📅 28/01/2026
Marcos 4, 1-20
Jesús siembra su Palabra en el corazón humano y, aun en la fragilidad cotidiana, Él permanece fiel. Si sientes distracción, cansancio interior o dudas en la oración, este momento de oración es descanso confiado, esperanza que brota y fuerza serena para volver a escuchar con el corazón abierto y humilde.
Antes de comenzar esta oración, busca una postura sencilla y estable, con la espalda erguida y los pies apoyados. Respira lento y profundo, dejando que el aire aquiete tus pensamientos. Dios está aquí, cercano y atento, mirándote con ternura. No necesitas demostrar nada ni esconder tus límites. Ven tal como estás, con tu historia y tus silencios. Dispón tus sentidos, tu mente y tu corazón para escuchar una Palabra viva que desea descansar en ti y darte paz.
La Palabra cae en la tierra del corazón y revela deseos, resistencias, anhelos profundos y caminos de confianza renovada.
Yo soy la Semilla viva que desciende a tu interior; no temas tu pobreza, en mi paciencia hago germinar vida, paz y esperanza duradera.
Padre bueno, fuente de toda vida, hoy me acerco a Ti con hambre de escuchar. Jesús, Palabra eterna sembrada en mi historia, reconozco que mi corazón muchas veces se dispersa y se cansa. Espíritu Santo, aliento suave, prepara mi interior para este encuentro. Necesito tu gracia para acoger lo que Tú quieras decirme hoy. Dame un corazón dócil, silencio interior y confianza filial para permanecer contigo. María, Madre atenta y creyente, enséñame a guardar la Palabra y a dejarla crecer en mí. Llévame de la mano hacia tu Hijo, para que esta oración transforme mi vida.
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago, y se reunió una muchedumbre tan grande, que Jesús tuvo que subir en una barca; ahí se sentó, mientras la gente estaba en tierra, junto a la orilla. Les estuvo enseñando muchas cosas con parábolas y les decía: “Escuchen. Salió el sembrador a sembrar. Cuando iba sembrando, unos granos cayeron en la vereda; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, donde apenas había tierra; como la tierra no era profunda, las plantas brotaron enseguida; pero cuando salió el sol, se quemaron, y por falta de raíz, se secaron. Otros granos cayeron entre espinas; las espinas crecieron, ahogaron las plantas y no las dejaron madurar. Finalmente, los otros granos cayeron en tierra buena; las plantas fueron brotando y creciendo y produjeron el treinta, el sesenta o el ciento por uno”. Y añadió Jesús: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Cuando se quedaron solos, sus acompañantes y los Doce le preguntaron qué quería decir la parábola. Entonces Jesús les dijo: “A ustedes se les ha confiado el secreto del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera, todo les queda oscuro; así, por más que miren, no verán; por más que oigan, no entenderán; a menos que se arrepientan y sean perdonados ”. Y les dijo a continuación: “Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a comprender todas las demás? ‘El sembrador’ siembra la palabra. ‘Los granos de la vereda’ son aquellos en quienes se siembra la palabra, pero cuando la acaban de escuchar, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. ‘Los que reciben la semilla en terreno pedregoso’, son los que, al escuchar la palabra, de momento la reciben con alegría; pero no tienen raíces, son inconstantes, y en cuanto surge un problema o una contrariedad por causa de la palabra, se dan por vencidos. ‘Los que reciben la semilla entre espinas’ son los que escuchan la palabra; pero por las preocupaciones de esta vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás, que los invade, ahogan la palabra y la hacen estéril. Por fin, ‘los que reciben la semilla en tierra buena’ son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno”.
Marcos presenta una parábola dirigida a una multitud, usando imágenes agrícolas familiares. La semilla representa la Palabra de Dios, siempre fecunda; los suelos describen diversas disposiciones interiores. El género parabólico no explica todo, invita a una escucha activa. El “escuchad” inicial subraya la centralidad de la acogida. La tierra buena no se define por perfección sino por apertura perseverante. La explicación privada a los discípulos revela que el Reino es don recibido en intimidad. La referencia a Isaías recuerda que la incomprensión no es castigo, sino resistencia humana ante la gracia ofrecida pacientemente por Dios. Tú también eres uno de esos terrenos donde la Palabra cae cada día. A veces tu corazón está cansado, distraído o endurecido por experiencias no resueltas. Otras veces recibes la Palabra con entusiasmo, pero te desanimas cuando aparecen dificultades, silencios o pruebas. Jesús no te acusa; te describe con verdad y ternura. Él sigue sembrando, aun cuando tú dudas de tu capacidad de acoger. En tu vida familiar, laboral o espiritual, hay voces que compiten con la Palabra: preocupaciones, miedos, expectativas ajenas. Todo eso puede ahogar lo que Dios quiere hacer en ti. Sin embargo, también hay tierra buena en tu interior, incluso si no siempre la reconoces. Esa tierra es tu deseo sincero de confiar, tu búsqueda humilde, tu oración sencilla. Hoy Jesús te invita a no huir de tu realidad, sino a presentarla tal como es. Él no espera resultados inmediatos, espera tu disponibilidad. Cuando vuelves a escuchar, aun con fragilidad, algo empieza a germinar. El fruto no depende de tu esfuerzo, sino de tu permanencia. Confía: la Palabra está obrando en silencio, más allá de lo que percibes hoy.
Señor Jesús, reconozco que muchas veces escucho tu Palabra sin detenerme realmente. A veces me cuesta sostener el silencio y permitir que Tú hables con profundidad. Te agradezco porque no te cansas de sembrar en mí, incluso cuando mi corazón está dividido. Gracias porque me miras con paciencia y no te alejas cuando me disperso. Te pido que cuides lo que hoy siembras en mi interior, que no permita que el ruido ni el miedo apaguen tu voz. Te ofrezco mi historia, mis ritmos lentos, mis búsquedas y mis límites. Recibe también mis deseos de confiar más en Ti, aun cuando no vea frutos inmediatos. Enséñame a permanecer, a volver una y otra vez a tu presencia. Quédate conmigo cuando me falte constancia y recuérdame que tu amor es más fuerte que mi fragilidad. Todo lo pongo en tus manos, con sencillez y abandono confiado.
Imagínate sentado junto al lago, escuchando a Jesús desde la orilla. Observa su rostro sereno mientras habla. Escucha el murmullo del agua y el viento suave. Mira cómo lanza la semilla con gesto tranquilo. Siente su mirada posarse sobre ti, sin juicio. Deja que sus palabras caigan en tu interior. Permanece ahí, sin hacer nada. Respira despacio. Permite que su presencia te envuelva. No analices, no respondas. Descansa en su voz. Deja que su amor trabaje en silencio. Quédate así, recibiendo paz, confianza y una esperanza humilde que brota suavemente.
Gesto personal: hoy reservaré un momento breve y fiel de silencio, aunque sea sencillo, para escuchar la Palabra sin prisas ni expectativas. Actitud familiar: procuraré escuchar con atención y paciencia a quienes conviven conmigo, sin interrumpir ni juzgar, como ejercicio de acogida interior. Intención comunitaria: ofreceré una oración silenciosa por quienes anuncian la Palabra en la Iglesia, para que siembren con humildad y perseverancia. Examen nocturno: al terminar el día me preguntaré con honestidad: ¿qué palabras, preocupaciones o actitudes ahogaron hoy la voz de Dios en mí, y dónde percibí que Él seguía sembrando con amor paciente?
Por la Iglesia, para que acoja con humildad el misterio de Cristo y anuncie su gloria con espíritu de servicio y confianza en Dios. Por quienes se sienten confundidos ante el sufrimiento y no comprenden los caminos de Dios, para que descubran su presencia fiel incluso en la incomprensión. Por las familias y comunidades, para que aprendan a escuchar la Palabra con sencillez y a custodiarla con perseverancia diaria. Por quienes viven preocupados por el futuro y las seguridades materiales, para que la confianza en el Señor libere su corazón y les devuelva la paz.
Gracias, Señor, por este tiempo de encuentro y por tu Palabra sembrada con paciencia en mi interior. Reconozco que todo es don tuyo y que nada puedo sin tu gracia. Con confianza filial me uno a la oración que Jesús nos enseñó y, con Él, digo el Padrenuestro, entregando mi vida a la voluntad del Padre. María, Madre creyente y silenciosa, a ti me consagro como hijo que aprende a escuchar y guardar la Palabra. Acompáñame en este camino de fe sencilla y abandono confiado. Con amor filial elevo también el Avemaría, poniéndome bajo tu amparo maternal hoy y siempre.
El pasaje de Marcos 4, 1-20 se sitúa en la primera sección del evangelio, donde Jesús revela progresivamente el misterio del Reino. Históricamente, la imagen del sembrador responde a un contexto rural conocido por la audiencia galilea. Literariamente, el texto pertenece al género parabólico, forma pedagógica que no define de manera cerrada, sino que invita a una interpretación personal y comunitaria. Marcos presenta a Jesús enseñando desde la barca, signo de distancia simbólica que subraya la necesidad de una escucha atenta y disponible. La explicación posterior a los discípulos muestra la pedagogía gradual del Maestro con la comunidad creyente. Desde la exégesis lingüística, la palabra “semilla” traduce el dinamismo de la Palabra de Dios, que actúa por sí misma y no depende del mérito humano. El verbo “escuchar” aparece de forma insistente, indicando una actitud interior profunda, no meramente auditiva. Los distintos terrenos simbolizan disposiciones del corazón: dureza, superficialidad, dispersión y apertura. La fecundidad desigual no apunta a comparación moral, sino a la sobreabundancia gratuita de la gracia. Esta estructura encuentra paralelos en Isaías 55, 10-11, donde la Palabra nunca vuelve vacía, y en Salmo 126, imagen del sembrador que confía. La tradición patrística interpreta esta parábola como un espejo del alma. San Agustín subraya que el mismo corazón puede atravesar diversas etapas y que la tierra buena es fruto de la acción perseverante de Dios. San Juan Crisóstomo destaca la paciencia divina que no deja de sembrar aun ante la resistencia humana. En la Catena Aurea, Santo Tomás de Aquino recoge estas lecturas señalando que la fecundidad depende de la acogida interior más que de las circunstancias externas. El Magisterio reafirma esta comprensión al presentar la Escritura como diálogo vivo entre Dios y su pueblo (Dei Verbum 21), donde la escucha orante es esencial (CIC 2708). Pastoralmente, este texto ilumina la experiencia contemporánea marcada por la dispersión, la prisa y la ansiedad. La parábola no condena la fragilidad, sino que invita a la confianza filial. En la vida familiar, laboral o espiritual, la Palabra sigue siendo sembrada incluso en contextos adversos. Para quienes viven en alegría, recuerda la humildad; para quienes atraviesan sufrimiento, ofrece consuelo; para quienes caminan en la rutina, propone perseverancia silenciosa. Así, el texto acompaña a todo creyente, enseñando que la fecundidad del Reino nace del abandono confiado y de una escucha que se renueva cada día.