📅 16/11/2025
Lucas 21, 5-19
Jesús anuncia que nada quedará piedra sobre piedra, que en tus miedos al futuro y en las crisis del mundo, Él está sosteniendo tu historia desde dentro. Si sientes ansiedad, inseguridad o cansancio espiritual, este momento de oración es refugio, lucidez y nuevo coraje para tu corazón.
Antes de escuchar este Evangelio, coloca tu cuerpo de manera cómoda, espalda recta, pies bien apoyados y respira profundamente tres veces, soltando al exhalar tus temores y distracciones. Dios está aquí, presente y cercano, mirándote con infinita ternura. No necesitas fingir nada; ven como estás, herido o cansado, y deja que tus sentidos, tu mente y tu corazón se aquieten lentamente ante Él, abiertos a su voz que consuela hoy.
Jesús sostiene tu fe en medio de crisis, pérdidas y confusión, prometiendo salvación a quien persevera confiado.
Yo soy tu firmeza cuando todo a tu alrededor se agrieta y se derrumba. No temas los temblores de la historia ni las tormentas de tu propia vida; apóyate en Mí. Yo guardaré cada cabello de tu cabeza y, en la prueba, haré de tu fidelidad un camino seguro hacia mi corazón.
Padre, Hijo y Espíritu Santo, entro en vuestra presencia en este día con un corazón frágil. Reconozco que me impresionan demasiado las noticias, los conflictos, las pérdidas y los cambios de mi vida, y a veces olvido que todo está en tus manos. Necesito tu luz para no quedarme solo mirando ruinas, tu fuerza para perseverar, tu paz para confiar en medio de la incertidumbre. Concédeme en esta Lectio encontrar a Jesús vivo, que me habla en este Evangelio y sostiene mi historia. Madre María, mujer fiel al pie de la cruz, acompáñame, enséñame a escuchar, guardar y confiar como tú.
Como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: 6 «De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra, ni una que no sea derruida.» 7 Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? ¿Cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?» Señales precursoras. 8 Jesús respondió: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘El tiempo está cerca’. No les sigáis. 9 Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis. Es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» 10 Y añadió: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino; 11 habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares; se verán cosas espantosas y grandes señales del cielo. 12 «Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán; os entregarán a las autoridades de las sinagogas y os meterán en cárceles; y os conducirán ante reyes y gobernadores por mi nombre. 13 Esto os sucederá para que deis testimonio. 14 Pero no os propongáis preparar vuestra defensa, 15 porque yo* os comunicaré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. 16 Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros. 17 Todos os odiarán por causa de mi nombre, 18 pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. 19 Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas.
Este pasaje pertenece al gran discurso de Jesús sobre la ruina de Jerusalén y el fin, mientras enseña en el Templo pocos días antes de su pasión. Algunos admiran la belleza del santuario, pero Jesús anuncia que no quedará piedra sobre piedra. Usa un lenguaje apocalíptico, típico de tiempos de crisis, para revelar que la historia no está fuera de las manos de Dios. Guerras, terremotos y persecuciones no son el final, sino ocasión de dar testimonio perseverando en la fe confiada. Al recordar que ni un cabello de la cabeza perecerá, promete una protección que supera la seguridad externa. Jesús te encuentra hoy quizá admirando templos de piedra modernos: cuentas bancarias, proyectos, tecnología, reconocimiento. No desprecia nada de eso, pero te recuerda que todo puede cambiar de un día para otro. En tu vida has experimentado temblores: enfermedades, pérdidas, separaciones, cambios inesperados. Este Evangelio no busca asustarte, sino despertar tu confianza. Cuando sientes que el suelo se mueve, Él te dice: “No os aterréis”. Tu historia no está a merced del caos, sino sostenida por su cruz. Tal vez te da miedo el futuro de tus hijos, la situación del país, la vejez que se acerca. Tal vez sufriste incomprensiones por ser creyente en tu familia o trabajo. Hoy Jesús te asegura que cada persecución puede volverse ocasión de testimonio humilde. Él te promete una palabra y sabiduría interior que nadie podrá arrebatarte. Pregúntate con sinceridad dónde apoyas tu seguridad: ¿en estructuras que se derrumban o en la fidelidad del Señor? Él no te promete ausencia de pruebas, pero sí una presencia fiel que cuida incluso los cabellos de tu cabeza y te sostiene para perseverar hasta el final. Así, paso a paso, tu fe se vuelve firme.
Señor, al escuchar estas palabras descubro cuánto me impresionan las ruinas y los cambios de este mundo. A veces me cuesta creer que tú sigues siendo roca firme cuando todo se tambalea, y dejo que el miedo y la queja gobiernen mi mirada. Te agradezco porque hoy me recuerdas que ni un cabello de mi cabeza está fuera de tu cuidado, que nada de lo que vivo se pierde en el vacío. Te pido que fortalezcas mi fe para no dejarme engañar por falsos salvadores, ni paralizar por las noticias, ni ceder ante la presión de quienes se burlan de mi confianza en ti. Te ofrezco mi futuro, el de mi familia, mi país y mi Iglesia; toma también mis inseguridades y temores. Enséñame a dar testimonio sereno en medio de las pruebas, y a perseverar contigo hasta el final. Que mi corazón, aun temblando, permanezca anclado en tu cruz, y que mi boca pronuncie palabras de esperanza para los demás.
Imagínate en el atrio del Templo de Jerusalén, mirando fascinado las piedras enormes y las ofrendas brillantes. Ve a Jesús a tu lado, contemplando en silencio la misma escena. Escucha cómo, con voz serena, anuncia que un día no quedará piedra sobre piedra. Siente el desconcierto en tu pecho, el temor a perder seguridades. Deja que su mirada se pose en ti y te diga: “No tengas miedo, yo permanezco contigo”. Permite que su amor te envuelva como un muro invisible y firme; en silencio, recibe la paz de saberte sostenido por Él, aun cuando todo alrededor parezca derrumbarse también.
Hoy elegiré una situación de inseguridad o miedo, y la presentaré conscientemente al Señor en un breve momento de oración, repitiendo con calma: “Con tu perseverancia salvarás mi vida”. Actitud familiar: En casa procuraré no contagiar pesimismo; en lugar de quejarme, compartiré una palabra de confianza en Dios cuando hablemos de problemas o noticias preocupantes. Intención comunitaria: Buscaré acompañar, con un mensaje o visita, a alguien que esté viviendo una crisis, recordándole que no está solo y ofreciéndome a orar por él. Examen nocturno: Al terminar el día me preguntaré: “¿Dónde apoyé hoy mi seguridad: en Cristo o en mis propias seguridades y temores?” Y le contaré al Señor, con sencillez, los momentos en que sentí temblar mi confianza, pidiéndole aprender a perseverar.
Por la Iglesia, para que, aun cuando vea cuestionadas sus estructuras y seguridades humanas, permanezca firme en la confianza en Cristo muerto y resucitado, anunciando con sencillez la esperanza del Evangelio. Roguemos al Señor. Por los pastores y consagrados, para que no se desanimen ante críticas o persecuciones, y vivan como testigos perseverantes de la fidelidad de Dios, sosteniendo al pueblo en tiempos de confusión. Roguemos al Señor. Por quienes viven guerras, violencia, crisis económicas, catástrofes naturales o profundas rupturas familiares, para que encuentren hermanos que los acompañen y descubran, en medio de las ruinas, la cercanía de Dios que no abandona. Roguemos al Señor. Por nuestra comunidad, para que no ponga su seguridad en obras, números o prestigio, sino en la Palabra del Señor, aprendiendo a leer los signos de los tiempos desde la oración confiada y el servicio humilde. Roguemos al Señor.
Jesús amado, gracias porque en este Evangelio me recuerdas que nada escapa a tu mirada y que mi vida está segura en tus manos, aun en medio de crisis y cambios. Te doy gracias por las pruebas que han hecho crecer mi fe y por las personas que me han sostenido en ellas. Unido a tantos hermanos quiero rezar ahora el Padrenuestro, entregando al Padre mi historia y mi futuro. Madre María, te consagro mi corazón y el de mi familia; cúbrenos con tu manto en cada prueba y enséñanos a permanecer junto a Jesús. Contigo rezo confiado el Avemaría, seguro de tu ternura maternal.
Contexto histórico-literario Lucas sitúa este discurso en los días finales de Jesús, cuando enseña en el Templo y se enfrenta a las autoridades religiosas. El esplendor del edificio, orgullo religioso y nacional, contrasta con el anuncio de su ruina. Nos hallamos dentro del llamado discurso escatológico, donde se entrelazan la destrucción de Jerusalén y la perspectiva del fin. El género es apocalíptico-discursivo: usa imágenes fuertes para revelar el sentido profundo de la historia y llamar a la vigilancia, no para alimentar curiosidades cronológicas. La comunidad lucana, pequeña y probada, necesitaba saber que guerras, persecuciones y crisis no significan ausencia de Dios, sino tiempo de testimonio perseverante. Exégesis lingüística y simbólica El comentario sobre el Templo “adornado de bellas piedras y ofrendas votivas” muestra la tentación de absolutizar lo sagrado visible. La frase “no quedará piedra sobre piedra” revela el carácter relativo de toda obra humana. El mandato “no os dejéis engañar” advierte contra falsos mesías y lecturas catastrofistas. El verbo “atemorizarse” alude al miedo que paraliza la confianza. La promesa de que “no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza” evoca la Providencia amorosa de Dios (cf. Lc 12,7). “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras vidas” subraya que la salvación pasa por una fidelidad activa, sostenida por la gracia, no por evasión de la historia (CIC 162; 1808). Interpretación patrística y magisterial Los Padres de la Iglesia vieron en el Templo una imagen de las seguridades terrenas y, a la vez, figura de Cristo y de la Iglesia. San Agustín distingue entre los bienes que pasan y el Bien que permanece, invitando a no apoyarse en lo que se derrumba sino en Dios. San Gregorio Magno lee las persecuciones como ocasión para una caridad probada. El Concilio Vaticano II enseña en Dei Verbum que, para interpretar la Escritura, hay que atender a los géneros literarios y al contexto, dentro de la Tradición viva y la analogía de la fe (DV 12). La Pontificia Comisión Bíblica recuerda que la exégesis auténtica une rigor histórico y escucha espiritual de la Palabra en la Iglesia. Aplicación pastoral contemporánea Hoy este pasaje ilumina un mundo que contempla sus templos: mercados financieros, ciencia, tecnologías, identidades políticas. Muchos sienten que “no quedará piedra sobre piedra”: crisis económicas, guerras, pandemias, cambios culturales acelerados. El texto invita a leer la historia sin ingenuidad ni desesperación. Para matrimonios y familias significa sostenerse en la fe cuando la seguridad material flaquea. Para jóvenes, confiar en Cristo mientras se derrumban proyectos o relaciones. Para consagrados y agentes pastorales, perseverar cuando la Iglesia es cuestionada o ridiculizada. El Catecismo habla de la “batalla de la oración” como lucha de amor perseverante. Evangelii Gaudium recuerda que el cristiano está llamado a vivir el tiempo como proceso, confiando en que Dios conduce la historia hacia su plenitud en Cristo, más allá de crisis y fracasos aparentes (EG 222-225). Así, la verdadera vigilancia consiste en permanecer en la confianza filial, discerniendo, sirviendo y dando testimonio humilde en medio de un mundo sacudido.