en el verdadero seguimiento. El género es un relato de milagro de curación, pero también una vocación: quien recibe la vista termina siguiendo a Jesús y alabando a Dios. La escena ocurre a la entrada de Jericó, ciudad de frontera y de paso, evocando el tránsito del desierto a la tierra prometida. El ciego, sentado junto al camino y viviendo de limosna, simboliza a un pueblo incapaz de reconocer plenamente la visita de Dios, pero todavía capaz de gritar y abrirse a la fe. Lucas escribe para comunidades mayoritariamente paganas, subrayando la misericordia de Jesús y la universalidad de la salvación. Exégesis lingüística y simbólica. El título «Hijo de David» expresa la esperanza mesiánica de un descendiente de David que traería salvación. Paradójicamente, el ciego reconoce esta identidad mejor que la multitud vidente. El verbo «gritar» indica clamor insistente de pobre; su súplica es un Kyrie eleison hecho carne. La pregunta de Jesús «¿Qué quieres que haga por ti?» manifiesta un Mesías respetuoso de la libertad, que no impone, sino que suscita deseo. «Recobra la vista. Tu fe te ha salvado» une curación física y salvación integral. Pasar de estar «junto al camino» a «seguirle alabando a Dios» expresa el paso de la marginalidad a la comunión discipular y litúrgica. El signo culmina en alabanza comunitaria: el milagro se vuelve catequesis silenciosa para todos. Interpretación patrística y magisterial. Padres como san Agustín vieron en el ciego a la humanidad que, colocada al borde del camino, oye hablar de Cristo y clama por la gracia, mientras la multitud representa distracciones, miedos y resistencias interiores. La tradición ha leído los milagros como signos del Reino, orientados a suscitar fe y conversión más que curiosidad por lo prodigioso; así los presenta también la enseñanza catequética contemporánea. Dei Verbum recuerda que la Escritura debe leerse en el mismo Espíritu en que fue escrita, dentro de la Tradición viva de la Iglesia y alimentando la vida espiritual de los fieles (DV 10-12, 21-25). Vatican Verbum Domini propone explícitamente la lectio divina como camino privilegiado para que la Palabra abra a los fieles los tesoros de Dios y provoque un encuentro con Cristo, Palabra viva. La Pontificia Comisión Bíblica, en La interpretación de la Biblia en la Iglesia, insiste en que la lectura católica integra métodos históricos con una auténtica lectura espiritual, evitando tanto el fundamentalismo como el reduccionismo psicológico o puramente sociológico. Aplicación pastoral contemporánea. Hoy muchas personas viven cegueras: saturación de pantallas, heridas afectivas, soledad, pérdida de sentido. El ciego de Jericó enseña a la Iglesia a ser espacio donde el grito de los pequeños no se silencie, sino que sea acompañado hasta Jesús. Pastoralmente, el texto llama a padres, consagrados, jóvenes y ancianos a reconocer su indigencia y a cultivar una oración confiada y humilde. Invita a acompañar procesos de sanación interior integrando escucha, sacramentos y Palabra, en línea con la llamada constante del magisterio a unir contemplación y caridad. En contextos de pobreza, migración o violencia, la escena revela un Cristo que se detiene, escucha el clamor y devuelve dignidad, mientras la comunidad, al verlo, alaba a Dios y se compromete en gestos de misericordia y justicia. Así, el texto no solo informa sobre un milagro pasado, sino que configura la mirada creyente y el estilo de servicio de las comunidades cristianas de hoy.